Reedición del libro Cartas de Conspiradores, de Rodolfo Llopis y Vicente Álvarez Villamil

El doctor Esquerdo y Ruiz Zorrilla en torno a 1890

Hace pocas semanas se presentó en la sede de la Universidad de Alicante en Villajoyosa la reedición del libro de Rodolfo Llopis y Vicente Álvarez Villamil, Cartas de conspiradores. La Revolución de Septiembre: de la emigración al poder, publicado por primera vez en Espasa-Calpe en 1929. La obra recopila una parte de la correspondencia conservada en el archivo privado de Manuel Ruiz Zorrilla, centrada en la época de la oposición progresista y republicana al reinado de Isabel II y los primeros pasos de “la Gloriosa”. La iniciativa de recuperar este libro, fundamental para profundizar en un periodo especialmente complejo de la historia de España, partió de Agustí Galiana, presidente de la Associació d’Estudis de la Marina Baixa. Es de agradecer su esfuerzo para difundir una obra tan necesaria para los investigadores del siglo XIX como recomendable para los aficionados a la historia, puesto que no sólo aporta un arsenal de documentación personal sino que ofrece, además, el atractivo de palpar las inquietudes, las frustraciones y las esperanzas de los protagonistas de una historia apasionante. Nosotros sabemos el desenlace de sus conspiraciones. Ellos, en el momento de redactar sus cartas, no. De ahí lo vibrante del relato que componen estos documentos.

La nueva edición, que reproduce la de 1929, cuenta con un prólogo de Eduardo Higueras Castañeda, que en los últimos años ha podido trabajar con el archivo de Ruiz Zorrilla. Merece la pena reproducir sus primeras páginas en Historia y Culturas Republicanas. El prólogo completo, puede consultarse en este enlace.

CONSPIRACIONES DE PAPEL: HISTORIAS DETRÁS DE UN LIBRO

En España, por desgracia, los archivos privados no abundan. Esta escasez, que todos los historiadores lamentamos, es especialmente sensible respecto a los principales dirigentes políticos del siglo XIX. No es que los investigadores deban ocuparse única o, ni siquiera, preferentemente de esos “hombres ilustres” que, conforme a una visión ya muy anticuada de la disciplina, protagonizaron o encarnaron un determinado momento histórico. Todos los hombres y todas las mujeres son protagonistas del cambio social. Pero es innegable que ciertas personas acumularon en sus manos una capacidad de decisión, de agencia, determinante para explicar los procesos históricos en los que participaron. También lo es que algunos personajes ofrecen mayores posibilidades explicativas que otros para profundizar y comprender los cambios sociales sedimentados en nuestro presente o, al menos, para conocer mejor algún aspecto clarificador del pasado.

            Cualquier historiador que opte por usar la biografía como herramienta de análisis comprenderá hasta qué punto la documentación privada puede ayudar a iluminar su objeto de estudio. Por supuesto, el biógrafo puede trabajar sin papeles personales. Pero en ese caso le resultará mucho más complicado entender las motivaciones personales que guiaron al protagonista de su historia, y le será prácticamente imposible penetrar en la dimensión privada de su vida. Hace ahora diez años que lo comprobé de primera mano. En 2010 comencé mi tesis doctoral sobre Manuel Ruiz Zorrilla y, durante algún tiempo, el primer volumen (el único que llegó a publicarse) de las Cartas de Conspiradores, compiladas y anotadas por Rodolfo Llopis y Álvarez Villamil, me proporcionó el único material personal con el que contaba para aproximarme al personaje. Esa correspondencia, publicada en parte en las columnas de El Sol desde 1928[1], y recopilada en la editorial Espasa en 1929, fue clave para completar mi doctorado. Y, puesto que entonces vivía de la investigación, también resultó crucial para ganarme la vida.

            Entre las páginas 14 y 15 de este libro aparece una fotografía. Llopis y Álvarez Villamil posan, de perfil, en un salón de La Pileta, la finca que perteneció al doctor Esquerdo en Villajoyosa. Allí pasó algunos de los últimos meses de su vida Ruiz Zorrilla, tras su regreso a España en 1895. Les separa una montaña de legajos y observan algunos papeles que, atentos, examinan. Trabajan en su obra y, claramente, la tarea es ardua. Durante meses, con esa imagen a la vista, me pregunté dónde estarían esas pilas de documentos, si es que se conservaban. Imaginé que seguían allí, en La Pileta, y me imaginé a mí en el papel de los autores. También me pregunté si llegaron a avanzar en el borrador de los dos volúmenes inéditos. En ese caso, podría haber quedado alguna copia de la correspondencia de Ruiz Zorrilla entre los papeles de los autores.

Tenía, por lo tanto, varios hilos de los que estirar. Por suerte, resultó que tenían cierto recorrido. Pero por desgracia, recorrerlo no era fácil. El profesor José Antonio Piqueras Arenas me dio el primer soplo: el archivo de Ruiz Zorrilla estaba, desde hacía algunos años, depositado en la Residencia de Estudiantes de Madrid, aunque no parecía fácil obtener permiso para acceder a él. De hecho, era casi imposible conseguirlo. Mi director de tesis, Juan Sisinio Pérez Garzón, me ayudó todo lo posible para contactar con los responsables de la Residencia, del CSIC e incluso del Ministerio de Cultura. No obtuve ninguna respuesta. Pasaron algunas semanas frustrantes. Las montañas de papeles que rodeaban a Rodolfo Llopis y a Vicente Álvarez Villamil en la fotografía, las “cartas de conspiradores” que eran la clave de mi tesis, ya no estaban en La Pileta. Se encontraban en una institución pública, pero parecían inaccesibles.

Un día, tecleando a la desesperada “archivo Ruiz Zorrilla” en Google, como había hecho en miles de ocasiones, apareció una web que hasta entonces no conocía, probablemente porque aún no existía: la de la Fundación Esquerdo, vinculada al hospital psiquiátrico de Carabanchel. En la sección relativa al archivo, se indicaba que custodiaban un fondo de Ruiz Zorrilla y otro con documentación de su amigo y albacea, el doctor José María Esquerdo. Marta Soto, archivera de la Fundación, habló conmigo por teléfono. Me indicó que efectivamente, ellos eran los encargados de la gestión del fondo de Ruiz Zorrilla, depositado en la Residencia de Estudiantes, pero cerrado indefinidamente a los investigadores. Era necesario mucho tiempo, un gran esfuerzo y medios, tanto económicos como técnicos y humanos, para clasificar, describir y poner a punto la enorme cantidad de documentación que allí se conservaba. No descartó, eso sí, que pudiera obtener una autorización excepcional para realizar alguna pesquisa.

Redacté un proyecto justificando mi interés por Ruiz Zorrilla. Lo envié y, durante bastante tiempo, no recibí ninguna respuesta. Desanimado, pensé en buscar un nuevo tema de tesis. Pero me quedaba un tercer hilo del que tirar: el de Rodolfo Llopis. El político alicantino, durante la década de 1920, vivió en Cuenca. Era el director de la Escuela Normal de Magisterio —con él estudió mi abuelo, Marcelino que, como la mayoría de sus compañeros, lo admiraba— y, además, fundó la primera agrupación local del Partido Socialista de la ciudad. Sobre estas cuestiones había trabajado mi profesor de la Facultad de Humanidades, Ángel Luis López Villaverde. Conocía al hijo de Rodolfo Llopis, que compartía nombre con su padre y había visitado Cuenca con motivo de una conmemoración poco tiempo antes. Me facilitó su contacto. No tardó en responderme: existía un archivo. Estaba en Alicante. Quien mejor lo conocía era Bruno Vargas, profesor de la Universidad de Toulouse y biógrafo de Llopis.

La casualidad quiso que, pocas semanas más tarde, el profesor Vargas viniera a dar una conferencia a Cuenca en un curso sobre historia de la pedagogía. Al terminar, le pregunté por los papeles de Ruiz Zorrilla. Me explicó que, efectivamente, el político alicantino había seguido trabajando en los restantes volúmenes de las Cartas de Conspiradores, interrumpidas durante Segunda República por las obligaciones oficiales de sus dos autores, y todavía más por la Guerra Civil. Inmediatamente, consulté con la Biblioteca Gabriel Miró, donde se encuentra el legado de Rodolfo Llopis. Me confirmaron que así era: lo que habría sido el segundo volumen de las Cartas de conspiradores se encontraba allí, en bruto. Mi primera reacción fue volver a llamar a Marta Soto, de la Fundación Esquerdo. Se sorprendió. Creo que no esperaba que el archivo de Ruiz Zorrilla se encontrara incompleto. Tampoco que un investigador compartiera sin más una información que, por lo general, suele guardarse de manera discreta, supongo que para sacar mayor provecho. Yo, simplemente, consideré que les gustaría saberlo. Y lo agradecieron. Creo que, por eso, Luisa Bulnes, una de las biznietas del doctor Esquerdo y presidenta de la Fundación, quiso conocerme.

Esta historia la conocen algunos compañeros de profesión y varias personas cercanas. A veces la cuento como anécdota, para explicar el trabajo casi detectivesco que, en ocasiones, nos toca seguir a los historiadores hasta dar con la documentación que necesitamos. Es la historia tras la elaboración de mi tesis o, más bien, la historia de la elaboración de mi tesis. Quizá no parezca la más adecuada para el prólogo de otro libro. Pero quería contarla. Sobre todo, porque al recibir la invitación de Agustí Galiana para redactar este texto, pensé inmediatamente en Luisa. También en Rodolfo Llopis hijo, que falleció hace pocos días en Toulouse, cerca de Albi, la ciudad donde su padre vivió en el exilio y durante la Transición, hasta su muerte en 1983. Hace pocos años pude saludarle en Cuenca, donde volvió para participar en una nueva conmemoración. Le dije quién era. Imagino que no recordaba cómo me había ayudado a seguir la pista de Ruiz Zorrilla en los papeles de su padre y a terminar mi tesis. Se lo expliqué.

Luisa no vio terminada mi biografía. Dedicársela fue triste, porque sé cuánta ilusión le habría hecho leerla. La conocí en “Malvinas”, el edificio anejo al hospital Esquerdo, donde también me presentaron a Juan, su sobrino. También estaba allí Rafael García de Dueñas, que en esas fechas pasó a encargarse del archivo. Hablamos, por supuesto, de Ruiz Zorrilla. Pero lo hicimos con familiaridad, como si se tratara de alguien cercano, de una persona de nuestra confianza. Ella no sabía que su mujer se llamaba María Paz Barbadillo Pueyo: siempre había oído hablar de doña Mariquita. Yo desconocía que, en confianza, la llamaran así. Comentamos la resistencia de su familia a aceptar el matrimonio con “don Manuel”. Creo que también me explicó detalles sobre sus costumbres en la mesa y de cómo su abuela, Luisa, le recordaba, cuando, siendo niña, estuvo en La Pileta. Hablar así de un personaje histórico, para el biógrafo que sufre el secuestro por su biografiado, es normal. Para Luisa también lo era.

Intuí que, de alguna manera, para ella, Esquerdo, Ruiz Zorrilla, el general Prim y doña Mariquita, el capitán Carlos Casero y Ladevese, Mangado, Artola y Narciso Ullana, formaban parte de un presente. Su familia había guardado su memoria, un legado con el que había crecido y con el que había interactuado de manera cotidiana. Las Cartas de conspiradores, que su abuelo, Vicente Álvarez Villamil, había compilado y comentado junto a Rodolfo Llopis era una pieza fundamental en ese legado. De hecho, estaba convencida de que se llegaron a imprimir las galeradas del segundo volumen, que por poco no había llegado a ver la luz. Pese a que se realizaron pesquisas con la editorial Espasa y en el propio archivo de Ruiz Zorrilla, en el que se conserva el material preparatorio del primer tomo, ese documento inédito no apareció por ninguna parte. Por eso, al saber que en el legado de Rodolfo Llopis podían conservarse esas pruebas, recobró la esperanza de recuperar y completar el trabajo de su abuelo.

Por supuesto, el pasado es presente. Puede ser más o menos reconocible. A veces no es sencillo encontrar el hilo temporal que lleva de un punto a otro. Pero, cuando Luisa me invitó a visitar La Pileta, para poder trasladarnos desde allí a Alicante y ver la documentación guardada en el legado de Llopis, comprendí que hay veces en las que el pasado es mucho más que una huella. Dormí en la misma habitación que ocupó Ruiz Zorrilla en la primavera de 1895. Allí estaban algunos de sus muebles y algún retrato que no conocía. En otro cuarto, vi la fotografía de los diputados del partido progresista en 1861. También había otra de gran formato que se popularizó entre los seguidores de Zorrilla y Esquerdo tras la muerte del primero, en la que aparecían ambos. Reconocí una pintura del barco que llevó al político soriano a Italia, donde hace ahora ciento cincuenta años, le ofreció la corona de España a Amadeo de Saboya, y donde, justo antes de partir, pronunció su conocido discurso de “los puntos negros”.

No tuvimos la suerte de consultar el archivo de Llopis. Por el momento, no era posible comprobar si se encontraba allí lo que buscábamos. Necesitábamos un permiso que no teníamos y que me costó mucho tiempo conseguir. De hecho, pasaron un par de años. Entre medias, nos vimos algunas veces. Intercambiamos varios libros: Don Manuel o la agricultura, de Bernardo Víctor Carande; los Recuerdos de un Revolucionario, del capitán Carlos Casero; La bohemia española en París, de Isidoro López Lapuya, no recuerdo si alguno más. Nos llamamos a menudo, y conservo muchos correos suyos, en los que, en broma, firmaba como “Capitán Casero” —por Carlos Casero Ruiz, protagonista de la sublevación republicana de septiembre de 1886— y me llamaba “Manolito”, por Ruiz Zorrilla. Estos correos que cambiábamos para hablar de lo que íbamos descubriendo sobre el personaje y para combinar la manera de consultar la documentación de Alicante, eran otras cartas de conspiradores.

Un día me llamó, justo cuando volvía de un congreso en Módena, en el que había hablado de la Asociación Republicana Militar. Mi tesis estaba avanzada. Había trabajado, mano a mano con Rafael García de Dueñas en la Residencia de Estudiantes durante muchas mañanas con el archivo de Ruiz Zorrilla. Allí me había llamado la atención encontrar, ocasionalmente, las anotaciones con lápices de colores que Rodolfo Llopis y Álvarez Villamil hacían en muchas cartas para indicar si eran más o menos interesantes. A veces identificaban al remitente. Algunas estaban agrupadas dentro de carpetillas de papel dobladas, en las que aparecía el timbre de la Escuela Normal de Magisterio de Cuenca. Me gustaba pensar que una parte de las Cartas de Conspiradores se había escrito, precisamente, en mi ciudad. A esas alturas, ya había publicado algunos resultados en artículos y capítulos, pero todavía me quedaba mucho por hacer.

Recuerdo que descolgué el teléfono con cierto agobio, cargado de equipaje, mientras esperaba un autobús. No sabía a cuál debía subirme. Casi siempre, las conversaciones con Luisa eran largas. Aquella no lo fue. Llevábamos bastante tiempo sin vernos y sin hablar. Sabía que había estado mal y esperaba que me dijera que ya se había recuperado. Me preguntó qué tal estaba, cómo llevaba el trabajo. Le dije, contento, que por fin me habían citado para ver el archivo de Rodolfo Llopis y Alicante. En unos días íbamos a salir de dudas. Me pareció que no le daba importancia. Me dio las gracias. Dijo que mi investigación sobre Ruiz Zorrilla le había ilusionado mucho. Eso lo sabía. Muchas veces me parecía que ella tenía más ganas de verla acabada que yo. No supe o no quise entender que se estaba despidiendo.

Algunos días después fui a Alicante. Durante algunas horas, pude ver las cartas, esta vez ya no de conspiradores, sino de los gobernantes del Sexenio Democrático: Espartero, Olózaga, Rivero, Martos… Al salir del archivo, llamé a Luisa para decirle que, en efecto, estaba todo allí. No las galeradas del libro que ella esperaba encontrar, pero sí los documentos anotados y ordenados por su abuelo y por Rodolfo Llopis. No me cogió el teléfono. Creo que era diciembre de 2012. Rafa García me dio la noticia de que había fallecido. Sentí mucho que no supiera el desenlace de nuestra “conspiración”, ni el de mi tesis, o el libro que escribí a partir de ella[2]. También siento que no haya visto esta reedición del primer volumen de las Cartas de Conspiradores. Estoy seguro de que habría agradecido y le habría ilusionado esta iniciativa. Yo también lo agradezco, y también me ilusiona. Porque es un libro que merece esta nueva vida.

Eduardo Higueras Castañeda

Universidad de Castilla-La Mancha / Seminario Permanente de Estudios Contemporáneos (SPEC)

Cuenca, 16 de octubre de 2020


[1] Bajo ese mismo título, buena parte de las cartas, junto a los comentarios de los autores y con un amplio apoyo de fotografías y grabados, comenzaron a publicarse en las páginas intermedias de El Sol en su número del 14 de octubre de 1928. La primera entrega venía firmada únicamente por Rodolfo Llopis. Más adelante, se añadió la firma de Vicente Álvarez Villamil. A lo largo de 1929 se siguieron publicando, con algunos intervalos, hasta la última entrega, a fines de septiembre. Se trataba, claramente, de coincidir con el aniversario de la Revolución “Gloriosa”. El 16 de octubre de 1929, una reseña de Luis de Zulueta anunció la publicación del libro en la primera plana de El Sol.

[2] Se publicó con el título Con los Borbones, jamás. Biografía de Manuel Ruiz Zorrilla (1833-1895), Madrid, Marcial Pons, 2016. Lo escribí a lo largo de 2015, a partir de mi tesis doctoral, mucho más amplia. Se titula Manuel Ruiz Zorrilla (1833-1895): liberalismo radical, democracia y cultura revolucionaria en la España del siglo XIX. Puede consultarse en versión digital en el repositorio Ruidera de la UCLM:  https://ruidera.uclm.es/xmlui/handle/10578/6533

[3] “El culto a la memoria de Ruiz Zorrilla, el amor a la Patria y al Ejército, el anhelo por la revolución y por la fraternidad republicana y el retraimiento electoral”, debían ser la guía de su política, de acuerdo a sus palabras, que recoge Eleizegui, José, D. José María Esquerdo, Madrid, Biblioteca de “España Médica”, 1914, p. 161.

[4] Gutiérrez Gamero, Emilio, Mis primeros ochenta años, Madrid, Atlántida, 1925; Gómez Chaix, Pedro, Ruiz Zorrilla: el ciudadano ejemplar, Madrid, Espasa-Calpe, 1934.

[5] En su reseña del libro, Luis de Zulueta concluía que Isabel II “no se quiso abrir a una España liberal, europea, el normal camino de una evolución democrática. Y lo que no pudieron proclamar las urnas lo proclamaron poco después las armas”, en “El archivo de Ruiz Zorrilla. La Revolución de Septiembre”, El Sol, 16 de octubre de 1929.

[6] López de Ochoa, Eduardo, De la dictadura a la República, Madrid, Zeus, 1930. No es necesario en un escrito de estas características llenar de referencias bibliográficas ni de notas a pie de página, pero merece la pena mencionar, entre otros trabajos relativos al insurreccionalismo democrático de los militares bajo la dictadura de Primo de Rivera, los que firma Alía Miranda, Francisco, “Conspiradores republicanos contra Alfonso XIII (1926-1930), en Pérez Garzón, Juan Sisinio (coord.), Experiencias republicanas en la historia de España, Madrid, La Catarata, 2015, pp. 149-288; y Duelo de sables: el general Aguilera, de ministro a conspirador contra Primo de Rivera (1917-1931), Madrid, Biblioteca Nueva, 2006.

[7] El Sol, 23 de marzo de 1933. En el mismo número se recoge la copia de una carta enviada por Ruiz Zorrilla al rey Víctor Manuel II de Italia, padre de Amadeo de Saboya, de fines de 1871, facilitada al periódico por Álvarez Villamil quien conservaba “con encendida devoción todos los papeles de aquel ilustre político”. La carta muestra la voluntad de continuar la reivindicación del personaje, en un contexto muy diferente, con la difusión de su archivo. También la de compensar la imagen del conspirador con la del gobernante. Ruiz Zorrilla falleció en Burgos antes de poder trasladarse, como esperaba, a su finca de Tablada y al Burgo de Osma, donde esperaba pasar sus últimos días.

Construir la patria desde el exilio: una nueva mirada a la emigración política en la historia de España

Hace pocos meses Jordi Pomés y Manuel Santirso publicaron como editores una novedad bibliográfica que no puede pasar por alto en este blog. Se trata del volumen colectivo titulado, de manera muy acertada, Patrias alternativas. Expulsiones y exclusiones de la España oficial en la época contemporánea (Minerva, 2019). No se puede entender, en efecto, la construcción de una “España oficial” sin el juego de inclusiones y exclusiones (incluso de eliminaciones) que caracterizó históricamente el despliegue de la nación. Y la exclusión, por supuesto, tuvo mucho que ver con la protesta y la disidencia política frente a las desigualdades del absolutismo, primero, y, más adelante, del propio Estado liberal. Las mujeres liberales del primer liberalismo, los progresistas del 1848, los socialistas y anarquistas del cambio de siglo o los exiliados de la guerra civil son protagonistas inevitables de esta perspectiva.

También lo son, por supuesto, los republicanos. Y sobre ellos escribe Pere Gabriel, uno de los mejores conocedores de la democracia histórica en sus diversos derroteros. Lo hace, en concreto, sobre una referencia ineludible si se trata de hablar de exilios: la de Ruiz Zorrilla. Pero, en esta ocasión, arrancando de materiales de archivo sobre los que avanzó en trabajos anteriores (en el volumen París, ciudad de acogida que coordinaron en 2010 Fernando Martínez, Jordi Canal y Encarnación Lemus), propone una interpretación sobre el influjo del “director del exilio republicano en Francia” (p. 92) sobre el movimiento federal, sus aproximaciones, distancias, nexos y rupturas. Una perspectiva pertinente, sin duda, que se engarza en una compilación igualmente necesaria sobre un ingrediente esencial en la definición del Estado contemporáneo: la exclusión política.

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RESUMEN: Exiliados, milicianas, prófugos, purificadas, refugiados, reprimidas, conspiradores, asiladas, intrigantes, relegadas, huidos, marginadas, escondidos… y muchos y muchas más componen el reverso de la España oficial que se construyó a partir de 1808 y ha llegado hasta hoy. Este libro narra las vicisitudes de una pequeña parte de quienes formaron o propusieron un país distinto, a menudo con tantas luces y sombras como el que al final se impuso. Así ocurrió en el resto de la Europa contemporánea, y así tenía que suceder en uno de sus territorios donde la experiencia histórica de esos dos siglos fue más intensa.

El exilio amarga: un líder republicano de cerca IV

“Aquello se va”, le dice Ruiz Zorrilla al doctor Betances. Hablan de Cuba: “hay mucha agitación”, le revela. La hay, se entiende, entre los gobernantes españoles. Es el 16 de marzo. Los apuntes no indican el año, pero podría haber sido cualquiera. Cuba gravitó constantemente sobre las preocupaciones de la monarquía. Ni siquiera el fin de la Guerra Larga las calmó. Podría decirse que Ruiz Zorrilla —así lo entendió, al menos, el historiador Julio Salom— y la conservación de las colonias, determinaron la estrategia de la Restauración en política exterior, lo que equivale a decir que la política interior condicionó la diplomacia española durante al menos cinco lustros.

“Aquello se va y me alegraría que se fuera mientras dura esta situación en España”, reconocía Ruiz Zorrilla a su médico. No deseaba, desde luego, que la futura República que aspiraba a dirigir se encontrara desde su nacimiento con un conflicto colonial de solución prácticamente imposible. Pero, a la vez, era consciente de que ese conflicto podía llevarse por delante la monarquía de los Borbones. Al fin y al cabo, la cuestión cubana determinó la caída del proyecto de monarquía democrática encarnada en Amadeo I y propició la llegada de la Primera República en febrero de 1873. Y “aquello”, el dominio español sobre las Antillas, se fue, en efecto, mientras “la situación” duraba. Pero ni Ruiz Zorrilla lo vio marchar, ni sus seguidores aprovecharon la coyuntura para acabar con “la situación”.

El exilio ofrece un amplio horizonte para ilusiones y esperanzas, pero da poco margen a las alegrías. Lo que recogió Ruiz Zorrilla, por el contrario, fueron desengaños, derrotas, desilusiones a manos llenas y una enorme frustración. Sobre todo porque en algunos momentos su triunfo no estuvo lejos. Lo rozó en agosto de 1883 y, quizá, a fines de 1884. Pero las oportunidades se sucedían y esfumaban una tras otra. La posibilidad de la revolución aparecía cada día más remota. Por eso resulta tan difícil de explicar que Ruiz Zorrilla no se dejara de una vez vencer por el desánimo. Él mismo era consciente del efecto destructivo que su interminable destierro acarreaba.

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El exilio amarga, envenena, corroe. El exilio, mientras dura, es derrota y, por eso, destruye. Pero incluso el rencor amasado en largos años de pelea contra el Estado monárquico puede convertirse en combustible para proseguir la lucha. Así lo reflejan sus palabras del 17 de septiembre de 1889.

El señor Ruiz Zorrilla me dijo hoy:

-Me han engañado de tal modo, que hoy deseo más hacer la revolución por vengarme de mis enemigos que por servir a mis amigos.

-Sí –le dije-; pero esa impresión la borrará el tiempo.

-No lo crea usted –me contestó-. Yo me conozco. Y luego eso sería un buen ejemplo para hacer respetar mi gobierno.

(Otras veces me ha confesado que si tuviera que volverá empezar se guardaría mucho de sacrificarse. La humanidad, ha añadido, no merece esos sacrificios).

Le dije que un periodiquito, la Gaceta española, anunciaba su entrada en Madrid.

Sí, me contestó; el otro día me dijo un conservador que viera lo que decía La Época, “que un gran patriota como yo sabría hacer ese sacrificio a sus convicciones”, y yo le contesté: “cuando uno quiere tirarse a una mujer, empieza por decirla que es bonita, y buena, y hermosa, etc.; y después que se la ha tirado, la echa de su lado”.

Era cierto que el trono y sus gobiernos, en repetidas ocasiones, trataron de seducir a Ruiz Zorrilla, de llevarle de vuelta a España, incluso ofrecerle la posibilidad, remota, de llegar a gobernar. También sabía perfectamente hasta qué punto el regreso en esas condiciones era un descrédito para el proyecto político que representaba. Y sabía, por último, que todo ello no era más que un engaño. A esas alturas ya no existía la posibilidad de un regreso honroso, ni siquiera para retirarse de la política. Lo que a Ruiz Zorrilla le quedaba por delante no era más que la ilusión, poco verosímil, del triunfo y la certeza de la derrota, a la que no terminaba de acostumbrarse.

Eduardo Higueras Castañeda

Un líder republicano de cerca (III): la Vívora de Asnières y el Ogro Revolucionario

Uno nunca debería fiarse al cien por cien de lo que se afirme en un libro firmado por la “Vívora de Asinières”. A caballo entre los siglos XIX y XX, Luis Bonafoux es un emblema de la bohemia y de la polémica periodística. Basta recordar la diatribas que dedicó a Leopoldo Alas en su ruidoso panfleto Yo y el plagiario Clarín. El ruido y algo de mala intención también le acompañaron en la política. Durante sus años parisinos, se le acusó de vender confidencias a la Embajada sobre los revolucionarios españoles, con quienes solía pasar el tiempo. Hay pocas dudas de que así era, y no era el único. En sus crónicas abundan las referencias a los emigrados, pero nunca estuvo en el entorno próximo de Ruiz Zorrilla, un nombre que halagaba y enfangaba por partes iguales. Así lo pintaba en un artículo que se publicó el 13 de marzo de 1895 en El Correo de Puerto Rico:

Desgraciadamente el señor Ruiz Zorrilla, a pesar de sus eximias condiciones, a pesar también de su gran corazón, no era generoso de dinero. Rico, con 27 casas en Madrid, y con muchos miles de duros en el Banco, don Manuel no pudo impedir en ningún tiempo que pasasen hambre el puñado de valientes que jugaron por él la fortuna, la carrera y la cabeza. España, que por otras condiciones merece aplausos, es el país más económico de Europa, y el señor Ruiz Zorrilla era muy español. Si había fondo del partido, los emigrados comían de vez en cuando, para no perder la costumbre, porque el jefe distribuía los fondos con la escrupulosidad con que un mayordomo distribuye los de una casa grande. Pero si no había fondos, los emigrados ayunaban diariamente.

Zorrilla, recién llegado a España después de veinte años de exilio, no tenía ni veintisiete casas en Madrid, ni tantos miles de duros en el banco. Había sido rico. Pero a esas alturas vivía del patrimonio de su mujer, un capital que nunca arriesgó en sus intentonas revolucionarias. Todo lo contrario pasó con la parte privativa de su patrimonio, invertida en el poco rentable pozo de las conspiraciones. Es probable que no concibiera una forma mejor de solucionar el hambre de los exiliados republicanos que el triunfo de su revolución. El testamento de Ruiz Zorrilla, publicado hace algunos años, no es precisamente el que habría dejado un potentado.

Muchos de los exiliados zorrillistas a los que aludía Bonafoux −Casero, Prieto, Muñoz, Ladevese, Lapuya…− se empeñaron en contradecirle. No porque el dirigente republicano fuera necesariamente un dechado de generosidad, sino porque tampoco escatimó esfuerzos en buscarles colocación, en emplearles él mismo, en abrirles de par en par las puertas de su casa (a veces de su cartera) o negociar, si era necesario, una amnistía con las mismas instituciones a las que combatía.

Pero si algo disfrutaba la Vívora de Asnières era demoler mitos, burlarse de los ídolos, humanizar todo aquello que otros veneraban, mostrar las debilidades de quienes eran tenidos por grandes hombres. Ese era el caso de Ruiz Zorrilla, a quien Bonafoux veía rodeado siempre de los emigrados, las “gentes candorosas” que “con el andar pausado de la raza árabe, y con displicente apostura… discurrían antaño por las calles de París” imaginándose ministros de una futura república. Era la “Corte de don Manuel”. Bajar del pedestal ese nombre que los exiliados pronunciaban con reverencia −hasta el punto de designarse a sí mismos con él− era tentador. Por eso lo describía en sus últimos momentos, viudo, enfermo, derrotado y despistado:

en el Grand Hotel, sentado en un sillón de los que están a la disposición de todo el mundo en aquel establecimiento; vestido desaliñadamente, con un levitón que antaño había sido pardo, embutida la testa en monumental chistera, muy distraído al parecer, como si le preocupase alguna idea, y con el índice de la diestra mano sepultado en la nariz. Ante aquella ruina dolorosa me descubrí como se descubre el viajero al encontrar una sepultura en el camino.

La burla, la malicia y el afán iconoclasta se entremezclan en la mordaz literatura de Bonafoux disfrazados, como en esta ocasión, de una compasión cruel y un respeto, sin duda, hipócrita. Se recreaba mostrando al héroe desnudo y vencido. Pero lo cierto es que ni los exiliados republicanos ni su jefe salieron tan mal parados como otros personajes públicos en sus crónicas. Así comenzaba este artículo:

Don Manuel Ruiz Zorrilla está herido en el órgano que ha ejercitado más; está herido en el corazón… Don Manuel Ruiz Zorrilla no informaba su vida física en el principio del cínico Cambaceres, quien decía, en días de hambre popular, que el revolucionario debe restaurarse comiendo bien y bebiendo mejor para no sucumbir al peso de su trabajo.

Por otra parte, el ogro revolucionario tiene corazón de niño, y ese corazón ha pasado terribles zozobras, congojas espantosas, y ha llorado mucho en silencio ante las sombras de Mangado, de Villacampa, de los revolucionarios que murieron en tierra extranjera…

De que Bonafoux y Ruiz Zorrilla se conocieron personalmente no hay duda. Raro fue el caso de un español en París que no comiera alguna vez en su mesa. Sobre todo en las principales festividades del año, cuando el comedor del jefe exiliado se llenaba de expatriados para cenar. Al menos en una de esas celebraciones estuvo presente Bonafoux con otros comensales, “mitad españoles y mitad americanos”. Se hablaba de España, de Francia y de la comida: “don Manuel que presidía democrática y patriarcalmente −es decir, en zapatillas− resumió el debate culinario con una frase que es un poema: ‘yo, si he de decir la verdad, prefiero a todos los platos franceses un chocolatito con migas'”. Un poema, quizá no tan cómico como Bonafoux apuntaba, y quizá no tan trágico. Con esas pocas palabras, en su habitual tono familiar y pedestre, el Ogro Revolucionario resumía veinte años de desarraigo.

EDUARDO HIGUERAS CASTAÑEDA

Un líder republicano de cerca (II): medicina, exilio y diplomacia

La investigación biográfica suele causar distorsiones en la perspectiva del biógrafo. Una de ellas, quizá la más habitual, es la sensación de materialidad, de vida, que provoca la acumulación de fuentes documentales sobre el biografiado. Sin duda, la recuperación del rastro de un personaje facilita la reconstrucción de su trayectoria vital y puede aportar claves para la interpretación histórica. Pero acumular datos en una secuencia cronológica, evidentemente, no conlleva sin más una aproximación más completa a un relato que, sobre todo, debe priorizar la explicación sobre la erudición. Esa misma distorsión, sin embargo, es a la vez uno de los atractivos del relato biográfico y, también, un importante incentivo para la labor del historiador: la ilusión que genera devolver la vida a un personaje que, en el caso de Ruiz Zorrilla, desapareció hace más de un siglo, es un engaño que estimula la investigación.

Un engaño a medias o una verdad mediada: el líder republicano que late en los apuntes de Ramón Betances refleja la percepción del autor, sus expectativas y, también, la imagen que el propio Ruiz Zorrilla se esforzó en ofrecer ante él. Una imagen que responde a intereses concretos, como puede comprobarse entre las líneas del texto que reproduce esta nueva entrada. Se trata del segundo de los encuentros recogidos por el doctor puertorriqueño. El reconocimiento médico, de nuevo, se desliza hacia la charla política. Ruiz Zorrilla se siente optimista. Presume de relaciones entre los periodistas y políticos más destacados de la Tercera República francesa. Expone algunos proyectos en los que invierte el tiempo y opina sobre la actualidad política de España. Entre el médico y el paciente, parece, han existido previamente contactos, planes y compromisos. La cuestión colonial de Cuba vincula los intereses de ambos que, aunque dispares, tienen un adversario común en la Restauración.

Ramón Emeterio Betances

Ramón Emeterio Betances

Ruiz Zorrilla aprovecha cualquier ocasión para extender sus contactos entre la colonia de emigrados europeos y americanos. En él, muchos de ellos encuentran un canal hacia los periódicos republicanos franceses. Buscan ampliar las redes de apoyo, cada uno para su causa. Y esas causas pueden encontrarse en el camino. El de Ruiz Zorrilla consiste en derribar la monarquía de los Borbones para reimplantar la república. Desde febrero de 1875, cuando Cánovas decretó su expulsión de España, se esforzó en ganar la opinión pública internacional y granjearse el apoyo de los políticos oportunistas y radicales que, tres años más tarde, conseguirían tomar las riendas las Estado francés. Actuaba, en consecuencia, como un diplomático, como el máximo representante de la alternativa republicana española en el exilio:

“Vuelvo a ver al señor Zorrilla. Está muy contento. Va muy bien. Convencido de que toda su enfermedad son malas digestiones, «como las tienen todos los que trabajan en sus despachos», me dijo. Habla otra vez de la necesidad de ponerse bueno. Me cuenta que en La France el marqués de Molins [el embajador de España en París] ha detenido los artículos sobre Cuba por influencia de un señor Savary (?), amigo de Girardin y su socio en negocios. El partido liberal español, añade, se ha perdido por la desunión y el egoísmo. No ha sabido hacer lo que han hecho los conservadores.

Actualmente Zorrilla se ocupa de dos cosas: Primera, de establecer la unión entre Francia y España, y aprovecha la suscripción y las fiestas en favor de los inundados para hacer notar la diferencia entre Francia y Austria, país que, a pesar del matrimonio, nada ha hecho. Segunda, de establecer la unión entre España y América, para tener preparado el terreno cuando llegue él al poder.

Sobre Cuba: como revolucionario está satisfecho de la ley de la abolición, que mantiene la injusticia disminuyéndola, y acabará de hacer caer al actual gobierno. Como patriota está avergonzado de tal ley.

Le he hecho notar que la ley abole el látigo, pero establece la pena de muerte (consejos de guerra).

Me dice que ha escrito artículos sobre Cuba en el Voltaire, periódico de Gambetta, «periódico progresista, dice él, que es el complemento del periódico de guante blanco (sic), La Republique Française», y en el Telegraphe, periódico de Wahington.

Si vuelve al Poder se apresurará a enviar a Cuba hombres conocidos, [Rafael María de] Labra, [Gabriel] Rodríguez, con plenos poderes para hacer lo que quieran allá. Eso será, cree él, el sólo medio, si alguno hay, de conservar la colonia”.

El matrimonio, naturalmente, era el de Alfonso XII y María Cristina de Habsburgo. Tuvo lugar en noviembre de 1879, justo cuando, finalizada la guerra colonial en Cuba, se presentó a las Cortes el proyecto de abolición de la esclavitud que se publicó un año más tarde. Ruiz Zorrilla, como presidente del gobierno en los últimos coletazos de la monarquía de Amadeo de Saboya, había sido uno de los máximos impulsores del abolicionismo. Su caída, y la del propio monarca italiano, tuvieron mucho que ver con esos proyectos que poco tenían que ver con la Ley que impulsaron los políticos de la Restauración. En esta, la servidumbre se sustituía por un patronato de ocho años con el que, simplemente, se prorrogaban los intereses y prerrogativas de los negreros de una manera apenas disimulada. Era, en el fondo, un traspié desde el punto de vista de las presiones internacionales sobre España que a Ruiz Zorrilla, como abolicionista y “revolucionario”, no dejaba darle argumentos diplomáticos de peso.

EDUARDO HIGUERAS CASTAÑEDA

Un líder republicano de cerca (I): Manuel Ruiz Zorrilla a través del testimonio de Ramón Betances

Hace años, mientras trataba de decidirme por un tema de investigación para desarrollar mi tesis doctoral, sólo tenía claras algunas preferencias. Todos esos hilos temáticos —los procesos electorales del Sexenio Democrático, la abolición de la esclavitud, el republicanismo histórico…—, formaban una madeja en la que constantemente encontraba un nudo, un mismo personaje: más allá de algunos artículos y capítulos de libro (la mayoría muy recomendables), nadie había escrito en profundidad sobre Ruiz Zorrilla. Todo lo contrario ocurría con cada uno de esos campos de interés, que eran los que realmente me llamaban la atención. El enfoque político, por ello, siempre estuvo por encima de lo puramente biográfico. De hecho, la perspectiva biográfica sólo fue abriéndose camino conforme avanzaba mi estudio sobre el progresismo democrático.

            La dimensión privada del personaje quedó aplastada por el análisis político, aunque todo ello se anudara a la trayectoria de quien, al fin y al cabo, fue un líder situado en la primera fila de la política española en el último tercio del siglo XIX. Fue una decisión consciente, motivada en parte por mi indecisión a la hora de redefinir completamente el enfoque del libro (Con los borbones, jamás. Biografía de Manuel Ruiz Zorrilla. 1833-1895, Marcial Pons, 2016). Desarrollar el lado más humano del personaje sin reducir o eliminar el análisis político habría exigido una extensión inviable. Consideré más coherente reforzar esa última línea y dejar entrever en determinados momentos la manera en la que lo privado y lo público se entrelazaban. Por ello, un buen número de fuentes en las que se presentaba al dirigente republicano de una manera cercana, casi tangible, quedaron descartadas.

Ruiz Zorrilla por Francisco Domingo Marqués

Reproducción del retrato de Manuel Ruiz Zorrilla por Francisco Domingo Marqués (1887)

           Una de las más interesantes se debe al testimonio de Ramón Emeterio Betances, uno de los personajes más ligados a Ruiz Zorrilla durante sus últimos años de vida. El médico puertorriqueño, militante abolicionista e independentista —fue uno de los protagonistas del “Grito de Lares” en 1868—, residía en París y visitaba a menudo al exiliado español. En sus encuentros se mezclaba la asistencia profesional, la política y una amistad que les permitía intercambiar con distendida franqueza sus proyectos y opiniones. A menudo, Betances realizó comisiones por cuenta del republicano español. Los dos formaron parte de asociaciones como L’Union Latine Franco Américaine y, a pesar de que el uno era un activo luchador por la independencia de Puerto Rico, y el otro, partiendo de sus convicciones unitaristas respecto a España, representaba una postura más bien autonomista, alcanzaron una completa comprensión mutua.

            Fue Luis Bonafoux, un periodista bordelés, de origen venezolano aunque formado en España, quien recopiló la correspondencia, los apuntes y diarios de Betances tras su muerte en 1898. En ellos Ruiz Zorrilla ocupa un importante espacio. Con absoluta inmediatez, sus escritos reproducen cada encuentro con el dirigente republicano como enfermo, como político, como amigo y como exiliado que tras veinte años de destierro, de lenta derrota, se amarga y consume. Esta serie de entradas persigue profundizar en aspectos en los que decidí no detenerme al escribir sobre el personaje. A pesar de que este es un espacio divulgativo sobre la historia de la democracia española, creo que merece la pena ofrecer una aproximación diferente sobre el liderazgo en política, que tenga en cuenta de manera directa el entrecruzamiento de las esferas pública y privada. Algo que, sin duda, está presente desde la primera de las visitas que Betances, como médico de Ruiz Zorrilla, recogió en sus diarios.

            “El señor Ruiz Zorrilla. Cuarenta y seis años. Envejecido. Gordo. Se queja de malestar en la región del corazón. No tiene otro síntoma de enfermedad. Ligera dispepsia. Lo ausculto. Al levantar la cabeza se pone muy pálido. Está de pie. Me habla de que necesita estar bien de salud. «Mi estado es tal, me dice, que si el cambiar el estado de las cosas de España no hubiera dependido más que de hacerme escribir ayer tres o cuatro cartas, yo no habría podido escribirlas». Se da por hombre apasionado, sujeto a fuertes impresiones cuando se trata de los afectos de sus parientes y amigos. Por lo demás, no tiene nada en el corazón. Le he ordenado píldoras de quinina y agua de Vichy”.

            Son apuntes que carecen de fecha, aunque podrían datarse en torno a 1880 (Ruiz Zorrilla nació en marzo de 1833). Las siguientes saltan algunos años. En ellas se percibe cómo la confianza entre ambos comenzaba a estrecharse. También que ese primer diagnóstico de Betances era completamente equivocado. No así la descripción del paciente: prematuramente aviejado, grueso, Zorrilla estaba convencido de que de él y de su salud dependía que en España se restaurara, mediante una revolución, la República. Mientras escribía su biografía, me preguntaba hasta qué punto eran superfluos algunos datos con los que me iba encontrando. Ruiz Zorrilla era un hombre corpulento (algo más de 1’70 metros era una altura considerable en esa época), desgarbado, con ojos grises y pelo oscuro. Era ambidextro y estaba sordo del oído izquierdo, impedimento que al parecer compensaba con creces el derecho. Llegué a la conclusión de que, efectivamente, todo ello era irrelevante.

EDUARDO HIGUERAS CASTAÑEDA