Construir la patria desde el exilio: una nueva mirada a la emigración política en la historia de España

Hace pocos meses Jordi Pomés y Manuel Santirso publicaron como editores una novedad bibliográfica que no puede pasar por alto en este blog. Se trata del volumen colectivo titulado, de manera muy acertada, Patrias alternativas. Expulsiones y exclusiones de la España oficial en la época contemporánea (Minerva, 2019). No se puede entender, en efecto, la construcción de una “España oficial” sin el juego de inclusiones y exclusiones (incluso de eliminaciones) que caracterizó históricamente el despliegue de la nación. Y la exclusión, por supuesto, tuvo mucho que ver con la protesta y la disidencia política frente a las desigualdades del absolutismo, primero, y, más adelante, del propio Estado liberal. Las mujeres liberales del primer liberalismo, los progresistas del 1848, los socialistas y anarquistas del cambio de siglo o los exiliados de la guerra civil son protagonistas inevitables de esta perspectiva.

También lo son, por supuesto, los republicanos. Y sobre ellos escribe Pere Gabriel, uno de los mejores conocedores de la democracia histórica en sus diversos derroteros. Lo hace, en concreto, sobre una referencia ineludible si se trata de hablar de exilios: la de Ruiz Zorrilla. Pero, en esta ocasión, arrancando de materiales de archivo sobre los que avanzó en trabajos anteriores (en el volumen París, ciudad de acogida que coordinaron en 2010 Fernando Martínez, Jordi Canal y Encarnación Lemus), propone una interpretación sobre el influjo del “director del exilio republicano en Francia” (p. 92) sobre el movimiento federal, sus aproximaciones, distancias, nexos y rupturas. Una perspectiva pertinente, sin duda, que se engarza en una compilación igualmente necesaria sobre un ingrediente esencial en la definición del Estado contemporáneo: la exclusión política.

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RESUMEN: Exiliados, milicianas, prófugos, purificadas, refugiados, reprimidas, conspiradores, asiladas, intrigantes, relegadas, huidos, marginadas, escondidos… y muchos y muchas más componen el reverso de la España oficial que se construyó a partir de 1808 y ha llegado hasta hoy. Este libro narra las vicisitudes de una pequeña parte de quienes formaron o propusieron un país distinto, a menudo con tantas luces y sombras como el que al final se impuso. Así ocurrió en el resto de la Europa contemporánea, y así tenía que suceder en uno de sus territorios donde la experiencia histórica de esos dos siglos fue más intensa.

El exilio amarga: un líder republicano de cerca IV

“Aquello se va”, le dice Ruiz Zorrilla al doctor Betances. Hablan de Cuba: “hay mucha agitación”, le revela. La hay, se entiende, entre los gobernantes españoles. Es el 16 de marzo. Los apuntes no indican el año, pero podría haber sido cualquiera. Cuba gravitó constantemente sobre las preocupaciones de la monarquía. Ni siquiera el fin de la Guerra Larga las calmó. Podría decirse que Ruiz Zorrilla —así lo entendió, al menos, el historiador Julio Salom— y la conservación de las colonias, determinaron la estrategia de la Restauración en política exterior, lo que equivale a decir que la política interior condicionó la diplomacia española durante al menos cinco lustros.

“Aquello se va y me alegraría que se fuera mientras dura esta situación en España”, reconocía Ruiz Zorrilla a su médico. No deseaba, desde luego, que la futura República que aspiraba a dirigir se encontrara desde su nacimiento con un conflicto colonial de solución prácticamente imposible. Pero, a la vez, era consciente de que ese conflicto podía llevarse por delante la monarquía de los Borbones. Al fin y al cabo, la cuestión cubana determinó la caída del proyecto de monarquía democrática encarnada en Amadeo I y propició la llegada de la Primera República en febrero de 1873. Y “aquello”, el dominio español sobre las Antillas, se fue, en efecto, mientras “la situación” duraba. Pero ni Ruiz Zorrilla lo vio marchar, ni sus seguidores aprovecharon la coyuntura para acabar con “la situación”.

El exilio ofrece un amplio horizonte para ilusiones y esperanzas, pero da poco margen a las alegrías. Lo que recogió Ruiz Zorrilla, por el contrario, fueron desengaños, derrotas, desilusiones a manos llenas y una enorme frustración. Sobre todo porque en algunos momentos su triunfo no estuvo lejos. Lo rozó en agosto de 1883 y, quizá, a fines de 1884. Pero las oportunidades se sucedían y esfumaban una tras otra. La posibilidad de la revolución aparecía cada día más remota. Por eso resulta tan difícil de explicar que Ruiz Zorrilla no se dejara de una vez vencer por el desánimo. Él mismo era consciente del efecto destructivo que su interminable destierro acarreaba.

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El exilio amarga, envenena, corroe. El exilio, mientras dura, es derrota y, por eso, destruye. Pero incluso el rencor amasado en largos años de pelea contra el Estado monárquico puede convertirse en combustible para proseguir la lucha. Así lo reflejan sus palabras del 17 de septiembre de 1889.

El señor Ruiz Zorrilla me dijo hoy:

-Me han engañado de tal modo, que hoy deseo más hacer la revolución por vengarme de mis enemigos que por servir a mis amigos.

-Sí –le dije-; pero esa impresión la borrará el tiempo.

-No lo crea usted –me contestó-. Yo me conozco. Y luego eso sería un buen ejemplo para hacer respetar mi gobierno.

(Otras veces me ha confesado que si tuviera que volverá empezar se guardaría mucho de sacrificarse. La humanidad, ha añadido, no merece esos sacrificios).

Le dije que un periodiquito, la Gaceta española, anunciaba su entrada en Madrid.

Sí, me contestó; el otro día me dijo un conservador que viera lo que decía La Época, “que un gran patriota como yo sabría hacer ese sacrificio a sus convicciones”, y yo le contesté: “cuando uno quiere tirarse a una mujer, empieza por decirla que es bonita, y buena, y hermosa, etc.; y después que se la ha tirado, la echa de su lado”.

Era cierto que el trono y sus gobiernos, en repetidas ocasiones, trataron de seducir a Ruiz Zorrilla, de llevarle de vuelta a España, incluso ofrecerle la posibilidad, remota, de llegar a gobernar. También sabía perfectamente hasta qué punto el regreso en esas condiciones era un descrédito para el proyecto político que representaba. Y sabía, por último, que todo ello no era más que un engaño. A esas alturas ya no existía la posibilidad de un regreso honroso, ni siquiera para retirarse de la política. Lo que a Ruiz Zorrilla le quedaba por delante no era más que la ilusión, poco verosímil, del triunfo y la certeza de la derrota, a la que no terminaba de acostumbrarse.

Eduardo Higueras Castañeda

Un líder republicano de cerca (III): la Vívora de Asnières y el Ogro Revolucionario

Uno nunca debería fiarse al cien por cien de lo que se afirme en un libro firmado por la “Vívora de Asinières”. A caballo entre los siglos XIX y XX, Luis Bonafoux es un emblema de la bohemia y de la polémica periodística. Basta recordar la diatribas que dedicó a Leopoldo Alas en su ruidoso panfleto Yo y el plagiario Clarín. El ruido y algo de mala intención también le acompañaron en la política. Durante sus años parisinos, se le acusó de vender confidencias a la Embajada sobre los revolucionarios españoles, con quienes solía pasar el tiempo. Hay pocas dudas de que así era, y no era el único. En sus crónicas abundan las referencias a los emigrados, pero nunca estuvo en el entorno próximo de Ruiz Zorrilla, un nombre que halagaba y enfangaba por partes iguales. Así lo pintaba en un artículo que se publicó el 13 de marzo de 1895 en El Correo de Puerto Rico:

Desgraciadamente el señor Ruiz Zorrilla, a pesar de sus eximias condiciones, a pesar también de su gran corazón, no era generoso de dinero. Rico, con 27 casas en Madrid, y con muchos miles de duros en el Banco, don Manuel no pudo impedir en ningún tiempo que pasasen hambre el puñado de valientes que jugaron por él la fortuna, la carrera y la cabeza. España, que por otras condiciones merece aplausos, es el país más económico de Europa, y el señor Ruiz Zorrilla era muy español. Si había fondo del partido, los emigrados comían de vez en cuando, para no perder la costumbre, porque el jefe distribuía los fondos con la escrupulosidad con que un mayordomo distribuye los de una casa grande. Pero si no había fondos, los emigrados ayunaban diariamente.

Zorrilla, recién llegado a España después de veinte años de exilio, no tenía ni veintisiete casas en Madrid, ni tantos miles de duros en el banco. Había sido rico. Pero a esas alturas vivía del patrimonio de su mujer, un capital que nunca arriesgó en sus intentonas revolucionarias. Todo lo contrario pasó con la parte privativa de su patrimonio, invertida en el poco rentable pozo de las conspiraciones. Es probable que no concibiera una forma mejor de solucionar el hambre de los exiliados republicanos que el triunfo de su revolución. El testamento de Ruiz Zorrilla, publicado hace algunos años, no es precisamente el que habría dejado un potentado.

Muchos de los exiliados zorrillistas a los que aludía Bonafoux −Casero, Prieto, Muñoz, Ladevese, Lapuya…− se empeñaron en contradecirle. No porque el dirigente republicano fuera necesariamente un dechado de generosidad, sino porque tampoco escatimó esfuerzos en buscarles colocación, en emplearles él mismo, en abrirles de par en par las puertas de su casa (a veces de su cartera) o negociar, si era necesario, una amnistía con las mismas instituciones a las que combatía.

Pero si algo disfrutaba la Vívora de Asnières era demoler mitos, burlarse de los ídolos, humanizar todo aquello que otros veneraban, mostrar las debilidades de quienes eran tenidos por grandes hombres. Ese era el caso de Ruiz Zorrilla, a quien Bonafoux veía rodeado siempre de los emigrados, las “gentes candorosas” que “con el andar pausado de la raza árabe, y con displicente apostura… discurrían antaño por las calles de París” imaginándose ministros de una futura república. Era la “Corte de don Manuel”. Bajar del pedestal ese nombre que los exiliados pronunciaban con reverencia −hasta el punto de designarse a sí mismos con él− era tentador. Por eso lo describía en sus últimos momentos, viudo, enfermo, derrotado y despistado:

en el Grand Hotel, sentado en un sillón de los que están a la disposición de todo el mundo en aquel establecimiento; vestido desaliñadamente, con un levitón que antaño había sido pardo, embutida la testa en monumental chistera, muy distraído al parecer, como si le preocupase alguna idea, y con el índice de la diestra mano sepultado en la nariz. Ante aquella ruina dolorosa me descubrí como se descubre el viajero al encontrar una sepultura en el camino.

La burla, la malicia y el afán iconoclasta se entremezclan en la mordaz literatura de Bonafoux disfrazados, como en esta ocasión, de una compasión cruel y un respeto, sin duda, hipócrita. Se recreaba mostrando al héroe desnudo y vencido. Pero lo cierto es que ni los exiliados republicanos ni su jefe salieron tan mal parados como otros personajes públicos en sus crónicas. Así comenzaba este artículo:

Don Manuel Ruiz Zorrilla está herido en el órgano que ha ejercitado más; está herido en el corazón… Don Manuel Ruiz Zorrilla no informaba su vida física en el principio del cínico Cambaceres, quien decía, en días de hambre popular, que el revolucionario debe restaurarse comiendo bien y bebiendo mejor para no sucumbir al peso de su trabajo.

Por otra parte, el ogro revolucionario tiene corazón de niño, y ese corazón ha pasado terribles zozobras, congojas espantosas, y ha llorado mucho en silencio ante las sombras de Mangado, de Villacampa, de los revolucionarios que murieron en tierra extranjera…

De que Bonafoux y Ruiz Zorrilla se conocieron personalmente no hay duda. Raro fue el caso de un español en París que no comiera alguna vez en su mesa. Sobre todo en las principales festividades del año, cuando el comedor del jefe exiliado se llenaba de expatriados para cenar. Al menos en una de esas celebraciones estuvo presente Bonafoux con otros comensales, “mitad españoles y mitad americanos”. Se hablaba de España, de Francia y de la comida: “don Manuel que presidía democrática y patriarcalmente −es decir, en zapatillas− resumió el debate culinario con una frase que es un poema: ‘yo, si he de decir la verdad, prefiero a todos los platos franceses un chocolatito con migas'”. Un poema, quizá no tan cómico como Bonafoux apuntaba, y quizá no tan trágico. Con esas pocas palabras, en su habitual tono familiar y pedestre, el Ogro Revolucionario resumía veinte años de desarraigo.

EDUARDO HIGUERAS CASTAÑEDA

Un líder republicano de cerca (II): medicina, exilio y diplomacia

La investigación biográfica suele causar distorsiones en la perspectiva del biógrafo. Una de ellas, quizá la más habitual, es la sensación de materialidad, de vida, que provoca la acumulación de fuentes documentales sobre el biografiado. Sin duda, la recuperación del rastro de un personaje facilita la reconstrucción de su trayectoria vital y puede aportar claves para la interpretación histórica. Pero acumular datos en una secuencia cronológica, evidentemente, no conlleva sin más una aproximación más completa a un relato que, sobre todo, debe priorizar la explicación sobre la erudición. Esa misma distorsión, sin embargo, es a la vez uno de los atractivos del relato biográfico y, también, un importante incentivo para la labor del historiador: la ilusión que genera devolver la vida a un personaje que, en el caso de Ruiz Zorrilla, desapareció hace más de un siglo, es un engaño que estimula la investigación.

Un engaño a medias o una verdad mediada: el líder republicano que late en los apuntes de Ramón Betances refleja la percepción del autor, sus expectativas y, también, la imagen que el propio Ruiz Zorrilla se esforzó en ofrecer ante él. Una imagen que responde a intereses concretos, como puede comprobarse entre las líneas del texto que reproduce esta nueva entrada. Se trata del segundo de los encuentros recogidos por el doctor puertorriqueño. El reconocimiento médico, de nuevo, se desliza hacia la charla política. Ruiz Zorrilla se siente optimista. Presume de relaciones entre los periodistas y políticos más destacados de la Tercera República francesa. Expone algunos proyectos en los que invierte el tiempo y opina sobre la actualidad política de España. Entre el médico y el paciente, parece, han existido previamente contactos, planes y compromisos. La cuestión colonial de Cuba vincula los intereses de ambos que, aunque dispares, tienen un adversario común en la Restauración.

Ramón Emeterio Betances

Ramón Emeterio Betances

Ruiz Zorrilla aprovecha cualquier ocasión para extender sus contactos entre la colonia de emigrados europeos y americanos. En él, muchos de ellos encuentran un canal hacia los periódicos republicanos franceses. Buscan ampliar las redes de apoyo, cada uno para su causa. Y esas causas pueden encontrarse en el camino. El de Ruiz Zorrilla consiste en derribar la monarquía de los Borbones para reimplantar la república. Desde febrero de 1875, cuando Cánovas decretó su expulsión de España, se esforzó en ganar la opinión pública internacional y granjearse el apoyo de los políticos oportunistas y radicales que, tres años más tarde, conseguirían tomar las riendas las Estado francés. Actuaba, en consecuencia, como un diplomático, como el máximo representante de la alternativa republicana española en el exilio:

“Vuelvo a ver al señor Zorrilla. Está muy contento. Va muy bien. Convencido de que toda su enfermedad son malas digestiones, «como las tienen todos los que trabajan en sus despachos», me dijo. Habla otra vez de la necesidad de ponerse bueno. Me cuenta que en La France el marqués de Molins [el embajador de España en París] ha detenido los artículos sobre Cuba por influencia de un señor Savary (?), amigo de Girardin y su socio en negocios. El partido liberal español, añade, se ha perdido por la desunión y el egoísmo. No ha sabido hacer lo que han hecho los conservadores.

Actualmente Zorrilla se ocupa de dos cosas: Primera, de establecer la unión entre Francia y España, y aprovecha la suscripción y las fiestas en favor de los inundados para hacer notar la diferencia entre Francia y Austria, país que, a pesar del matrimonio, nada ha hecho. Segunda, de establecer la unión entre España y América, para tener preparado el terreno cuando llegue él al poder.

Sobre Cuba: como revolucionario está satisfecho de la ley de la abolición, que mantiene la injusticia disminuyéndola, y acabará de hacer caer al actual gobierno. Como patriota está avergonzado de tal ley.

Le he hecho notar que la ley abole el látigo, pero establece la pena de muerte (consejos de guerra).

Me dice que ha escrito artículos sobre Cuba en el Voltaire, periódico de Gambetta, «periódico progresista, dice él, que es el complemento del periódico de guante blanco (sic), La Republique Française», y en el Telegraphe, periódico de Wahington.

Si vuelve al Poder se apresurará a enviar a Cuba hombres conocidos, [Rafael María de] Labra, [Gabriel] Rodríguez, con plenos poderes para hacer lo que quieran allá. Eso será, cree él, el sólo medio, si alguno hay, de conservar la colonia”.

El matrimonio, naturalmente, era el de Alfonso XII y María Cristina de Habsburgo. Tuvo lugar en noviembre de 1879, justo cuando, finalizada la guerra colonial en Cuba, se presentó a las Cortes el proyecto de abolición de la esclavitud que se publicó un año más tarde. Ruiz Zorrilla, como presidente del gobierno en los últimos coletazos de la monarquía de Amadeo de Saboya, había sido uno de los máximos impulsores del abolicionismo. Su caída, y la del propio monarca italiano, tuvieron mucho que ver con esos proyectos que poco tenían que ver con la Ley que impulsaron los políticos de la Restauración. En esta, la servidumbre se sustituía por un patronato de ocho años con el que, simplemente, se prorrogaban los intereses y prerrogativas de los negreros de una manera apenas disimulada. Era, en el fondo, un traspié desde el punto de vista de las presiones internacionales sobre España que a Ruiz Zorrilla, como abolicionista y “revolucionario”, no dejaba darle argumentos diplomáticos de peso.

EDUARDO HIGUERAS CASTAÑEDA

Un líder republicano de cerca (I): Manuel Ruiz Zorrilla a través del testimonio de Ramón Betances

Hace años, mientras trataba de decidirme por un tema de investigación para desarrollar mi tesis doctoral, sólo tenía claras algunas preferencias. Todos esos hilos temáticos —los procesos electorales del Sexenio Democrático, la abolición de la esclavitud, el republicanismo histórico…—, formaban una madeja en la que constantemente encontraba un nudo, un mismo personaje: más allá de algunos artículos y capítulos de libro (la mayoría muy recomendables), nadie había escrito en profundidad sobre Ruiz Zorrilla. Todo lo contrario ocurría con cada uno de esos campos de interés, que eran los que realmente me llamaban la atención. El enfoque político, por ello, siempre estuvo por encima de lo puramente biográfico. De hecho, la perspectiva biográfica sólo fue abriéndose camino conforme avanzaba mi estudio sobre el progresismo democrático.

            La dimensión privada del personaje quedó aplastada por el análisis político, aunque todo ello se anudara a la trayectoria de quien, al fin y al cabo, fue un líder situado en la primera fila de la política española en el último tercio del siglo XIX. Fue una decisión consciente, motivada en parte por mi indecisión a la hora de redefinir completamente el enfoque del libro (Con los borbones, jamás. Biografía de Manuel Ruiz Zorrilla. 1833-1895, Marcial Pons, 2016). Desarrollar el lado más humano del personaje sin reducir o eliminar el análisis político habría exigido una extensión inviable. Consideré más coherente reforzar esa última línea y dejar entrever en determinados momentos la manera en la que lo privado y lo público se entrelazaban. Por ello, un buen número de fuentes en las que se presentaba al dirigente republicano de una manera cercana, casi tangible, quedaron descartadas.

Ruiz Zorrilla por Francisco Domingo Marqués

Reproducción del retrato de Manuel Ruiz Zorrilla por Francisco Domingo Marqués (1887)

           Una de las más interesantes se debe al testimonio de Ramón Emeterio Betances, uno de los personajes más ligados a Ruiz Zorrilla durante sus últimos años de vida. El médico puertorriqueño, militante abolicionista e independentista —fue uno de los protagonistas del “Grito de Lares” en 1868—, residía en París y visitaba a menudo al exiliado español. En sus encuentros se mezclaba la asistencia profesional, la política y una amistad que les permitía intercambiar con distendida franqueza sus proyectos y opiniones. A menudo, Betances realizó comisiones por cuenta del republicano español. Los dos formaron parte de asociaciones como L’Union Latine Franco Américaine y, a pesar de que el uno era un activo luchador por la independencia de Puerto Rico, y el otro, partiendo de sus convicciones unitaristas respecto a España, representaba una postura más bien autonomista, alcanzaron una completa comprensión mutua.

            Fue Luis Bonafoux, un periodista bordelés, de origen venezolano aunque formado en España, quien recopiló la correspondencia, los apuntes y diarios de Betances tras su muerte en 1898. En ellos Ruiz Zorrilla ocupa un importante espacio. Con absoluta inmediatez, sus escritos reproducen cada encuentro con el dirigente republicano como enfermo, como político, como amigo y como exiliado que tras veinte años de destierro, de lenta derrota, se amarga y consume. Esta serie de entradas persigue profundizar en aspectos en los que decidí no detenerme al escribir sobre el personaje. A pesar de que este es un espacio divulgativo sobre la historia de la democracia española, creo que merece la pena ofrecer una aproximación diferente sobre el liderazgo en política, que tenga en cuenta de manera directa el entrecruzamiento de las esferas pública y privada. Algo que, sin duda, está presente desde la primera de las visitas que Betances, como médico de Ruiz Zorrilla, recogió en sus diarios.

            “El señor Ruiz Zorrilla. Cuarenta y seis años. Envejecido. Gordo. Se queja de malestar en la región del corazón. No tiene otro síntoma de enfermedad. Ligera dispepsia. Lo ausculto. Al levantar la cabeza se pone muy pálido. Está de pie. Me habla de que necesita estar bien de salud. «Mi estado es tal, me dice, que si el cambiar el estado de las cosas de España no hubiera dependido más que de hacerme escribir ayer tres o cuatro cartas, yo no habría podido escribirlas». Se da por hombre apasionado, sujeto a fuertes impresiones cuando se trata de los afectos de sus parientes y amigos. Por lo demás, no tiene nada en el corazón. Le he ordenado píldoras de quinina y agua de Vichy”.

            Son apuntes que carecen de fecha, aunque podrían datarse en torno a 1880 (Ruiz Zorrilla nació en marzo de 1833). Las siguientes saltan algunos años. En ellas se percibe cómo la confianza entre ambos comenzaba a estrecharse. También que ese primer diagnóstico de Betances era completamente equivocado. No así la descripción del paciente: prematuramente aviejado, grueso, Zorrilla estaba convencido de que de él y de su salud dependía que en España se restaurara, mediante una revolución, la República. Mientras escribía su biografía, me preguntaba hasta qué punto eran superfluos algunos datos con los que me iba encontrando. Ruiz Zorrilla era un hombre corpulento (algo más de 1’70 metros era una altura considerable en esa época), desgarbado, con ojos grises y pelo oscuro. Era ambidextro y estaba sordo del oído izquierdo, impedimento que al parecer compensaba con creces el derecho. Llegué a la conclusión de que, efectivamente, todo ello era irrelevante.

EDUARDO HIGUERAS CASTAÑEDA