Dos nuevas tesis doctorales sobre la historia de la democracia republicana

Existen muchas formas de calibrar la salud de un campo de investigación. El de los orígenes de la democracia y la movilización republicana en España, se ha mostrado como un ámbito considerablemente fértil desde hace algunas décadas. Sobre todo si se tiene en cuenta que otros temas de estudio con un impacto mucho más inmediato sobre el público han absorbido ―sin duda con justicia, y por eso seguirán haciéndolo― gran parte de la atención de los historiadores. En este sentido, que en los primeros meses de 2019 se hayan presentado dos nuevas tesis doctorales directamente relacionadas con las culturas del republicanismo español es una noticia muy positiva para quienes nos dedicamos al asunto. No solo porque con ellas se profundice en aspectos desconocidos sobre un tema que presenta todavía importantes lagunas e interrogantes, sino porque el debate, con ellas, se renueva y, por supuesto, también se enriquece. A ello contribuyen de manera brillante las tesis doctorales de Ester García-Moscardó y Óscar Anchorena Morales. Brillo que, de hecho, llamaba ya la atención en la trayectoria predoctoral de dos autores de gran solvencia investigadora.

La figura del publicista federal Roque Barcia Martí (1821-1885) protagoniza la tesis, dirigida por Jesús Millán y María Cruz Romeo, que Ester García-Moscardó presentó en la Universidad de Valencia el 28 de enero. Isabel Burdiel, Adrian Shubert y Florencia Peyrou componían un Tribunal de altura para una investigación que da en una tecla especialmente importante sobre la formación y la divulgación de las primeras formulaciones del republicanismo histórico en España. La aportación de Roque Barcia, en este sentido, fue crucial. Sus devaneos en la última fase de su vida pública ―por su papel instigador en la rebelión cantonal de 1873 y, sobre todo, por renegar públicamente de ella― lastraron el reconocimiento del publicista sevillano entre sus correligionarios. Su legado, en este sentido, no conservó el vigor de otros dirigentes como Pi y Margall, Salmerón o Ruiz Zorrilla. Sin embargo, es sumamente difícil comprender el desarrollo de la democracia republicana en el tercio central del siglo XIX sin tener en cuenta su ingente labor intelectual y propagandista. En ella se formaron gran parte de los republicanos de su tiempo, desde el primer Castelar hasta el último lector de La Democracia, El Círculo Científico o El Demócrata Andaluz.

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Entre las carencias de la historiografía sobre la historia de la democracia llamaba también la atención la inexistencia de investigaciones de verdadero calado sobre los republicanos de Madrid. Probablemente, la capital y la corte han oscurecido a una ciudad con dinámicas sociales y políticas propias. A resolver esta carencia contribuye Óscar Anchorena con su tesis sobre “El republicanismo en Madrid. Movilización política y formas de sociabilidad, 1874-1923”. Un trabajo largamente madurado en el que el fenómeno republicano se concibe como un movimiento social de base del que arrancan prácticas políticas, formas de protesta, de encuadramiento y de organización (casinos, círculos, tertulias, clubes…) en las que no importa tanto las divisiones de los partidos, como los espacios compartidos para construir una ciudadanía democrática. Algo que, en sí mismo, ya suponía un desafío ante un régimen, el de la Restauración, que constituía un dique frente al desarrollo de la democracia. Àngel Duarte, Rosana Gutiérrez Lloret, Luis P. Martin, Florencia Peyrou y Rubén Pallol componían otro Tribunal de altura para esta tesis doctoral, dirigida por Juan Pro Ruiz, que se leyó el pasado viernes 22 de febrero en la Universidad Autónoma de Madrid.

Es justo que en Historia y Culturas Republicanas nos hagamos eco de dos novedades tan significativas y prometedoras. También lo es dar la más sincera y sentida enhorabuena a Ester García Moscardó y a Óscar Anchorena Morales, compañeros en muchos foros. Es de esperar que también lo sean de este proyecto.

La eterna división republicana y las primeras estrategias para superarla

    A cualquiera que haya leído un poco sobre la Segunda República Española le sonará el nombre de la “coalición republicano-socialista”. La denominación, en realidad, se había usado mucho antes, en 1909, para referirse a lo que la historiografía suele llamar con más frecuencia la “Conjunción Republicano-Socialista”. Pero, más allá de las palabras, lo cierto es que eran muy antiguos los intentos de mancomunar las variadas “familias” en que se dividía el republicanismo histórico (a veces, como en este caso, asociándolas con fuerzas de otras culturas políticas, aunque este es otro tema).

    El origen de estas uniones hay que buscarlo, lógicamente, en el momento en que se hizo patente esa división. Pero la verdad es que el republicanismo español nació fraccionado, porque las controversias doctrinales siempre existieron. Hasta tal punto, que hace unos años los especialistas empezaron a cuestionarse la existencia de una sola cultura política republicana (Ángel Duarte, Pere Gabriel…). Y hay quienes llegaron a distinguir hasta tres culturas, como Román Miguel González. La cuestión ha suscitado vivos debates en el mundo académico, pero lo que está claro, lo que hoy nadie discute y lo que nos interesa subrayar aquí es que el republicanismo español presentó siempre tal diversidad interna que no puede ser concebido como un universo homogéneo.

    Ahora bien, hubo un tiempo en que esa heterogeneidad convivió políticamente en el seno de una misma agrupación: primero, en el Partido Demócrata, creado en 1849; y después, en el Partido Republicano Federal, fundado en 1868 por una parte sustancial de quienes habían dado vida al anterior. Está claro que en aquellos tiempos, a pesar de esas diferencias internas, no se pensaba en la necesidad de una unión republicana porque, sencillamente, no había partidos que unir (dejemos a un lado el Partido Republicano Unitario, de implantación marginal).

   Así que tenemos que irnos al momento inmediatamente posterior a la Primera República, cuando la división se hizo ya tan patente e insostenible que las diferentes facciones se lanzaron a organizar sus propias agrupaciones políticas, se afanaron en movilizar a sus bases y, cuando la ley lo autorizó, crearon periódicos en todos los sitios que pudieron para defender sus ideas de forma separada. Había llegado el momento, como se decía en la época, de “deslindar los campos”.

    Esto ocurrió muy singularmente entre 1875 y 1880, cuando se produjo la restauración de la monarquía en la persona de Alfonso XII. Al poco, se prohibieron las organizaciones, sociedades y periódicos expresamente republicanos. Y fueron aquellas circunstancias adversas las que propiciaron el surgimiento de una corriente de opinión a favor del entendimiento, de la inteligencia republicana, de mancomunar esfuerzos: es lo que se llamó la Unión Democrática.

    En un sector importante de quienes profesaban ideas republicanas, prendió la idea de que la división había resultado fatal en 1873. Otra cosa era el reparto de culpas, ya que cada uno daba su versión, pero muchos republicanos coincidían en que la discordia y los enfrentamientos habían pasado factura. Una elocuente caricatura publicada en El Motín pocos años después plasmó de manera soberbia esta convicción. El dibujo presenta a los tres principales dirigentes del 73 (de izquierda a derecha, Salmerón, Castelar, Pi y Margall) en plena trifulca, a palo limpio, mientras Pavía patea en el trasero a una alegoría de la República y la expulsa de la escena. La caricatura, además, se acompañó de un poema que contiene pasajes muy elocuentes sobre los males de las envidias y del “fulanismo”, o sea, de anteponer los nombres de los líderes a las ideas o los proyectos para justificar facciones o disidencias (“[…] a la greña andaban / por quitarse el puesto, / apelando a chismes, / ardides y enredos” […]).

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Fuente: El Motín, Madrid, 20 de abril de 1890 (Biblioteca Nacional de España)

    La Unión Democrática fue la primera Unión Republicana de la historia de España. No se podía llamar así porque la ley proscribió el término “República” y su familia léxica hasta que Sagasta llegó al poder en 1881. Se trataba, pues, de un eufemismo. Pero sirvió para estimular la reorganización de las filas republicanas y también sus periódicos, aunque muy condicionados por la legislación vigente. Algunos títulos, como el diario La Unión, dirigido por Antonio Sánchez Pérez, desempeñaron un papel central en aquellas campañas.

    Sin embargo, no tardaron en llegar las polémicas. Incluso entre quienes se mostraban a favor de la Unión Democrática, se produjo una división en torno a la fórmula que había que adoptar: ¿debía tratarse de una coalición de los diferentes partidos sobre un programa común o de una nueva agrupación en la que se refundieran (desapareciendo) las preexistentes? Huelga decir que constituía un debate muy repetido en la historia política de nuestro país en diferentes épocas, incluida la actual.

   ¿Qué balance puede hacerse de esa estrategia que se dio en llamar Unión Democrática? En realidad, nunca llegó a cuajar como proyecto de ámbito estatal, debido precisamente a ese choque de interpretaciones sobre lo que debía ser la “Unión”; pero sí se convirtió en una herramienta útil a escala municipal, donde cada núcleo republicano optó por una u otra fórmula según las preferencias y circunstancias locales. Basta con recordar el caso de Oviedo, donde no por casualidad parece haber surgido la idea de la Unión Democrática o, al menos, su aplicación exitosa más temprana. En el Ayuntamiento de la capital asturiana, la Vetusta de Clarín, hubo mayoría de concejales republicanos durante muchos años, a pesar de sus poderosos adversarios y del influjo del caciquismo. En las elecciones de 1879, por ejemplo, las candidaturas de la Unión Democrática arrasaron al lograr las 14 concejalías en juego.

    Sea como fuere, en la Unión Democrática hay que buscar el precedente de la coalición republicana de 1886, de la Unión Republicana de 1893, de la Fusión Republicana de 1897, de la Unión Republicana de 1903 y, en definitiva, de las sucesivas tentativas de alianza republicana que surgieron en adelante con diferentes nombres.

Sergio Sánchez Collantes

 

 

Reseña: Estudios sobre el republicanismo histórico en España

Hace unos meses ha aparecido en el número 30, correspondiente al año que termina de 2018, de la revista Espacio, Tiempo y Forma. Serie V. Historia Contemporánea, de cuya sección de reseñas destaca una, obra de José Luis Agudín Menéndez (Universidad de Oviedo), dedicada a la reciente obra colectiva sobre el republicanismo histórico español:
 
SÁNCHEZ COLLANTES, Sergio (ed.), Estudios sobre el republicanismo histórico en España. Luchas políticas, constitucionalismo y alcance sociocultural, Oviedo, Real Instituto de Estudios Asturianos, 2017
 
PortadaRepublicanismoLos textos que forman parte de esta monografía colectiva recogen el ciclo de conferencias que tuvo lugar en el Real Instituto de Estudios Asturianos entre el 29 de enero y 12 de febrero de 2014, y que llevaba por título Asturias en el republicanismo histórico español. Esta celebración estuvo motivada tanto por la conmemoración del 140 aniversario de la caída de la I República como por el 75 aniversario del final de la II República, tras terminar la Guerra Civil. Esta obra colectiva viene a sumarse a un ya profuso itinerario de los estudios del republicanismo desde la perspectiva asturiana, enormemente enriquecidos en las dos últimas décadas de la presente centuria. 
Sin dejar a un lado la perspectiva asturiana, los siete capítulos constitutivos de esta monografía prestan atención a generalidades del republicanismo hispano. Con este fin, S. Sánchez Collantes ha reunido las aportaciones de historiadores procedentes de las Universidades de Oviedo (Ignacio Fernández Sarasola, Víctor Rodríguez Infiesta, Jorge Uría y Joaquín Varela Suanzes-Carpegna), León (Francisco Carantoña), Burgos (Sergio Sánchez Collantes) y Cantabria (Manuel Suárez Cortina). Las líneas de investigación que aquí convergen no sólo incluyen las de la historia de las culturas políticas, sino también se dan cita aquí la historia del constitucionalismo y la historia sociocultural.
José Luis Agudín

El combate, semanario de agitación republicana

Recientemente apareció un artículo sobre un periódico republicano, felicitamos a la autora por el trabajo de rescatar y analizar esta valiosa fuente! Aquí os dejamos la cita, abstract y enlace por si queréis echar un vistazo:

ElCombateGarcía González, Gloria (2018) “El combate: un semanario de agitación republicana en la Salamanca del cambio de siglo, 1899-1902“. Salamanca, revista de Estudios, núm. 62, 2018, p. 85-106. ISSN 0212-7105

Abstract: Tras la crisis desatada en el cambio de siglo, el republicanismo unitarista incrementó muy sensiblemente su carácter movilizador con el principal objetivo de socializar en el ideal republicano a una masa social potencialmente creciente. A ese fin, la prensa constituyó una herramienta de comunicación y movilización política de primer orden, asociada con éxito a los medios tradicionales de acción política, la tertulia, el comité y el banquete. En ese contexto, El Combate sale a la luz en Salamanca haciendo gala de una particular violencia discursiva cuyos objetivos principales son la agitación política y la deslegitimación de los poderes tradicionales consolidados durante la Restauración.

Palabras clave: Republicanismo, Salamanca, movilización social, prensa local y agitación política

Ficha del diario en la Biblioteca Virtual de Prensa Histórica: http://prensahistorica.mcu.es/es/consulta/registro.cmd?id=10007600643

Rafael María de Labra en el centenario de su muerte

    Hace pocas semanas se cumplió un siglo del fallecimiento de Rafael María de Labra, que dejó de existir en Madrid el mes de abril de 1918. Nacido en La Habana allá por 1840, este brillante intelectual y político republicano vivió en Cuba durante su infancia y, tras pasar una temporada en Cádiz, terminó fijando su residencia en Madrid. Durante toda su vida mantuvo fuertes vínculos con Asturias, lo que explica por ejemplo que una calle lleve su nombre en la capital ovetense, homenaje también presente en localidades como Málaga o León pero no en Madrid, un detalle llamativo si se tiene en cuenta que fue el lugar donde desplegó el grueso de sus actividades públicas.

    Cada verano, Labra se desplazaba a Asturias y pasaba largas temporadas en su quinta de Abuli, en las proximidades de Oviedo. El mes de agosto solía vivir en Gijón, ciudad natal de su madre, Rafaela. Allí contaba con numerosas amistades, particularmente —aunque no sólo— entre los círculos republicanos de la localidad. El federal Apolinar Menéndez Acebal y el salmeroniano Vicente Innerárity fueron dos de los muchos gijoneses que mantuvieron estrechos lazos con él. El primero, en otro tiempo presidente de la Juventud Federal de la villa, le auxilió en la confección de su libro Gijón. Una villa del Cantábrico (1877), ya que le proporcionó cuantiosos datos, tal y como reconoció el propio Labra en el texto (habría sido la «otra mano» que Julio Somoza detectó y refirió en Cosiquines de la mio quintana pocos años después).

labra retrato motín nov 1891

Fuente: El Motín (Biblioteca Nacional de España)

    Al pensamiento reformista de Labra se han acercado especialistas como María Dolores Domingo Acebrón, Elena Hernández Sandoica o Francisco Erice. Si hay una idea que vertebre buena parte de la temática de los escritos de Labra, ésa es sin duda la de la preocupación por la llamada «cuestión social», que comprendía una serie de problemas a los que era preciso dar solución cuanto antes: para él, hablar de la cuestión social era hacerlo de las penosas condiciones de vida de los obreros, de la denigrante situación de las mujeres, de la importancia de la educación popular, de la ignominiosa esclavitud…

 

 

    Precisamente el último ejemplo citado constituyó uno de los frentes de lucha en los que más activamente se implicó Labra. Sus desvelos en ese terreno, con los que de hecho amenazaba poderosos intereses, terminaron colocándolo al frente de la Sociedad Abolicionista Española. Cuando en 1879 los demócratas gijoneses se convirtieron en los primeros de España en enviar firmas a las Cortes exigiendo la abolición de la esclavitud en Cuba, fue precisamente Labra el parlamentario encargado de leer la exposición remitida desde la villa al Congreso de los Diputados. Aunque inicialmente militó en el Partido Radical, la mayor parte de la vida política de Labra se desarrolló en el seno del republicanismo, como independiente o formando parte de la minoría republicana del Congreso; y casi siempre como representante de las Antillas, para las que defendió tenazmente un régimen autónomo.

    Es asimismo destacable lo avanzado de sus planteamientos respecto a los derechos de las mujeres. En una época en la que republicanos más “de izquierdas”, como Francisco Pi y Margall, sostenían que la mujer tenía su principal misión en el hogar, como transmisora del ideario democrático a los hijos, Labra ya defendía el sufragio femenino y la patria potestad compartida. En este y en otros terrenos, el mérito de sus propuestas y análisis queda reforzado tras ubicarlos en su contexto histórico. Naturalmente, no estaban exentos de limitaciones, que grosso modo eran las mismas que se detectan en la mayoría de aquellos reformistas antimonárquicos, que rechazaban la mera posibilidad de que las clases humildes dirigieran su propia emancipación y, paralelamente, creían en la necesidad de una paternal y profiláctica tutela “rectora” que las disuadiera de apostar por salidas revolucionarias (esto en una época muy cruda, en la que parece lógico que aquellos desahuciados del bienestar se vieran seducidos por otras expectativas de redención más ilusionantes).

    Abogado de prestigio y, como tal, defensor de numerosos periódicos republicanos denunciados por el asedio de la legislación canovista, Labra fue también profesor de la Institución Libre de Enseñanza, en cuya puesta en marcha participó activamente, hasta tal punto que llegó a ser su rector durante varios años. Asimismo, presidió la Sociedad Fomento de las Artes y el Ateneo de Madrid, y representó como senador a las Sociedades Económicas de Amigos del País. Reputado orador, conferenció en numerosas sociedades culturales de la Corte y de provincias, incluido el Ateneo Obrero gijonés, y pronunció discursos políticos en las más variadas tribunas a lo largo y ancho del país y en diversas poblaciones asturianas.

    El erudito Constantino Suárez recordaba cómo Rafael María de Labra, consecuente con sus ideas, nunca quiso aceptar destinos retribuidos ni honores del Estado monárquico. Fue uno de esos prohombres del republicanismo decimonónico español que, pese al reconocimiento y prestigio intelectual de los que disfrutaron en su época, hoy día sufren una inmerecida marginación, como si continuasen purgando sus heterodoxias, mientras se promociona a figuras de valía y talla muy inferiores.

Sergio Sánchez Collantes

[Adaptación del artículo publicado en el diario El Comercio de Gijón, el 30/5/2008]

Nuevo libro sobre el republicanismo histórico

PortadaRepublicanismoEl Real Instituto de Estudios Asturianos (RIDEA) acaba de publicar un libro titulado Estudios sobre el republicanismo histórico en España. Luchas políticas, constitucionalismo y alcance sociocultural. Se trata de una monografía colectiva que reúne trabajos de varios profesores de la Universidad de Oviedo, la Universidad de Cantabria, la Universidad de León y la Universidad de Burgos, a saber:  Ignacio Fernández Sarasola, Francisco Carantoña Álvarez, Víctor Rodríguez Infiesta, Manuel Suárez Cortina, Jorge Uría González, Joaquín Varela Suanzes-Carpegna y Sergio Sánchez Collantes, que ha dirigido la obra. Los textos son fruto de un ciclo de conferencias que se organizó en el propio RIDEA hace tres años. Abajo reproducimos el índice de contenidos de esta nueva publicación, que vuelve a colocar el republicanismo en la actualidad historiográfica. Bonne lecture!

Prólogo, por Sergio Sánchez Collantes

Capítulo 1. La Constitución de Cádiz: entre historicismo y revolución, por Ignacio Fernández Sarasola (Universidad de Oviedo)

Capítulo 2. La izquierda liberal en el reinado de Fernando VII, por Francisco Carantoña Álvarez (Universidad de León)

Capítulo 3. Origen y difusión del republicanismo en provincias: una mirada sociocultural a la Asturias del ochocientos, por Sergio Sánchez Collantes (Universidad de Burgos)

Capítulo 4. La prensa diaria republicana tras el nacimiento de El Noroeste, por Víctor Rodríguez Infiesta (Universidad de Oviedo)

Capítulo 5. Melquíades Álvarez, el reformismo y la cultura institucionista, por Manuel Suárez Cortina (Universidad de Cantabria)

Capítulo 6. El Grupo de Oviedo: democracia, reforma social y proyección pública, por Jorge Uría González (Universidad de Oviedo)

Capítulo 7. La cuestión territorial en las dos repúblicas españolas, por Joaquín Varela Suanzes-Carpegna (Universidad de Oviedo)

 

Un líder republicano de cerca (II): medicina, exilio y diplomacia

La investigación biográfica suele causar distorsiones en la perspectiva del biógrafo. Una de ellas, quizá la más habitual, es la sensación de materialidad, de vida, que provoca la acumulación de fuentes documentales sobre el biografiado. Sin duda, la recuperación del rastro de un personaje facilita la reconstrucción de su trayectoria vital y puede aportar claves para la interpretación histórica. Pero acumular datos en una secuencia cronológica, evidentemente, no conlleva sin más una aproximación más completa a un relato que, sobre todo, debe priorizar la explicación sobre la erudición. Esa misma distorsión, sin embargo, es a la vez uno de los atractivos del relato biográfico y, también, un importante incentivo para la labor del historiador: la ilusión que genera devolver la vida a un personaje que, en el caso de Ruiz Zorrilla, desapareció hace más de un siglo, es un engaño que estimula la investigación.

Un engaño a medias o una verdad mediada: el líder republicano que late en los apuntes de Ramón Betances refleja la percepción del autor, sus expectativas y, también, la imagen que el propio Ruiz Zorrilla se esforzó en ofrecer ante él. Una imagen que responde a intereses concretos, como puede comprobarse entre las líneas del texto que reproduce esta nueva entrada. Se trata del segundo de los encuentros recogidos por el doctor puertorriqueño. El reconocimiento médico, de nuevo, se desliza hacia la charla política. Ruiz Zorrilla se siente optimista. Presume de relaciones entre los periodistas y políticos más destacados de la Tercera República francesa. Expone algunos proyectos en los que invierte el tiempo y opina sobre la actualidad política de España. Entre el médico y el paciente, parece, han existido previamente contactos, planes y compromisos. La cuestión colonial de Cuba vincula los intereses de ambos que, aunque dispares, tienen un adversario común en la Restauración.

Ramón Emeterio Betances

Ramón Emeterio Betances

Ruiz Zorrilla aprovecha cualquier ocasión para extender sus contactos entre la colonia de emigrados europeos y americanos. En él, muchos de ellos encuentran un canal hacia los periódicos republicanos franceses. Buscan ampliar las redes de apoyo, cada uno para su causa. Y esas causas pueden encontrarse en el camino. El de Ruiz Zorrilla consiste en derribar la monarquía de los Borbones para reimplantar la república. Desde febrero de 1875, cuando Cánovas decretó su expulsión de España, se esforzó en ganar la opinión pública internacional y granjearse el apoyo de los políticos oportunistas y radicales que, tres años más tarde, conseguirían tomar las riendas las Estado francés. Actuaba, en consecuencia, como un diplomático, como el máximo representante de la alternativa republicana española en el exilio:

“Vuelvo a ver al señor Zorrilla. Está muy contento. Va muy bien. Convencido de que toda su enfermedad son malas digestiones, «como las tienen todos los que trabajan en sus despachos», me dijo. Habla otra vez de la necesidad de ponerse bueno. Me cuenta que en La France el marqués de Molins [el embajador de España en París] ha detenido los artículos sobre Cuba por influencia de un señor Savary (?), amigo de Girardin y su socio en negocios. El partido liberal español, añade, se ha perdido por la desunión y el egoísmo. No ha sabido hacer lo que han hecho los conservadores.

Actualmente Zorrilla se ocupa de dos cosas: Primera, de establecer la unión entre Francia y España, y aprovecha la suscripción y las fiestas en favor de los inundados para hacer notar la diferencia entre Francia y Austria, país que, a pesar del matrimonio, nada ha hecho. Segunda, de establecer la unión entre España y América, para tener preparado el terreno cuando llegue él al poder.

Sobre Cuba: como revolucionario está satisfecho de la ley de la abolición, que mantiene la injusticia disminuyéndola, y acabará de hacer caer al actual gobierno. Como patriota está avergonzado de tal ley.

Le he hecho notar que la ley abole el látigo, pero establece la pena de muerte (consejos de guerra).

Me dice que ha escrito artículos sobre Cuba en el Voltaire, periódico de Gambetta, «periódico progresista, dice él, que es el complemento del periódico de guante blanco (sic), La Republique Française», y en el Telegraphe, periódico de Wahington.

Si vuelve al Poder se apresurará a enviar a Cuba hombres conocidos, [Rafael María de] Labra, [Gabriel] Rodríguez, con plenos poderes para hacer lo que quieran allá. Eso será, cree él, el sólo medio, si alguno hay, de conservar la colonia”.

El matrimonio, naturalmente, era el de Alfonso XII y María Cristina de Habsburgo. Tuvo lugar en noviembre de 1879, justo cuando, finalizada la guerra colonial en Cuba, se presentó a las Cortes el proyecto de abolición de la esclavitud que se publicó un año más tarde. Ruiz Zorrilla, como presidente del gobierno en los últimos coletazos de la monarquía de Amadeo de Saboya, había sido uno de los máximos impulsores del abolicionismo. Su caída, y la del propio monarca italiano, tuvieron mucho que ver con esos proyectos que poco tenían que ver con la Ley que impulsaron los políticos de la Restauración. En esta, la servidumbre se sustituía por un patronato de ocho años con el que, simplemente, se prorrogaban los intereses y prerrogativas de los negreros de una manera apenas disimulada. Era, en el fondo, un traspié desde el punto de vista de las presiones internacionales sobre España que a Ruiz Zorrilla, como abolicionista y “revolucionario”, no dejaba darle argumentos diplomáticos de peso.

EDUARDO HIGUERAS CASTAÑEDA