“Amor por la libertad, fraternidad e igualdad”. El 1 de Mayo en los EEUU

En los Estados Unidos de América, la primera república mundial en todos los rankings económicos, no se celebra el Día Internacional de los Trabajadores. No es un día festivo. Ese día, todas las trabajadoras y todos los trabajadores, acuden puntualmente a sus puestos de trabajo. En su lugar, y gracias a la decisión tomada por el presidente liberal Grover Cleveland, Labour Day lo celebran en septiembre. La elección de esta fecha no fue casual: coincidía con el aniversario de la Orden de los Caballeros del Trabajo, pero, sobre todo, se pretendía que durante el primero de mayo no se recordara a los Mártires de Chicago.

El uno de mayo 1886, dieron comienzo una seria de huelgas que dejaron huella en la historia contemporánea. Los Estados Unidos de América estaba inmersa en el proceso de industrialización y modernización económica que, pocos años después, le llevaría a proclamarse como la república más exitosa alrededor del globo.

Para finales de la década de 1880, había casi 7 millones de trabajadores industriales y en el preludio de la Primera Guerra Mundial, la cifra no andaba lejos de los 15 millones. Muchos de ellos estaban organizados en diferentes fraternidades, sindicatos, federaciones, órdenes y union. Una de la más importantes fue la citada Orden de los Caballeros del Trabajo, creada en 1869, que defendía el siguiente discurso: “La única fuerza para detener el avance del monopolio es la sólida organización de los trabajadores”.

Y lo cierto es que la Orden tenía parte de razón al realizar dicha afirmación, porque si la segunda mitad del siglo XIX fue una época de modernización económica (el primer pozo de petróleo escavado en 1859, el teléfono de 1867 o la bombilla de 1879), también fue la época donde surgieron las grandes compañías y los grandes Trust. Standard Oil Monopoly

En consecuencia, por mucho que se recordaban las raíces de la fundación los Estados Unidos de América, el poder de las compañías hizo que los diferentes gobiernos no se esforzarán demasiado para mantenerlas vivas. Ni los sucesivos presidentes de la república ni el congreso estuvieron por la labor de encontrar soluciones a la precariedad en la que estaba inmersa parte de la sociedad. Sirva como ejemplo la Ley sobre los Contratos de 1864, que fue derogada sólo cinco años después, mediante la cual “las empresas podían retener el salario del trabajador durante un año para el cumplimiento de parte del contrato”.

Y por mucho que, en su día, los republicanos estadounidenses proclamaron la independencia de la vieja y decadente corona británica, la élite estadounidense copiaba las viejas y grotescas costumbres de aquellos aristócratas a los que tanto criticaba.

Algo de esto había visto Mark Twain cuando satirizó sobre el baño de oro con el que se pretendían cubrir las penurias sociales. Su famoso libro fue el que después dio nombre a esta época dorada, Gilged Age (1873): “En un país en donde no exista la fiebre de la especulación; ni el deseo apasionado de la riqueza repentina, en donde los pobres son sencillos y contenidos y los ricos son todos honestos y generosos, donde la sociedad se encuentra en un estado de pureza primitiva y la política es sólo la ocupación de loa capaces y patriotas, no habría motivo para elaborar una historia como esta”.

Según Twain, el Sueño Americano, solo funcionaba para unos pocos, y los demás, tenían que conformarse con soñar. Poco a poco, cada vez más trabajadores, inmigrantes muchos de ellos, no pudieron quedarse soñando y gracias a las diferentes organizaciones que habían creado, la movilización no se hizo esperar.

A comienzos de 1886, el presidente A. Johnson validó la Ley Ingersoll, que quiso responder a las proclamas que desde una década antes hacían los trabajadores sobre la jornada laboral de ocho horas. “Ocho horas para descansar, ocho horas para trabajar y ocho horas para el ocio”. Pero las muchas cláusulas que habían insertado en la ley, permitieron que la situación de la mayoría de los trabajadores industriales no cambiara en absoluto. Las protestas acabaron con la convocatoria de las huelgas a partir del primero de mayo.

Uno de los principales focos de las movilizaciones fue la ciudad de Chicago, referente industrial de la época. Entre el 1 y 4 de mayo, miles de trabajadores salieron a las calles. El 4 de mayo, se volvieron a reunir en Haymarket Saquare. The Haymarkat RiotComo se sabe, la manifestación convocada para aquel día, acabó en una batalla campal entre trabajadores y policías.

Durante la trifulca, estalló una bomba que mató, entre otros, a varios policías. En consecuencia, fueron detenidos más de 200 trabajadores bajo cargos de pertenencia a organizaciones anarquistas y revolucionarios. Aunque todos los acusados negaron su implicación en la explosión y jamás se encontró al culpable, siete de los detenidos (la mayoría de origen alemán), fueron condenados a muerte. A dos de los acusados se les conmutó la pena de muerte por cadena perpetua, y uno, Louis Lingg, decidió quitarse la vida en su celda.

Resulta paradójico leer la declaración de uno de los condenados a muerte, el periodista Adolph Fischer. Fischer, defendió sus ideales políticos de una manera que, desde nuestro punto de vista, resulta muy republicana:

I protest against being sentenced to death, because I have not been found guilty of murder. But however, if I am to die on account of being an Anarchist, on account of my love for liberty, fraternity and equality, then I will nor remonstrate. If death is the penalty for our love of the freedom of the human race, then I say openly I have forfeited my life, but a murderer I am not”.

Tres años después, en 1889, La Segunda Internacional declaró el Primero de Mayo como Día Internacional del Trabajador. Este día se celebra en muchos países del mundo, menos en los Estados Unidos de América.

Anuncios

A vueltas con el presidente (de los EEUU)

Panda de extremistas

“El presidente de los Estados Unidos envió este lunes al Congreso una propuesta de presupuesto para el ejercicio fiscal de 2020” que propone “una dotación de otros 8.600 millones de dólares para la construcción del polémico muro en la frontera con México” (El País, 12.03.2019).

La construcción del muro fue uno de los pilares de la campaña de Donald Trump y ahora, parece que le está trayendo grandes quebraderos de cabeza. No solo porque los demócratas con mayoría en el congreso estén en contra de levantar dicho muro, si también porque parece que la forma de gobernar del nuevo presidente, está dinamitando los cimientos del sistema político estadounidense. Cierto es también que, no parece afectarle demasiado. Bajo un discurso del “cueste lo que cueste”, ha amenazado con declarar la “emergencia nacional”. De esa manera, podrá seguir concentrando mayor poder ejecutivo y podrá levantar su muro por encima de las decisiones del Congreso y del Senado.

La viñeta que aparece al comienzo de esta entrada, la encontré mientras estaba preparando una clase sobre la revolución norteamericana. Como se puede apreciar en la imagen, el expresidente Barack Obama critica la limitación del poder ejecutivo. La crítica va dirigida a los padres fundadores de los Estados Unidos, que no parecen demasiado contentos con la dirección que estaba tomando su mandato.

Los padres fundadores, fue aquel grupo de hombres que firmaron la declaración de independencia (1776) y si se quiere, también aquellos que aprobaron la Constitución de Estados Unidos de América (1787). Entre los fundadores a los que se dirige Obama, he identificado al menos dos federalistas y autores de los The Federalist Papers o Los documentos federalistas: James Madison (4º presidente de los EEUU) y Alexander Hamilton.

The Federalist papers es una colección de artículos de prensa escritos a partir del año 1787, justo al final de uno de los períodos más complicados que vivieron los EEUU durante el proceso de independencia (“período crítico”). El objetivo de los firmantes de los artículos, que buscaron cobijo bajo el pseudónimo Publius, era la de crear una opinión pública favorable a la ratificación de la Constitución de los Estado Unidos (1789).

La redacción de la constitución y su posterior ratificación no fueron fáciles. El miedo generalizado a la amenaza de las antiguas monarquías europeas en decadencia y de una aristocracia anclada en los privilegios del pasado, hicieron que la república fuera el reflejo del “buen gobierno”, aunque tampoco estaba del todo claro cómo iba a ser esa república.

La mayoría de aquellos fundadores percibían el peligro de que una persona que aglutinara el poder, pudiera caer de nuevo en los vicios del viejo mundo. Esto hizo que la separación de poderes propuesto por Montesquieu unos poco años antes tomara cuerpo: el ideal democrático estaría a salvo mediante la república, y con ello, también se aseguraban de que la concentración del poder no degenerara en una tiranía.

Pero no todos estuvieron de acuerdo con ello. El debate tuvo su reflejo en el enfrentamiento entre los mencionados federalistas y los antifederalistas. Los antifederalistas fueron los partidarios de una unión mucho más laxa entre las antiguas colonias, con un Gobierno central débil que cumpliera con las funciones básicas y que no obstaculizara el día a día de los estados. Mientras tanto, los otros, los federalistas, utilizando el término de una manera muy inteligente, se hicieron pasar por aquellos que defendían una unión más fuerte pero que garantizara cierta autonomía a los estados. Se decantaron por un equilibrio entre la autonomía estatal y un poder central fuerte (algo contradictorio desde la perspectiva republicana europea del XVIII). Su pesquisa era la de crear una federación más robusta entre los estados mediante un gobierno central lo suficientemente fuerte como para que la unión no peligrara (política tributaria, relaciones internacionales, comercio, ejercito…). La nueva unión pues, alcanzaría la forma de una república federal, bajo la dirección de una única autoridad. El presidente, tendría poderes considerables, como el derecho a veto (que quiere imponer Trump), la de liderar el ejército o elegir a los funcionarios. Pero si el sistema político era lo suficientemente fuerte, no habría problema.

Como se sabe, el primer presidente elegido fue un veterano de la guerra de la independencia, George Washington. El propio Washington, que nunca vio de buen grado la formación de partidos políticos, dejó la presidencia después de la segunda legislatura, para que el poder no corrompiera al hombre. Seguramente debido al empeoramiento de su salud, pero lo cierto es que, mediante aquel gesto, respondió de manera republicana a las críticas que le identificaban con un pseudo-rey y dio comienzo a una tradición que ha llegado hasta la actualidad.

Como se decía al comienzo, parece que últimamente, en la Casa Blanca andan cortos de historiadores y que, por consiguiente, en la república más poderosa del mundo, el presidente no repara demasiado en el pasado. Trump sigue empeñado en que el presidente, por algo es el presidente. Tanto es así que, en su afán de llevar a cabo sus promesas electorales, ha sido capaz de poner de acuerdo a los demócratas y los republicanos: “senadores republicanos y demócratas contra la emergencia de Trump”, rezaba otro titular (El País, 05.03.2019). Y es que, si el congreso de mayoría demócrata rechaza la propuesta del presidente, parece que tampoco le irá mejor en el Senado: una docena de republicanos han anunciado su veto a la propuesta presidencialista de Trump para el 15 de este mes.

Según recoge el artículo mencionado, los republicanos tienen miedo a que los próximos presidentes puedan seguir la senda de Trump de concentrar cada vez mayor poder ejecutivo. El argumento del senador por Kentucky Rand Paul que recogía la prensa, era claro en este sentido: “Creo que [el presidente] está equivocado, (…) sino en su búsqueda de expandir los poderes presidenciales por encima de sus límites constitucionales”.

Quizás, tal y como me soltó un alumno en clase, las palabras del senador de Kentucky carecen de “credibilidad, que seguro que tiene algún lobby por detrás”. O puede que, más allá de la intransigencia presidencial, en los Estados Unidos de hoy en día, todavía quede algún resquicio del ideal republicano inicial, aquel que defendían los fundadores de hacer una “política democrática”. Veremos cómo termina la batalla entre la tiranía y la separación de los poderes.

Revisitando el pensamiento económico de Fernando Garrido

Cuando se reflexiona acerca de Fernando Garrido lo primero que se deja entrever es el papel fundamental que tuvo como teórico, en consonancia con su participación política real, del republicanismo federal en la España decimonónica. Sin embargo, cuando se habla de discursos nacionalizadores, de historiografía decimonónica, de construcción de identidades y de elementos que, en su generalidad, tienden a ser superestructurales, puede darse el caso de que olvidemos las bases que los asientan, el modelo legitimador que las sustentan.

Este demosocialista que participó en las insurrecciones populares (aunque no creyera en la revolución social), fue encarcelado y forzado al exilio en reiteradas ocasiones. Combatió en la teoría y en la práctica todas aquellas actitudes y prácticas que atentaban contra la democratización política de la sociedad española y que mantenían a la clase trabajadora en condiciones de depauperación alarmante. Garrido consolidó en su pensamiento unos posicionamientos teóricos económicos que, aunque en ocasiones contradictorios e idealistas, no por ello dejaban de ser un poso fundamental en toda su teoría política. Tanto es así, que sus obras de carácter histórico pertenecientes a la corriente historiográfica republicana contestataria, de la que sería partícipe activo a lo largo de su vida, no pueden comprenderse realmente si no se aborda su pensamiento económico.

Garrido se autocalificaba como socialista, y de hecho participó en los enconados debates que se produjeron a mediados de siglo con otros republicanos sobre el carácter que había de tener la democracia que se pretendía implantar en España. Tal fue el caso de la confrontación entre uno de los mayores representantes del republicanismo de carácter liberal, José María Orense, quien renunciaba a apostillar la “democracia” como “socialista”, al tiempo que Garrido defendía la idoneidad de tal unión.

“El carácter general, común a todas las doctrinas socialistas, es el de querer reformar y mejorar la sociedad, aplicando a todo el principio de asociación. Por esto fueron llamados socialistas o societarios, y no por querer aplicar sus sistemas reformistas a la sociedad, como muchas personas piensan, autoritariamente, los socialistas modernos” (Garrido, 1970c: 35).

Evidentemente, el problema no era formal sino claramente de fondo. El debate se tradujo en la confrontación entre la defensa a ultranza de la propiedad privada del sistema capitalista, primando el individuo a la sociedad, y la defensa de una propiedad privada cuya autonomía, aun dándose y defendiéndose, se ponía al servicio de las necesidades sociales.

Así, Garrido, como propagandista imbuido por la búsqueda de la cientificidad de su época, entendió la necesidad de escribir desde la Historia. Por tanto, escribiría Historia situándose como defensor de los trabajadores, y para ellos narraba su historia fundamental, su Historia de las clases trabajadoras, de 1870. Una obra fundamental puesto que permite acceder no solo a sus postulados políticos (que atraviesan la generalidad de su obra) sino, sobre todo, a su pensamiento económico. Así, cuando denunció las condiciones de vida de la clase trabajadora española, las pésimas jornadas laborales a las que se veían atados mujeres y niños, o cuando elevó críticas contra aquellos jornales irrisorios que percibían, no lo hizo como una forma de propaganda que adscribiera el movimiento obrero al republicano. Buscaba las raíces del problema económico en España, y percibía que, si la libertad se circunscribía únicamente al campo de la política, sería una libertad falaz al no quebrar las cadenas que ataban a la clase obrera a la miseria. Cadenas que debían comenzar a cuestionarse aplicando un principio básico y transversal (y teleológico) en la obra de Garrido: el principio de la asociación.

Por tanto, y en relación con la necesaria unión de libertad política y económica, Garrido afirmó que:

“La evolución económica que ha de emancipar a las clases trabajadoras del yugo del capital, coincidirá con la revolución política, por ser el únimo (sic) medio de que la democracia pueda consolidar sus principios de libertad y de igualdad, o impedir las reacciones, que devuelvan el poder a manos de las clases privilegiadas: porque nunca ha sido efectiva la emancipación política de una clase si no ha sido precedida, acompañada, o inmediatamente seguida de su emancipación económica” (1975: 132)

Aun así, defendía, por supuesto, el sistema económico liberal, capitalista, aunque pretendiera su radicalización democrática (en sentido político y económico). Esto le llevó a plantear asociaciones y luchas de carácter interclasista (lo cual estaba presente en la mayor parte del espectro republicano de su tiempo), por lo que pese a afirmar la existencia de clases diferentes, los propietarios y los trabajadores, no las situaba como antagónicas más que de forma coyuntural. La situación podría y habría de revertirse si las asociaciones renunciaban a sus intereses egoístas y se focalizaban en el bienestar de la sociedad española en su conjunto.

Si el problema principal no emanaba para Garrido de la contradicción capital-trabajo como argumentaría el marxismo, ni de la falta de distribución de la propiedad privada individualizada o la inexistencia de esta, como expondrían anarquistas y otros grupos “apolíticos”, ¿de dónde surgían las cadenas para las clases populares españolas? Garrido escribió:

“De aquí que el comercio fuera, y sea todavía para muchas naciones, un medio político de domino sobre otras, y que en todas lo sea del predominio del comerciante sobre el productor, del capitalista sobre el obrero. Acaso, y sin acaso, el secreto de la destrucción del pauperismo, de la emancipación de las clases trabajadoras, dependa, si no en exclusiva, fundamentalmente, de la subordinación de la función comercial a la productora, de la supresión, por el cambio directo de los frutos del trabajo entre los mismos productores, de las densas nubes de intermediarios, parásitos improductivos que, apoderándose momentáneamente de la riqueza producida imponen la ley al productor, interponiéndose entre él y los consumidores y no dejando a éstos otro arbitrio que comprarles los géneros que ellos no han creado, pero que compraron para revenderlos caros” (1970a: 130).

Por tanto, es posible aventurar que entre esos propietarios (una minoría) y la mayor parte de la sociedad, conformada por los trabajadores, para Garrido se encontraría el intermediario, el comerciante. Por tanto, Garrido entendía (al comparar la concepción de la producción con el de la distribución) que las problemáticas socioeconómicas esenciales provendrían de los intereses surgidos en el intercambio y no de la apropiación del trabajo social producida en la fase productiva. Por supuesto, esto no significa que negara que la burguesía industrial tenía un papel protagonista en el fomento de la desigualdad social. Garrido entendía que:

“Los explotadores, decimos, habian (sic) puesto en tales condiciones á los obreros que no podían moverse, que no tenían ni hogar, ni familia, ni libertad, solo tenían un derecho, el de trabajar, percibiendo por ello, primero el alimento, mas tarde un salario que no bastaba para comprar lo necesario á reparar las fuerzas” (1868: 953)

Por lo que terminaría por apuntar que:

“En una palabra, el empresario ha sustituido al señor feudal, y la existencia de este intermediario es el motivo de que las relaciones económicas sean antagonistas, la producción menguada y la miseria general” (Garrido, 1970b: 20)

Sin embargo, y pese a tal concepción de los propietarios industriales, y fruto de la interpretación que hacía del proceso distributivo, terminaba por caer en un discurso interclasista que terminaba por fundamentarlo en la necesidad de la asociación por clases y de clases para superar los escollos y problemas sociales mediante reformas políticas que combatieran la depauperación. Sin embargo, ¿de dónde vendría este análisis? De la causa primera. No se puede comprender tal posicionamiento respecto a la situación de fricción o alianza de clases sin comprender la concepción que tenía el propio Garrido de la propiedad privada. Concepción semejante a sus compañeros demosocialistas e, incluso, a los demoliberales. Así, para Garrido:

“La primera condición de la libertad es la propiedad. El hombre no es libre de hecho, sino proporcionalmente á los medios con que cuenta para satisfacer sus necesidades, y sabido es que la propiedad figura como el primero y mas eficaz de los medios que aseguran la independencia del hombre [sic]” (1868: 14).

Para concluir, es necesario terminar esta reflexión remarcando, pues, la necesidad de releer a autores republicanos como Fernando Garrido. Una relectura que aspire a comprobar si sus posicionamientos políticos y sociales, la instrumentalización nacionalizadora que se daba en su historiografía, entre otros elementos, obedecían a alguna dinámica concreta más allá de la meramente culturalista, superestructural. Puede afirmarse, visto lo visto, que quizás haya que retomar ciertos cabos que se han ido soltando (no siempre, por suerte) a la hora de establecer análisis lo más completos posibles. Cabos como el que se ha intentado amarrar aquí: el posicionamiento económico. Pues no ha de olvidarse que la economía define, a nuestro modo de ver, las actitudes y relaciones sociales más básicas, y, por tanto, han de tener repercusiones en todo el edificio social.

Adam Abbou

Bibliografía:

Garrido, F. (1868): Historia del reinado del último Borbón de España. Madrid: Salvador Manero.

Garrido, F. (1970a): Historia de las clases trabajadoras. 2. El siervo. Madrid: Zero, S.A.

Garrido, F. (1970b): Historia de las clases trabajadoras. 3. El proletario. Madrid: Zero, S.A.

Garrido, F. (1970c): Historia de las clases trabajadoras. 4. El trabajador asalariado. Madrid: Zero, S.A.

Garrido, F. (1975): La federación y el socialismo. Barcelona: Editorial Labor

Sociabilidad en Bilbao durante la Segunda República: republicanos y nacionalistas vascos

Sabin Arce (alumno UPV/EHU)

El objetivo de esta reflexión es el siguiente: analizar las redes y espacios de sociabilidad de los nacionalistas y los republicanos de Bilbao durante la II República, para resaltar sus diferencias y semejanzas. Además , mediante ejemplos concretos es posible conocer la evolución de la sociabilidad bilbaína. También se puede observar la importancia de la sociabilidad en la época floreciente de política y libertad que es la II República, y como este fenómeno ayudó a reconciliar a la sociedad con la política.

Durante la segunda mitad del siglo XIX, Bilbao se convirtió en una fuerte ciudad industrial con una burguesía muy poderosa y una importante masa obrera. En aquella nueva sociedad, nuevos estratos sociales quisieron tomar parte en la política; la democracia, a partir del sufragio de 1890, y la cada vez más cosmopolita Bilbao, fueron los paradigmas de esos cambios. Entre las sensibilidades políticas que tenían a su alrededor espacios de sociabilidad más dinámicos hemos escogido dos para llevar a cabo éste análisis: los republicanos y los nacionalistas vascos.

La apertura política que supuso la II República, afectó de manera crucial en el modo de entender la propia política. De hecho, la democratización de los espacios públicos que se podía entrever en la época anterior se completó en época Republicana. Eso trajo la explosión de nuevos y modernos partidos políticos y se dispararon las tasas de afiliación, aumentando significativamente la presencia pública de la política. El factor clave de este paso hacia delante de la sociabilidad política es la integración de nuevos sectores sociales.

A pesar de la dificultad de obtener un resultado concreto, merece la pena plantear unas preguntas antes de empezar, con objetivo de guiar las futuras reflexiones. Por tanto, ¿qué diferencias había entre la forma de entender la sociabilidad de republicanos y nacionalistas? ¿Ésas diferencias se basan en diferencias ideológicas? ¿En qué aspecto de la sociabilidad se centró cada una de las dos sensibilidades políticas?

Pero, antes de profundizar en estas cuestiones, cabría preguntarse, además: ¿qué es la sociabilidad? El concepto sociabilidad como categoría analítica histórica nace en el contexto de la historiografía francesa de la década de los 70, en torno a la Nueva Historia de la escuela de Annales. El término comenzó a ser utilizado por sociólogos a principios del siglo XX, pero podría considerarse a Maurice Agulhon como el primero en hacer un análisis histórico entorno a la sociabilidad. Es la capacidad de los seres humanos para relacionarse en colectivos estables, y se define como las formas, manifestaciones y espacios de la vida colectiva que se conforman con ese objetivo. Al ser un objeto de estudio tan heterogéneo, hay que tomarlo como un concepto que engloba a la antropología, a la sociología y a la historia.

 Casinos y batzokis

El eje de la sociabilidad de los republicanos ya desde la segunda mitad del siglo XIX lo componían ateneos, círculos y sobre todo los casinos. No es fácil definir estos espacios, pero en palabras de Rafael Villena y Ángel Luis López eran “asociaciones que sin dejar de lado la cultura, estaban dirigidas al juego y al ocio”, siempre relacionadas con ambientes republicanos.

El número de casinos en Bilbao en la II República era bastante significativo; cada una de las ramificaciones intentaba tener sus propios espacios de sociabilidad, aunque el Casino Republicano siempre tuvo preeminencia (en tanto en cuanto era el centro de la mayor vertiente republicana). A principios del siglo XIX eran espacios dedicados sobre todo al esparcimiento, donde los burgueses se reunían con fines ociosos, pero eso cambió en la segunda mitad del siglo, donde adquirieron un claro matiz político.  Para la II República, los casinos ya tenían un objetivo doble: por un lado, la política y por otro, el ocio; conferencias, escuelas nocturnas, fiestas en fechas señaladas, actuaciones nocturnas, exposiciones de arte, fiestas en honor a personajes ilustres… Todo esto llevaba a los miembros además de a abrazar las ideas de la doctrina republicana, a introducirse en la práctica política. Además, empezaron a crearse asociaciones satélites alrededor de los casinos; juventudes republicanas, asociaciones de socorros mutuos, grupos en favor de la emancipación de la mujer, órganos de prensa…

el-liberal-amaya-17-7-35

Aun así, las fuerzas republicanas no consiguieron dominar Bilbao debido a su tendencia a las escisiones y la buena salud de otros partidos (PNV y socialistas mayormente). De todos modos, las redes creadas por los republicanos se convirtieron en buenos lugares para las relaciones interpersonales. Estos espacios de sociabilidad además de educar en democracia y doctrina política republicana, también impregnaban la vida privada de los militantes, ayudando a, como dice Jon Penche: “vivir en republicano”.

Bilbao tuvo una importancia capital en la historia del Partido Nacionalista Vasco, ya que de pasó de ser su cuna a ser su feudo. El mayor espacio de sociabilidad del PNV eran los batzokis, y en cuanto Arana creó la ideología nacionalista vasca abrió el primero de estos centros de sociabilidad, porque tanto él como sus seguidores conocían la importancia de los locales de reunión y formación. Los batzokis desde el principio tuvieron un objetivo de transmisión ideológica y también la intención de educar a la militancia. La diferencia entre actividades adoctrinadoras y “neutrales” nunca estuvo del todo clara; el nacionalismo vasco lo impregnaba todo. Entender el PNV como una “comunidad” impedía dejar de lado la doctrina nacionalista. Allí se daban tanto conferencias y discursos como obras de teatro, clases de euskera, geografía o historia vasca, todas, como no, vistas desde la óptica nacionalista.

El objetivo de las conferencias y demás era el “adoctrinamiento” intelectual, es decir, la transmisión y asimilación de la ideología de Sabino Arana. Alrededor del Partido Nacionalista Vasco también surgieron varias entidades satélites como Mendigoxaleak (aficionados a la montaña), grupos de danza, grupos de teatro o Emakume Abertzale Batza entre otros (asociación de mujeres). El PNV tomaba todas las actividades sociales que se creaban a su alrededor como una oportunidad para hacer propaganda, en favor de esa idea de “comunidad” (juegos vascos, conferencias, campeonatos de pelota vasca o manifestaciones religiosas).

La estructura política especial de Euskal Herria, propició la evolución de los partidos políticos de forma diferente al del resto de zonas del estado español. La importante presencia del Partido Socialista, el Partido Nacionalista Vasco, carlistas o republicanos, proveía al pantone político una diversidad de la que carecían otras grandes ciudades. Todos estos partidos, claro, se valieron de la sociabilidad para expandir sus ideales en una zona con tanta competencia, dando lugar a todas las entidades satélites que se han mencionado. Unos con más acierto que otros, todos los partidos políticos trataron de impregnar tanto el mundo público como el privado de política, de su política, claro. Éstas técnicas de sociabilidad se integraron profundamente en la sociedad bilbaína, promoviendo la participación política.

¿Una sociabilidad ideológica?

Los principales espacios de sociabilidad de republicanos y nacionalistas vascos eran el casino y el batzoki, y alrededor de estos se organizaban el resto de actos y actividades. No parecen muy diferentes el uno del otro; ambos tienen objetivos parejos, entre otros, conseguir la educación de los militantes a través de conferencias y charlas, expandir su doctrina política, tomar la esfera pública y la privada, crear relaciones interpersonales en el contexto del partido, tomar parte en el ocio…

Aun así, hay algunas diferencias; los casinos, en tanto en cuanto son entidades más antiguas, tuvieron una evolución distinta, siendo en un principio centros de ocio y luego tomando un cariz marcadamente político. Además de eso, se puede considerar a los casinos como instituciones clasistas; si bien intentaron educar a la masa trabajadora (a pesar de las contradicciones de clase que los separaba), para muchos no siempre era fácil conectar con la órbita republicana debido entre otras cosas a las altas cuotas que exigía el partido a sus militantes.

Por otro lado, los batzokis tuvieron desde el principio objetivos múltiples; siendo el ocio, el idioma y la transmisión ideológico los principales. Aparte de eso, los espacios de sociabilidad de los nacionalistas vascos, si bien no eran interclasistas, se puede decir que eran más abierta, y que tenían más capacidad para atraer individuos de clases diferentes. Partiendo de este análisis, no parece descabellado decir que esa mayor amplitud de los nacionalistas vascos les hizo más efectivos y, al contrario, que las entidades más clasistas de los republicanos tenían más dificultades para atraer a la clase obrera que recién se estrenaba en la democracia y la política.

Pero, ¿están esas diferencias basadas en la ideología? Los principios ideológicos de los republicanos se pueden resumir en la combinación de liberalismo progresista y federalismo, con cierta tendencia directiva por parte de la clase burguesa. Mucho más trabajo exige en cambio definir la ideología del nacionalismo vasco. Se podría decir que es una ideología de centro-derecha “accidentalista” —en tanto en cuanto modula su discurso dependiendo del poder— que defiende los intereses burgueses. Además de la ya mencionada técnica de sociabilidad más efectiva, también el discurso ayudó a la hora de atraer miembros de la clase obrera. Dejando de lado la lucha de clases internacionalista, el discurso nacionalista afirma que los miembros de todas las clases tienen los mismos intereses; los intereses nacionales. Así, parece que, mediante un discurso interclasista, los nacionalistas fueron más efectivos que los republicanos, y esa diferencia se vio sobre todo en el entorno rural. De todas formas, todavía es pronto para sacar conclusiones demasiado generalistas.

¿Qué ha sido hoy de aquellos espacios de sociabilidad? Los republicanos desaparecieron en el exilio durante la dictadura de Franco, y con ellos sus espacios de sociabilidad. Aun así, en Bilbao, por ejemplo, la sociedad El Sitio sigue en funcionamiento como centro sociocultural, y a pesar de que solo es la sombra de lo que fue, ha quedado como testigo e icono en la ciudad. En cambio, los nacionalistas vascos se han mantenido fuertes en el espectro político vasco, pero sus centros de sociabilidad no son tan activos como lo fueron antaño. La mayoría de batzokis son más conocidos como restaurantes o bares que como centros de sociabilidad.

¿Qué ha sido entonces de la sociabilidad política? Nadie “vive en republicano”, y la “comunidad” nacionalista es cada vez más pequeña. ¿Por qué no se han mantenido y renovado esas redes de sociabilidad que funcionaron tan bien? ¿Por qué no son capaces los tentáculos de los partidos políticos de impregnar la vida pública y privada? Para responder a estas cuestiones es necesario una investigación más a fondo.

Fuente de la imagen: https://errepublikaplaza.wordpress.com/2014/03/05/el-casino-republicano-de-bilbao/

La lucha por la libertad en el siglo XIX

Hoy 31 de octubre nos hacemos eco de una entrevista a Adrian Shubert: “Nadie reclama la tradición de los muchos españoles que lucharon por la libertad en el siglo XIX”

Adrian_ShubertFragmento: “Hay que conocer los antecedentes históricos. También, desde otra perspectiva, es un siglo con muchos problemas, pero una centuria donde España cambia mucho y también tiene avances y logros, a pesar de todos los problemas, que son los que más quedan […] Pero no se comenta, no se discute…”

¿Abrimos la discusión?

Entrevista completa aquí: https://blogs.20minutos.es/xx-siglos/2018/10/31/adrian-shubert-en-el-siglo-xix-hubo-espanoles-que-lucharon-por-la-libertad-y-hoy-nadie-reclama-esa-tradicion/

Soziabilitatea Bilbon II. Errepublikan: Euskal Nazionalistak eta errepublikanoak (II)

Sociabilidad en Bilbao durante la Segunda República: Nacionalistas vascos y republicanos (II)

Sabin Arce

El texto que se presenta a continuación es el resumen del Trabajo de Fin de Grado de Historia, realizado en la Universidad del País Vasco (UPV/EHU). El objetivo del trabajo ha sido analizar las redes de sociabildad de los republicanos y los nacionalistas vascos en Bilbao durante la Segunda República, para poder llevar a cabo una primera comparación entre ellas. Ya que el trabajo se realizó en euskera, hemos querido respetar el idioma original. Si alguien estuviera interesad@ en que el tema fuera traducido al castellano, estaríamos encantados de realizar ese esfuerzo e incluso poneros en contacto con el autor del trabajo. Gracias.

 

Ondorioak

Euskal Herriaren estruktura politiko bereziak, alderdi politikoen bilakaera ahalbidetu zuen gainontzeko espainiar Estatuko zonaldeekin alderatuz. Alderdi Sozialista, Eusko Alderdi Jeltzalea, Karlistak edo errepublikarren presentziak, herrialde mailan aurkitzea zaila zen oparotasun politiko bat ekarri zuen Bilbora, non sentsibilitate politikoen Pantonea beste inon baino aberatsagoa zen. Noski, alderdi politiko guzti horiek soziabilitateaz lagundu ziren haien ideiak zabaltzeko hainbeste konpetentzia zegoen eremuan, eta horrela jaio ziren alderdien satelite bezala funtzionatzen zuten erakunde sozial hauek. Batzuk arrakasta gehiagorekin, beste batzuk gutxiagorekin, baina denak mundu publikoa bai pribatua politikaz zipriztintzen saiatu ziren, beren politikaz noski. Soziabilitate teknika hauek gizartean ederki barneratu ziren, bilbotarren artean politikan parte hartzea sustatuz.

Errepublikano eta euskal nazionalisten soziabilitate esparru nagusiak kasino eta batzokia ziren, eta hauen inguruan ematen ziren normalean gainontzeko eginkizun eta jarduerak. Bata bestearekin konparatuz ez dirudite hain desberdinak; biak zituzten helburu antzekoak, besteak beste, konferentzia eta hitzaldi bidez militanteen heziketa lortzea, haien doktrina politikoa zabaltzea, esfera publiko eta pribatua hartzea, alderdiaren testuinguruan erlazio interpertsonal berriak sortzea, aisialdian parte hartzea… Hala ere badira bien arteko desberdintasunak, kasinoak, entitate zaharragoak diren heinean, bilakaera desberdina izan zuten, hasieran aisialdia helburu bakar gisa zuten, geroago hori aldatu eta helburua politikoa izatera pasatuz. Horretaz gain, kasinoak nahiko instituzio klasistak zirela esan daiteke, langile-klasea hezten saiatu baziren ere, hauentzako oso zaila zen errepublikanoen orbitan sartzea, kide izateko beharrezko ziren kuotak zirela eta gehien bat. Beste aldetik, batzokiak hasieratik zuten helburu anizkuna; aisialdia, hezkuntza eta transmisio ideologikoa nagusiak izanik. Hortaz aparte, euskal nazionalisten soziabilitate esparruak, interklasistak inondik inora ez baziren ere, esan daiteke zabalagoak zirela, eta klase anitzetako pertsonak erakartzeko ahalmen gehiago zutela. Analisi honen barruan ez dirudi zentzugabekeria euskal nazionalisten soziabilitate irekiago horrek eraginkorra izaten lagundu ziola esatea, eta kontran, errepublikanoen erakunde klasistagoak demokraziara erantsi berri ziren estratu sozial baxuago horien atentzioa emateko zailtasunak izatea.

Baina desberdintasun horiek ideologian al daude oinarrituak? Errepublikanoen oinarri ideologikoak liberalismoan eta federalismoan koka daitezke, eta klase burgesaren interesen defentsan. Euskal nazionalistena askoz zailagoa da definitzeko, adar asko baititu, baina zentro-eskuindar “akzidentalista” —diskurtsoa momentuko boterearen arabera moldatzen duenaren zentzuan ulertua— bezala kontsidera daiteke (EAJrena gutxienez), betiere interes burgesen aldean. Jada aipatu den tekniken eraginkortasunaz gain, baita diskurtsoak klase subalternoetako kide gehiago erakarri zituen nazionalisten kasuan. Klase borroka internazionalista alde batera uzten, klase desberdinetako kideak interes berberak dituztela aldarrikatzen da, interes nazionalak hain zuzen ere. Horrela, nazionalistek diskurtso interklasista horren bidez eraginkorrak izatea lortu zuten, arrakasta desberdintasuna gehienbat landa eremuan ikusiz. Hala ere, ausartegia dirudi konklusio sendoegiak ateratzea.

Zer da gaur, baina, soziabilitate esparru haietaz? Errepublikanoak Francoren diktadura garaian exilioan desagertu ziren, eta haiekin soziabilitate zentroak. Hala ere, gaur egun El Sitio elkartea oraindik martxan dago zentro soziokultural gisa, eta izandakoaren itzala besterik ez bada ere, testigantza eta ikur gisa gelditu da Bilbon. Euskal nazionalistak aldiz gaur egunera arte indartsu mantendu dira espektro politiko euskaldunean, baina hauen soziabilitate esparruak ez dira jada antzina ziren bezain aktiboak. Batzoki gehienak jatetxe edo taberna gisa ezagutzen dira soziabilitate zentro moduan baino gaur egun. Zer izan da ba soziabilitate politikoaz? Inor ez da jada “errepublikarrean bizi”, eta “komunitate” nazionalista gero eta murritzagoa da. Hain ondo funtzionatu zuten soziabilitate sare horiek zergatik ez dira mantendu eta berritu? Alderdi politikoen tentakuluak zergatik ez dira bizitza publiko eta pribatua zipriztintzera heltzen? Galdera horiek erantzuten saiatzea beste lan bat egiteko emango luke ziurrenik.

Soziabilitatea Bilbon II. Errepublikan: Euskal Nazionalistak eta errepublikanoak (I)

Sociabilidad en Bilbao durante la Segunda República: Nacionalistas vascos y republicanos (I)

Sabin Arce

El texto que se presenta a continuación es el resumen del Trabajo de Fin de Grado de Historia, realizado en la Universidad del País Vasco (UPV/EHU). El objetivo del trabajo ha sido analizar las redes de sociabildad de los republicanos y los nacionalistas vascos en Bilbao durante la Segunda República, para poder llevar a cabo una primera comparación entre ellas. Ya que el trabajo se realizó en euskera, hemos querido respetar el idioma original. Si alguien estuviera interesad@ en que el tema fuera traducido al castellano, estaríamos encantados de realizar ese esfuerzo e incluso poneros en contacto con el autor del trabajo. Gracias.

Sarrera

Jarraian aurkezten den idatzi hau, Historiako Gradu Amaierako Lanaren laburpena da. Lanaren helburua zera da, Bilboko II. Errepublikako errepublikano eta nazionalisten soziabilitate esparru eta sareak aztertzea, hauen arteko desberdintasun eta antzekotasunak nabarmentzeko. Horretaz gain, adibide zehatzak ikertuz soziabilitate bilbotarraren bilakaeraren berri izateko aukera dago. Baita, politika eta askatasunaren loraldi garaia den II. Errepublikaren soziabilitatearen garrantzia ikus dezakegu, eta fenomeno honek nola gizartea berriro politikan parte hartzen lagundu zuen ikus daiteke.

Bilbok bilakaera nabarmena eduki zuen XIX. mendeko bigarren erdialdean, non hiri industrial indartsu bat bihurtu zen, burgesia oso ahaldun eta langileria masa garrantzitsuarekin. Gizarte masiboago eta heziago hartan estratu sozial gehiagok hartu nahi zuten parte demokrazian, eta Bilbo bezalako hiri gero eta kosmopolitago hura horren paradigma zen. Haien inguruan soziabilitate esparru dinamikoenak zituzten sentsibilitate politiko Bilbotarren artean bi aukeratu ditugu azterketa egiteko; errepublikarrak eta nazionalistak.

II Errepublika garaiak suposatu zuen zabaltze politikoak, noski, politika ulertzeko moduan ere eragin handia izan zuen. Izan ere, aurreko garaietan jada ikus zitekeen espazio publikoen demokratizazioa Errepublika garaian burutu zen. Horrek, alderdi politiko berri eta modernoen eztanda eragin zuen, afiliazio tasek gora egin zuten, politikaren presentzia publikoa nabari igoz. Soziabilitate politikoaren aurrerapauso berri honen ezaugarri bereizgarriena sektore berrien barneraketa izango litzateke.

Azkenean agian erantzun argi bat lortzea zaila izango bada ere, hasi aurretik galdera batzuk planteatzea merezi du, gogoetak bideratzeko lagungarria izan daitekeelako. Hortaz, ze desberdintasun zegoen errepublikanoen eta nazionalisten artean soziabilitatea ulertzeko orduan? Desberdintasun horiek desberdintasun ideologikoan dute oinarria? Soziabilitatearen ze aspektuan jarri zuten atentzio gehiena bakoitzak?

Soziabilitatea

Baina sakondu aurretik, zer da soziabilitatea? Soziabilitate kontzeptua kategoria analitiko historiko bezala historiografia frantsesaren testuinguruan agertu zen lehen aldiz 70eko hamarkadan, Annales eskolaren Historia Berriaren inguruan. Kontzeptua soziologian erabiltzen hasi zen XX. mendeko lehen hamarkadetan, baina  Maurice Agulhon kontsidera daiteke soziabilitatearen analisi historikoa egin zuen lehena. Gizakien kolektibo egonkorretan erlazionatzeko gaitasuna da, eta helburu horrekin egituratzen diren bizitza kolektiboaren forma, barruti eta manifestazio bezala definitzen da . Ikerketa objektu hain heterogeneoa izanda, antropologia, soziologia eta historia hartzen dituen kontzeptu bezala ikusi beharra dago.

Errepublikanoak

Errepublikarren soziabilitatearen ardatza jada XIX. mendearen bigarren erdialdetik ateneo, zirkulo edo gehienbat kasino deiturikoak ziren. Hauek definitzea ez da erreza, baina Rafael Villena eta Angel Luis Lopezen hitzetan “kultura alde batera utzi gabe, jolas edo aisialdira bideratutako elkarteak” ziren, betiere errepublikar eta hauen giroarekin erlazionatuak. Errepublika garairako kasino kantitatea Bilbon nahiko esanguratsua zen; Errepublikanoen adar bakoitza bere soziabilitate esparru propioak izaten saiatzen zen, betiere Casino Republicano denen artean lehentasuna izanik (adar nagusien zentroa zen heinean). XIX. mendearen hasieran gehienbat aisialdirako intentzioa zuten zentroak ziren, non burgesak solasean ibiltzen ziren, baina hori aldatuz joan zen, izaera politiko argia XIX. mendearen amaieran hartuz.

II. Errepublikarako, jada kasinoek eginkizun bikoitza zuten: alde batetik aisialdia eta bestetik eginkizun politikoa. Konferentziak, gau-eskolak, data garrantzitsuen omenez egindako jaiak, gau-emanaldiak, arte erakusketak, pertsonaia garrantzitsuen omenez egindako festak… Honek guztiak errepublikanismoaren ideiak besarkatzeaz gain, kideak praktika politikoan barneratzea ekarri zuen. Horretaz gain erakunde sateliteak sortzen joan ziren hauen inguruan; gaztedi errepublikarrak, “Socorros Mutuos” elkarteak, emakumeen emantzipazioaren aldeko taldeak… Hala ere, indar errepublikarrek ez zuten lortu Bilbon lehentasuna, hauen zatitzeko tendentzia eta beste alderdi garrantzitsuen osasunagatik (EAJ eta Sozialistak gehienbat). Hala ere, errepublikarrek sortutako sareek erlazio interpertsonalak sortzeko leku egokiak bilakatu ziren. Soziabilitate gune hauek militanteak demokrazian eta doktrina errepublikarrean hezitzeaz gain, baita bizitza pribatuarekin erlazionatutako jarduerak burutzen zituzten, Jon Penchen hitzetan “errepublikar erara bizitzea” lagunduz.

Euskal nazionalistak

Bilbok garrantzi handia izan zuen Eusko Alderdi Jeltzalearen (EAJ-PNV) historian, honen sehaska izatetik feudo bihurtzera. EAJren soziabilitate esparru nagusia batzokiak ziren, eta ideologia nazionalista euskalduna jaio bezain pronto Aranak lehenengo soziabilitate elkartea zabaldu zuen, bai berak eta bai bere lehen jarraitzaileek bilketa eta formazio lokalen garrantziaz bazekitelako. Batzokiek hasieratik izan zuten transmisio ideologikoaren helburu argia, eta baita horrekin batera militantziaren heziketaren beharraren kontzientzia. Jarduera doktrinatzaileen eta “neutralen” arteko desberdintasuna ez zen inoiz argia izan; euskal nazionalismoak dena zipriztintzen zuen.

EAJ “komunitate” gisa ulertzeak doktrina nazionalista alde batera uztea eragozten zuen. Bertan konferentzia, antzezlan, hitzaldi, Euskera, geografia eta Euskal historiako eskolak ematen ziren, denak, noski, optika nazionalistatik ikusiak. Konferentzia eta antzekoen helburua doktrinamendu intelektuala zen, hau da, Sabino Aranaren ideologiaren transmisio eta asimilazioa. Eusko Alderdi Jeltzalearen inguruan ere erakunde satelite ugari sortzen joan ziren, besteak beste Mendigoxaleak, dantza taldeak, antzerki taldeak, Emakume Abertzale Batza… EAJk inguruan sortutako jarduera sozial guztiak (jolas euskaldunak, konferentziak, esku-pilota txapelketak edo agerpen erlijiosoak) propaganda egiteko aukera bezala hartzen zituen alderdi jeltzaleak, “komunitate” ideiaren alde eginez.