La República, el pueblo, sus cantares y algunos de sus cantores

“El pueblo, se ha dicho, es el mejor de los poetas, el más sublime de los cantores”. Así comenzaba Antonio García Vao uno de sus primeros artículos para Las Dominicales del Libre Pensamiento. Se titulaba “Los cantores del pueblo” y fue publicado en el número 25 del periódico que dirigían Fernando Lozano (“Demófilo”) y Ramón Chíes, correspondiente al 22 de julio de 1883. Era una de sus primeras colaboraciones en el semanario republicano, en el que ya habían aparecido algunas de las composiciones que dieron forma a su libro Ecos de un pensamiento libre (1885).

García Vao tenía poco más de veinte años cuando publicó este artículo. Sólo vivió tres más. A fines de 1886, como explicó Isidro Sánchez, “fue asesinado por un albañil a quien alguien había pagado, el mismo día en que publicaba un artículo contra las órdenes religiosas”. No fue, por cierto, el único periodista republicano asesinado en esos años. Así murió tres meses antes el progresista conquense Julián Albaráñez en las inmediaciones de su pueblo, Albaladejo del Cuende. También el ex diputado federal Emigdio Santamaría falleció en circunstancias similares en Vallecas, a mediados de 1882.

A pesar de su juventud, la firma de García Vao ya había adquirido una considerable reputación en la prensa madrileña como colaborador de El GloboLa Ilustración Española y Americana y otras cabeceras de relieve. Su labor intelectual era intensa y prometedora. Lo demuestra su actividad en 1885, cuando al margen de sus publicaciones periodísticas, dio a la imprenta un poemario, un tratado de filosofía grecorromana y otro de filosofía de la historia. Buena parte de su obra impresa (El monaguillo, La encubridora, Amor que mata la fe…) salió a la luz de manera póstuma.

García Vao era manchego, de Manzanares. También Demófilo, redactor de Las Dominicales —y, sin duda, una de las referencias fundamentales para comprender la cultura republicana y la movilización anticlerical en la Restauración—, procedía de la provincia de Ciudad Real. Es significativo que Lozano usara como seudónimo en los periódicos su nombre simbólico de la masonería: “amante del pueblo”. Como él, García Vao era masón y se reconocía librepensador y amante del pueblo. De ello trata su artículo “Los cantores del pueblo”. De hecho, toda su obra trata de ello.

Antonio Rodríguez García Vao

“Los pueblos artistas difícilmente serán esclavos”, era la conclusión del artículo. Es difícil no encontrar “el pueblo”, idealizado como una entidad por naturaleza libre y buena, en el centro de las reflexiones republicanas. Enfrentado a la oligarquía explotadora o al clero corruptor, se identificaba, conforme a este esquema, con la virtud, siempre amenazada por el influjo de la esclavitud y la superstición; tendente, siempre, a la libertad y al progreso. De ahí el interés que muchos intelectuales demócratas mostraron hacia las diferentes expresiones de la cultura popular, en las que buscaban un reflejo necesariamente sencillo de esa virtud natural y espontánea del buen pueblo.

La tradición popular no podía ser en su origen un registro de valores de sumisión, de fanatismo o superstición, ni un lastre reaccionario en la vocación popular hacia la libertad: “es muy de notar que lo que menos ha inspirado al pueblo español ha sido la religión, a pesar de habérsele tenido por católico ferviente. Es más; muchos de sus cantares lo que muestran e indican es poco respeto a la religión”. Por eso García Vao, al hablar de sus cantares, los caracterizaba, basándose en una coplilla sobre el Cid, como “la representación más genuina de nuestro carácter independiente y republicano”.

Más allá de las aristas interpretativas que conlleva este análisis republicano acerca de lo popular, lo verdaderamente relevante es comprobar cómo se extendió una sensibilidad preocupada por registrar las expresiones de lo que comenzaba a definirse como “folk-lore” desde una perspectiva progresista. Un propósito que, a la vez, implicaba reconocer la dignidad del género en sus diversas manifestaciones, y su reivindicación. A ello dedicó gran parte de su vida otro Demófilo, Antonio Machado Álvarez, uno de los principales impulsores de los estudios folcloristas en la España de fin de siglo.

A este “Amante del pueblo”, miembro de una saga de intelectuales vinculados con el liberalismo radical en el Sexenio y con el institucionismo en la Restauración, le dedicó algunas páginas Ian Gibson en su biografía sobre su hijo Antonio (Ligero de equipaje, 2007). Seguramente merece algunas más. Estirando del mismo hilo podría, por ejemplo, llegarse a otro interesante intelectual republicano, volcado en el estudio del folclore de su comarca y convencido de que en la esencia de lo popular podían también encontrarse claves para la convivencia democrática. Hablo de Luis Ríus Zunón.

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Luis Ríus Zunón (1901-1974)

No me voy a detener mucho en él. Nació en Tarancón (Cuenca) en 1901. Su carrera política le llevó, durante la Segunda República, al gobierno civil de diversas provincias. De la suya, entre otras. La guerra le obligó a exiliarse y murió en México en 1974. En la actualidad, su figura y su obra ha sido rescatada desde la perspectiva de los estudios literarios gracias a los esfuerzos de César Sánchez Ortiz, Pedro Cerrillo y María Olmedilla. De los barrios pobres de Tarancón, al exilio, Ríus se llevó la música. Allí la conservó. Y de allí, de vuelta, se la trajo Javi Collado, la voz de “Zas-Candil!“. A su manera, otro “Demófilo”. El documental, “Memorias transatlánticas“, incluido en su segundo disco (En el camino, 2018), explica con detalle esta peripecia.

La música y la poesía, en el caso de Ríus, fueron un remedio contra el desarraigo y sus heridas; un puente cultural entre su pueblo y el destierro. De paso, conservó y desarrolló una tradición que, al otro lado del Atlántico, seguía su propio camino. De ese buen pueblo de la tradición progresista, de la virtud que los republicanos identificaron en sus esencias, de su vocación independiente y libre, de su dignidad, habla el pasodoble “Al baile“: “Al de los ricos no voy / voy al baile de los pobres / que los ricos bailan sólo / lanceros y rigodones / Yo no se hacer reverencias / propias de la gente noble / porque me brinca la sangre / en cuanto oigo dos acordes”.

14 de abril. La República (serie)

¿Puede ser una serie televisiva una propuesta de memoria cultural de la República? El reciente número 4 de la revista “Passés Futurs“, dedicado a “Histoire maîtrisée, histoire méprisée” dedica una disertación a la serie televisiva “14 de Abril. La República”, por la profesora Teresa Pinheiro de la Chemnitz University of Technology – Institut des Études européennes.

serie_14deAbril

“14 de abril. La República es una serie de ficción histórica dividida en dos temporadas […] La segunda temporada, que estaba prevista para 2012, pero hasta hoy no ha sido retransmitida. […] La serie fue dirigida por Jordi Frades, el guion es de Virginia Yagüe, conocida ya por los guiones de series de ficción histórica como Amar en tiempos revueltos (RTVE1 2005-2012) y La señora (RTVE1 2008-2010, dirigida también por Jordi Frades), de la cual 14 de abril […] El catedrático de Historia de la Universidad Carlos III de Madrid, Ángel Bahamonde, fue el asesor de la serie”. “14 de abril. La República entra en los hogares españoles en un contexto clave de transferencia de memoria” buscando un espacio para “transmitir una memoria positiva de la Segunda República”

El artículo de Teresa Pinheiro desarrolla toda una reflexión alrededor del concepto de memoria comunicativa como un concepto heterogéneo, de multiplicación de “tantas memorias comunicativas de un acontecimiento como testigos”. La serie 14 de abril. La República: una propuesta de memoria cultural plantea temas como la construcción de la identidad colectiva común, el papel de los medios de comunicación de masas y como estas propuestas son absorbidas por la población.

Tenéis el enlace al artículo completo en: https://www.politika.io/fr/notice/serie-14-abril-republica