Mujeres en el exilio republicano 1939

Recientemente han anunciado la Primera Circular del Congreso Mujeres en el exilio republicano de 1939 que organiza la Comisión Interministerial para la Conmemoración del 80º Aniversario del Exilio republicano. Por si fuera de interés nos hacemos eco de la convocatoria de comunicaciones.mujeres_exilio

En 2019 se cumplen ochenta años del éxodo de la España vencida, inicialmente hacia la frontera francesa, y muy pronto hacia destinos europeos y americanos. Además de los soldados del ejército republicano y las instituciones, salió un enorme contingente dMujeree población civil poco visibilizado entre el que se hallaban muchas mujeres. Algunas habían tenido cargos públicos o habían desempeñado una profesión, como sanitarias, maestras, políticas, periodistas, escritoras o científicas. Sin embargo, la inmensa mayoría estaba integrada por mujeres sencillas, sin notoriedad pública, ocupadas en tareas de la vida cotidiana. Todas ellas vieron amenazadas sus vidas y forzadas a salir de sus hogares y localidades hacia rumbos inciertos. Este Congreso propone prestar una atención específica al colectivo femenino de perfiles diversos, desde la élite de mujeres dirigentes y profesionales a aquellas desconocidas y silenciadas. Asimismo, interesa conocer los lugares y espacios destinados a las republicanas, como los campos de concentración, las maternidades especiales o los albergues, donde compartieron tiempo y penurias con una infancia también abocada al destierro.

En el congreso se abordará el exilio desde una perspectiva de género e incidir en aquellos perfiles hasta ahora menos estudiados haciendo especial hincapié en la peripecia vital de las mujeres del pueblo, pero subrayando también la presencia femenina en diversos ámbitos profesionales y sociales del exilio. Estructurando el congreso en seis grandes ejes:

  1. El exilio de la población civil: mujeres del pueblo.
  2. Políticas, militantes, diplomáticas
  3. Ensayistas, filósofas, periodistas
  4. Escritoras, artistas
  5. Refugiadas: albergues, maternidades y campos de concentración
  6. Republicanas en la II guerra mundial: partisanas, resistentes y lucha antifascista

Las propuestas (250 palabras y 5 palabra clave máximo) deben enviarse al correo del Congreso:Exiliadas@geo.uned.es antes del 28 de mayo de 2019.

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Revista sobre Blasco Ibáñez y artículo de las Mujeres blasquistas

El pasado 21 enero fué la presentación de la reciente aparición del número 1 de “Prometeo. Revista de la Casa Museo Blasco Ibáñez”, de periodicidad anual, editada por el Ayuntamiento de Valencia y codirigida por Paco Fuster y Emilio Sales. Para más información: http://casamuseoblascoibanez.com

Felicitamos tal iniciativa que abre una nueva fuente y seguro buenas investigaciones entorno del republicanismo valenciano y la vida y obra literaria de Vicente Blasco Ibáñez. Nos hacemos eco de este inicio para compartir el índice del primer número de esta nueva publicación: https://dialnet.unirioja.es/ejemplar/507463

Destacamos en este primer número de la revista el artículo: BLANES ANDRÉS, Roberto; LÓPEZ, Amparo; LÓPEZ, Ángel; SANCHIS, Vicente (2018) <<“Mujeres blasquistas: “el grupo republicano María Blasco, de Burjassot”>>. En:  Prometeo: revista de la Casa-Museo Blasco Ibáñez, ISSN 2659-2851, Nº. 1, 2018, págs. 187-205

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Dicho artículo recoje la intervención de los cuatro autores dentro del “Cicle de Conferències a la Casa Museu Basco Ibáñez 2018” del pasado 14 de junio, en el que se hizo la intervención “Blasquismo y feminismo: El Grupo María Blasco de Burjassot”. En dicha conferencia versó sobre la agrupació femenina republicana como ejemplo de la importancia del blasquismo en las reivindicaciones femeninas.

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El universo penitenciario femenino de la dictadura franquista: ser roja y mujer

Durante, y especialmente después del final de la guerra civil española, miles de mujeres republicanas fueron encarceladas y sometidas a vejaciones de todo tipo por múltiples razones: haber quebrantado los límites de la feminidad tradicional a lo largo del periodo republicano; hacer oír sus derechos y libertades y su emancipación en un mundo fundamentalmente patriarcal; haberse manifestado públicamente a favor de las izquierdas; o haber luchado junto a los hombres en las calles y frentes de todo el territorio como milicianas. En virtud de ello, sufrieron una severa doble represión: por un lado, ideológica, al ser consideradas “rojas” o, en su defecto, familiar directo de quienes habían defendido los principios y valores republicanos; por otro, de género, por el simple hecho de ser mujeres. Muchas de esas féminas, diseñaron mecanismos de supervivencia e incluso, las más politizadas, continuaron con su labor en el interior de las cárceles creando marcos de solidaridad y apoyo entre las presas. Pese a todo, aquel régimen que consideró a estas mujeres traidoras de la patria a las que había que recristianizar y educar en la moral católica no consiguió doblegarlas.

Sirvan estas premisas para introducir una síntesis sobre uno de los estudios más recientes al respecto. Una obra editada por la Catedrática de Historia Contemporánea de la UNED, Ángeles Egido León, titulada: Cárceles de mujeres. La prisión femenina en la posguerra1.

La evaluación de la violencia política ejercida sobre las mujeres durante la guerra y la inmediata posguerra ha sido una de las cuestiones más obviadas en los estudios generales de la represión franquista. La invisibilidad femenina que en tantas ocasiones ha denunciado la historiografía de género al respecto permaneció casi inalterable hasta finales de los años noventa del siglo XX. Desde entonces han proliferado las publicaciones sobre la naturaleza, la tipificación y la cuantificación de dicha violencia. También ha contribuido la investigación a pequeña escala, a través de la cual ha sido posible esclarecer las connotaciones propias de la experiencia vital y carcelaria de las mujeres represaliadas en distintos espacios y, por consiguiente, obtener resultados de mayor beneplácito historiográfico.

En este ambiente de despegue se encuadra la obra a la que nos referimos. Se trata de una edición revisada y ampliada del doble número monográfico de la revista Studia Histórica. Historia Contemporánea publicado en 2011. Divulgativa y accesible al gran público, Cárceles de mujeres. La prisión femenina en la posguerra recopila un total de catorce estudios realizados por especialistas en la materia con un mismo objetivo: reconstruir la vida de las mujeres y las de sus hijos menores de tres años en el interior de las cárceles franquistas.

En gran medida, la experiencia carcelaria de las presas del franquismo se ha conocido gracias a los testimonios y memorias de las propias reclusas, siendo ello buena muestra del discurso de resistencia antifranquista. Fueron, pues, el principal y casi único soporte a partir del cual explicar la persecución sistemática que sufrieron y la horrible vida a la que se vieron sometidas. En este sentido, el libro va más allá y en su rigurosa metodología emplea, además, fuentes orales y documentación de archivo, sobre todo expedientes carcelarios y judiciales. Todo ello, unido al uso contrastado de la abundante bibliografía referente al tema, convierten a este estudio en una referencia obligatoria. El análisis minucioso y la mirada crítica de estas fuentes aporta nuevas claves explicativas tanto en lo que se refiere al discurso represivo como a las singularidades específicas de esa represión diferenciada por cuestión de género que el régimen les reservó.

El libro traza un recorrido por conocidas prisiones femeninas de la geografía española del que se puede extraer, además de los puntos en común de hacinamiento, insalubridad y hambre, los hechos diferenciadores y las singularidades propias de cada una de ellas. Los perfiles de las procesadas, la tipología de los delitos que se les atribuyeron, el dramático caso de los niños, la presencia de la Iglesia, la vida cotidiana o la formación política y cultural, son otros de los asuntos que se analizan para cumplir con el objetivo principal. Paralelamente, a lo largo de la obra el lector también podrá conocer cómo evolucionó la industria penitenciaria franquista y la trasformación de las circunstancias carcelarias de las anteriores y las posteriores. De igual modo, y aún más llamativo si cabe, cómo se fue forjando la cultura carcelaria de unas presas que fueron capaces de construir, en medio de una adversa coyuntura, todo un mecanismo de resistencia, supervivencia y solidaridad.

En el primero de los artículos, a modo de presentación, Ángeles Egido examina la condición femenina como fundamento del sistema represor, resaltando que la femenina fue una represión diferenciada. A continuación, Ricard Vinyes estudia los cambios producidos en el sistema penitenciario femenino y el perfil de las encarceladas políticas. El examen de las prisiones valencianas, en especial la del Convento de Santa Clara, corre a cargo de Ana Aguado y Vicenta Verdugo, mientras que el de las gallegas viene dado por María Victoria Martins Rodríguez. Por su parte, las precursoras en los estudios de represión de género, Encarnación Barranquero y Matilde Eiroa, realizan un balance de las “marxistas peligrosas” que estuvieron en la cárcel provincial de Málaga. Seguidamente, Iván Heredia Urzáiz se sumerge en la prisión de Torrero, Zaragoza, con una concisa síntesis sobre la geografía de las mujeres encerradas, las vicisitudes que sufrieron en su interior y el drama de sus hijos. El tema de los niños también es tratado, con especial interés, por Rosa María Aragüés quien centra su mirada en los niños de la cárcel de Predicadores y resalta un tema tan espinoso como la adopción ilegal.

En el octavo de los estudios, Fernando Fernández Holgado realiza un exhaustivo seguimiento de las dos prisiones militantes más representativas de la posguerra, Ventas y Les Corts. El castigo y la redención de las mujeres encarceladas en las Baleares es tarea de David Ginard i Ferón quien, además, analiza la figura de Matilde Landa, reconocida dentro de la prisión por su insaciable lucha contra el nuevo régimen. Miren Arantza Ugarte aborda las vivencias de las mujeres destinadas a la prisión de Saturrarán, mientras que Santiago Vega y Juan Carlos García se introducen en la prisión central de mujeres de Segovia, conocida por sus duras condenas y la labor testimonial que ya en la década de 1980 efectuó Tomasa Cuevas, presa de esta. El recorrido por los centros penitenciarios femeninos españoles se cierra con un estudio de caso relativo a las cárceles de Tarragona, de la mano de Montserrat Duch. Finalmente, la obra concluye con dos investigaciones que aluden a las prisiones portuguesas e italianas de mujeres en el contexto de las dictaduras de Salazar y de Mussolini, respectivamente.

En suma, Historia y Memoria se funden en una obra que responde a la solidez metodológica y documental y la sensatez analítica propias de cualquier investigador. Pone sobre la mesa aspectos menos conocidos o que han pasado desapercibidos dentro del mundo académico hasta la fecha, permitiendo así profundizar en el conocimiento del fenómeno carcelario femenino. Constituye, por tanto, un trabajo excepcional y necesario en la medida que contribuye a visibilizar, difundir y ampliar las particularidades represivas que se obraron sobre aquellas mujeres que, por su doble condición de “roja” y “mujer”, fueron castigadas.

Sergio Nieves Chaves

Fotografia: Presas de la cárcel de Segovia, 1948. Ricard Vinyes “Presas Políticas”, RBA, 2005

1 Ángeles EGIDO LEÓN (ed.), Cárceles de mujeres. La prisión femenina en la posguerra. Alcorcón: Sanz y Torres, 2017, 439 pp. ISBN: 9788416466443

La mujer en la obra de Pablo Correa y Zafrilla: adelanto de un libro

Portada Correa y Zafrilla

En pocas semanas la editorial Almud sacará a la luz una biografía del publicista federal Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888), un nombre prácticamente desconocido fuera del estrecho ámbito de los historiadores del movimiento republicano, aunque su aportación al desarrollo de la cultura democrática en la España contemporánea fue, en algunos aspectos, crucial. Correa fue el primer traductor al castellano de El Capital y autor de una ingente masa de artículos repartidos en las columnas de todos los periódicos del Partido Republicano Federal en el último cuarto del siglo XIX. Solo un libro, inacabado y publicado tras su muerte, condensó su pensamiento, deudor en gran medida del de su mentor, Francisco Pi y Margall, aunque sus conclusiones eran considerablemente más avanzadas en determinadas materias. Era el caso de su respuesta frente a la cuestión social o al papel social y político de la mujer. Precisamente sobre esta temática tratan las líneas que siguen, tomadas de uno de los últimos capítulos del libro. Sirven, por ello, de adelanto de esta inminente publicación.

La mujer en la obra de Pablo Correa y Zafrilla:

En las culturas republicanas de fin de siglo, el papel reservado a la mujer tuvo una articulación considerablemente paradójica. De un lado, las agrupaciones democráticas dieron cobijo a las primeras feministas laicas, procurándoles, como señala María Pilar Salomón, “la oportunidad de que sus presupuestos sobre la importancia de la educación para la emancipación femenina llegaran a un público más amplio” (2005: 111). De otro, las imágenes más generalizadas sobre el papel social y político de la mujer en los discursos republicanos distaron de representar un verdadero ideal emancipador. Por el contrario, tendieron a construir un estereotipo sobre la feminidad que, en esencia, se apartaba poco del modelo hegemónico de subordinación de la mujer al hombre y de reclusión de su función social al espacio doméstico.

Más allá de esta coincidencia en el “canon de la domesticidad”, sí pueden encontrarse variantes reseñables entre el discurso sobre la mujer elaborado por las diferentes sensibilidades republicanas y el que desde los sectores más conservadores se defendía. De hecho, es también posible hallar voces, dentro del movimiento democrático, que rompían con los esquemas hegemónicos de sus propios correligionarios para avanzar hacia un horizonte de liberación política y social más ambicioso. Por supuesto, era el caso de las mujeres que, ya desde las décadas centrales del siglo, se adscribieron a las posiciones republicanas (Espigado Tocino: 2005; Penche: 2009-2010). Desde ese espacio contribuyeron a abrir camino hacia la igualdad en la esfera pública y, también, en el la privada. A ello ayudaron también los militantes que asumieron el reto de la emancipación de la mujer como un objetivo central del republicanismo.

Uno de ellos fue Pablo Correa. En un momento en el que el feminismo pre-sufragista se desarrollaba en torno al eje del librepensamiento, Correa ya defendía abiertamente la emancipación de la mujer en la familia así como el sufragio femenino. La suya no era una voz aislada, pero tampoco representaba el sentir mayoritario de su partido. Esto no significa que su pensamiento estuviera totalmente libre de estereotipos de género, como los que identificaban al hombre con capacidades como la fuerza y la inteligencia, y a la mujer con la intuición y el sentimiento. Esta retórica del “sexo fuerte” y el “bello sexo”, extendida a todas las culturas políticas del momento, incluidas las de signo progresista (Mira Abad, 2005: 86-87 y 91) aparecía en diferentes pasajes de Democracia, federación y socialismo. Con ellas, Pablo Correa y Zafrilla defendía una idea de complementariedad entre sexos, más que de verdadera igualdad:

“El varón es robusto y fuerte; la mujer, delicada y bella; el primero es, ante todo, pensador, activo y reflexivo […]; mientras que la segunda siente principalmente y sus ideas llevan indeleble el sello de la espontaneidad y del sentimiento; el uno tiende con preferencia a lo general, libre, expansivo; la otra busca sus goces y hace brillar su genio en la intimidad del alma y del corazón; aquel raciocina, discurre; ésta ve y adivina. El varón tiene corazón, pero su gran facultad es, sin duda alguna, la inteligencia; la mujer no carece de inteligencia, pero su órgano especial es el corazón […] ¿Es inferior la mujer? Tanto valdría preguntar, si de los colores de la luz son los unos inferiores a los otros. Son iguales el varón y la mujer, y sus propiedades se ajustan y convienen entre sí con admirable exactitud, tanto que, suprimido el uno, aparece menoscabado el hombre, que no es ni pudo ser jamás, sino la unidad, el conjunto, la síntesis de los dos” (1886: 22).

En este punto concreto, Correa retomaba los argumentos que Pi y Margall había expuesto a fines de 1868 en su conferencia sobre la misión de la mujer en la sociedad. “En el hombre ―afirmaba― hay tres grupos de facultades, o por mejor decir, tres fuerzas: la inteligencia, la actividad y el sentimiento” (1868: 6). Dichas fuerzas estaban presentes en todos los individuos, aunque se manifestaban en distinto grado conforme a las configuraciones naturales peculiares a cada sexo: “la principal misión de la mujer está en fortalecer el sentimiento, en alimentarle, en darle fuerza, en hacerle la base de la actividad y de la inteligencia” (1868: 8). Pi y Margall se refería, concretamente, a la actividad y la inteligencia del hombre, a quien la mujer, “todo amor, todo sentimiento”, debía consolar en sus esfuerzos, contrariedades y desengaños cotidianos.

No debe extrañar, por tanto, que el dirigente federal no reconociera para la mujer un papel político activo:

“¿Se quiere entonces, se me dirá, que la mujer sea también política? ¿Se quiere que la mujer tercie también en las ardientes luchas de los partidos? No, a buen seguro; no creo que la mujer deba nunca mezclarse en nuestras sangrientas luchas civiles; no creo ni aún que deba tomar parte en esas manifestaciones ruidosas que de algún tiempo acá vemos entre nosotros; no creo ni que deba hacer exposiciones en pro ni en contra de tales o cuales principios que se estén agitando; pero creo, sí, que puede y debe influir en la política, sin separarse del hogar doméstico” (1868: 9).

Precisamente en esos momentos, cuando la Septembrina había abierto las compuertas de la participación democrática y había llenado de promesas de reforma radical las expectativas de la ciudadanía, las mujeres salieron a la calle para exigir el fin de los impuestos indirectos y de las quintas. Entre ellas, también fueron muchas las que se aproximaron a la órbita del federalismo para defender la libertad religiosa y la República (Espigado Tocino, 2005: 34). De ahí el surgimiento de la Asociación Republicana de Mujeres de Madrid, del club republicano femenino de Alicante (Gutiérrez Lloret, 1985: 101) o el Club Mariana Pineda de Cádiz. Las trabajadoras del textil en Valencia, de la seda en Sevilla, las sombrereras de Valladolid, las lavanderas de Cádiz y las cigarreras de la fábrica de los Larios no dudaron en acudir a la huelga para luchar por la mejora en sus condiciones de trabajo. Más adelante, la presencia femenina sería también tangible en las rebeliones cantonales.

No parece que Pi y Margall se sintiera completamente conforme con ese activismo femenino, por más que reforzara la propia causa federal. Su tesis era clara: el espacio público no era el de la mujer que, eso sí, podía influir en la política desde su esfera natural: el hogar. Era en su papel de madre donde Pi, como muchos de sus contemporáneos, comprendía que la mujer debía servir a la causa de la república, mediante la educación de los hijos en principios racionalistas. En la reproducción, también de los valores éticos y políticos, radicaba la misión de la mujer: “cuando brilla más especialmente la mujer es cuando se dedica a formar la conciencia de ese niño para hacer de él un ciudadano bueno y un hombre probo” (12). De ahí la necesidad de universalizar la educación en materias como las ciencias naturales, la higiene o la moral.

Estas ideas seguían plenamente vigentes en el movimiento republicano de la década de 1880. “En ese mismo tiempo ―escribe Luz Sanfeliu, en referencia al momento posterior a la reorganización federal de 1882―, en los círculos republicanos, los hombres difundían mayoritariamente modelos de feminidad que abundaban en el valor de las mujeres en el ámbito familiar”. Pero, a la vez, en esos momentos se hizo cada vez más patente el discurso masculino que, de manera exagerada, enfatizaba “las dependencias femeninas de la religión católica” (2008: 66-67). La supuesta subordinación de la mujer al clero se convirtió en un tópico desmesuradamente recurrente en la prensa republicana a la hora de abordar la “cuestión femenina”.

Así lo refleja la serie de artículos anónimos que publicó La Vanguardia, el periódico federal en el que Correa y Zafrilla escribía, a mediados de 1883. La necesidad de recabar el apoyo de la mujer para la causa democrática, en competencia directa con el movimiento católico, estaba presente en uno de ellos, titulado “Las mujeres en la Revolución”. Sus argumentos partían de la convicción de que “la imperiosa necesidad” de ganar “auxiliares para la difusión y el triunfo” de la república federal, “la mujer, convenientemente instruida, sería un poderoso elemento de propaganda, conforme lo es hoy, supeditada a la perniciosa influencia del confesionario, de poderoso auxilio para el fanatismo y para el error” (8-4-1883). El mismo artículo reafirmaba la idea de domesticidad y de subordinación a la misión política del hombre en una disertación plagada de pinceladas misóginas:

“Hay que prescindir por completo de la mujer, hay que relegarla a la condición de un mueble de uso indispensable; negarla todo derecho y toda participación en la vida pública y cerrar los ojos y los oídos a sus gracias y a sus sugestiones, o hay que educarla convenientemente y al nivel del hombre, para que le sirva de útil y de poderosa ayuda. La empresa no es difícil. Las felices disposiciones que la mujer presenta para instruirse, pueden estimularse halagando su amor propio, que tan fácil es de despertar en los caracteres impresionables. La mujer es muy sensible a la gloria y al aplauso. La que a las gracias del cuerpo reúna las dotes del espíritu; la que a un hermoso semblante junte la magia del divino don de la palabra, puede aspirar al triunfo y a la gloria que sólo hoy obtienen algunos seres privilegiados sobre las tablas de un teatro” (La Vanguardia, 8-4-1883).

La lógica universalista de la democracia federal chocaba, de este modo, con la convicción de que la mujer se encontraba en un estado de dependencia respecto a quienes se identificaba como los enemigos del progreso. Más de una vez, los artículos de La Vanguardia esgrimieron que las sugestiones de la mujer, por medio de la seducción, habían trastocado importantes decisiones políticas de los gobernantes en sentido, por supuesto, reaccionario. Un argumento peregrino, pero que gozó de considerable predicamento y sirvió para enriquecer el arsenal de pretextos con los que dilatar el acceso de la mujer a la arena pública. De ello daba cuenta otro artículo de La Vanguardia, titulado “La educación de la mujer”:

“No es por medio de los derechos políticos, ni por la igualdad de los sexos como se conseguirá levantar a la mujer de su ignorancia y postración. Los derechos políticos serían hasta un peligro en manos de las mujeres. Hablamos para lo presente, no para lo futuro, cuando la inteligencia femenina se halle completamente cultivada y en perfecto desarrollo.

¿A qué influencias obedece hoy todavía la mujer? A las influencias clericales. Por esto en la actualidad el arma de los derechos políticos en manos de la mujer sería un elemento peligroso, un elemento de retrogradación, tanto más expuesto cuanto que la seducción contra el bello sexo sería un auxiliar poderoso de los enemigos de la luz […].

Para el partido republicano, la cuestión de educar a la mujer es una cuestión capital. Educando a la mujer, se educa al hombre” (20-5-1883).

Educación y laicismo se convirtieron en dos principios fundamentales, desde el prisma republicano, para la liberación de la mujer. Pero no se trataba de alcanzar su emancipación en todos los órdenes de la vida, sino en el de la conciencia, que los republicanos creían sujeta al confesionario (Sánchez Collantes, 2014a: 69). Se establecía, de este modo, un término dilatorio para el reconocimiento de sus derechos políticos. Este tipo de argumentos, como recuerda María Pilar Salomón, “sirvieron de mecanismos de control social utilizados para reforzar los modelos de género existentes”. Pero, al mismo tiempo, “espolearon a una minoría, fundamentalmente femenina, a luchar por la emancipación de las mujeres” (2005: 104). Ese movimiento laicista de las mujeres librepensadoras y republicanas ―con frecuencia masonas, en ocasiones, también, espiritistas―, sería la antesala del feminismo sufragista (Ramos, 2005).

Correa y Zafrilla, en algunos aspectos, se apartó de los anteriores esquemas ideológicos. No entendía que las mujeres estuvieran más sometidas a la ignorancia y a la influencia clerical que los hombres. Para él, esa era más bien una situación generalizada que impedía el desarrollo de una conciencia cívica democrática. Correa concebía la libertad como un derecho inherente a la personalidad humana, pero también como una capacidad reservada a quienes podían obrar conforme a su voluntad y, a la vez, someter la voluntad al dictado de la razón, de la conciencia emancipada del dogma: “la libertad consiste en la conformidad de la voluntad con la razón, unión que constituye la virtud” (1886: 41). Por ello, la generalización de la educación cívica se concebía como una precondición de la verdadera libertad para hombres y mujeres.

Podría, de acuerdo a la anterior reflexión, concluirse que el reconocimiento de los derechos políticos tanto para los hombres como para las mujeres debía aplazarse hasta que se lograra la universalización de la instrucción. Pero Pablo Correa, por el contrario, entendía que “el procedimiento para hacer pueblos libres es el de la libertad y nada más” (1886: 147). En coherencia con dicho aserto, las oportunidades políticas que ofrecía el establecimiento de la República Federal no podían reservarse a la mitad masculina de la comunidad. Por eso atribuía al Estado la obligación de universalizar la educación y de cambiar “el derecho de matrimonio y de familia, reformando esta institución hasta emancipar a la mujer” (1886: 210). A la vez, defendía el sufragio como un “derecho de mandato” del que no podían ser excluidas las mujeres:

“Respecto de la mujer, no hay razón fundamental, como ya sostienen muchos y eminentes escritores de Europa y América, para excluirla del goce de éste y de los demás derechos políticos; sobre todo, nadie podrá explicar, por qué no gozan derecho de sufragio las que son cabezas de familia, dirigen una numerosa familia, una casa de labranza, un comercio, una industria cualquiera, todo lo cual supone más capacidad de la que se le atribuye. La emancipación de la mujer es una necesidad política y moral de los tiempos modernos. En América, en algunos Estados de la Unión, gozan del derecho electoral activo y pasivo las mujeres sin ningún tipo de inconveniente. No lo ejercen todas, sino las que se sienten con aptitud y condiciones, como sucede con el sexo fuerte. Es una contradicción que se niegue a la mujer todo derecho político donde puede ser jefa del Estado, sin que tal privilegio pueda explicarse mejor que otras tantas odiosas o ridículas injusticias” (1886: 175).

Dos años más tarde de que Correa escribiera estas líneas, Pi y Margall usó argumentos similares para referirse al voto femenino, marcando de este modo una importante distancia respecto a su disertación sobre la mujer de 1868. Esa oscilación es una muestra de la manera en que “el republicanismo se mostró como un crisol de contradicciones” sobre el encaje social y político que la mujer debía ocupar en su discurso (Sánchez Collantes, 2014a: 75). Contradicciones presentes también en los debates que llevaron a la aprobación de los proyectos constitucionales debatidos en las asambleas regionales y nacionales del partido en la década de 1880. Cuatro de estos proyectos llegaron a recoger el sufragio femenino, aunque con significativas restricciones: el catalán, el gallego, el andaluz y el extremeño.

En el caso andaluz, las mujeres debían tener estudios medios para votar. El proyecto de Cataluña, por su parte, elevaba ese requisito censitario a la posesión “de un título académico o profesional”, condición con la que discreparon algunos de los delegados del partido presentes en el Congreso Regional catalán de 1883. Uno de ellos aseguraba que la capacitación profesional de la mujer no constituía una “garantía de professió d’ideyas lliberals y despreocupació de confessionari”. El de Galicia pedía únicamente que “la mujer mayor de 20 años” demostrara estar “instruida en las materias que abraza la segunda enseñanza, o la técnica, o, cuando menos, presente certificado de haber cursado y probado un grupo de asignaturas comprendido en la sección de ciencias naturales, físico-matemáticas” (Sánchez Collantes, 2014b: 449-459).

Eran, por supuesto, extremadamente pocas las mujeres que cumplían estas condiciones en el conjunto de España. En este sentido, hubo representantes del federalismo gallego que defendieron el sufragio femenino sin ningún tipo de restricción. Así, José Porto García aseguró “no comprender cómo la Comisión pudo restringir el derecho electoral al exiguo número de mujeres adornadas con un título académico o punto menos”, si no podía dudarse de que la mujer se hallaba “constituida física y moralmente como el hombre”. Pedía, por ello, que la asamblea gallega reconociera “a todas las mujeres el derecho electoral sin limitación alguna”. Su enmienda fue rechazada por los federales gallegos. Algo más avanzada, aunque dentro de idénticos criterios censitarios, fue la postura de sus correligionarios extremeños, que extendieron el derecho al voto “a todas las cabezas de familia mayores de veinticinco años”.

Voces como las Correa y Zafrilla, en definitiva, fueron minoritarias, pero se hicieron oír en el largo debate sobre la emancipación de la mujer y su acceso a la arena de la ciudadanía en igualdad plena con los varones. Fue, en este sentido, representante de un temprano “feminismo de hombres” que, junto al esfuerzo de un importante número de librepensadoras y republicanas, contribuyeron a situar la liberación de la mujer en el debate público. Se adelantaron, en este sentido, a otras voces más conocidas, como las de Adolfo Posada, que en 1899 publicó su libro, Feminismo; y Francos Rodríguez, autor de La Mujer y la política españolas (1920). El voto de la mujer, sin embargo, tardaría en convertirse en un objetivo para los partidos republicanos, que, pese a la importante presencia femenina en sus filas, nunca encontraron una posición unánime al respecto.

Nuevo Ateneo Republicano del Baixo Aragón

Justo nos ha llegado la notícia que hoy, 13 de marzo a las 19’30h, en el Liceo de Alcañiz, se presenta el nuevo Ateneo Republicano del Baixo Aragón, un nuevo espacio de debate de ideas, corrientes y opiniones. Nace de la voluntad de “poner en valor los ideales republicanos de igualdad, solidaridad y fraternidad, laicismo, el feminismo o la justicia social”. Dirigido a la sociedad civil bajoaragonesa y en el marco de la recuperación de la memoria colectiva e histórica de la Segunda República, modelo hacia un estado justo e igualitario.

Ateneo-republicano-en-el-Bajo-Aragon

Os deseamos una buena acogida en este día de presentaciones. Para las personas que querais contactar tienen abierta la cuenta de Facebook: Ateneo Republicano Bajo Aragón Histórico

Las ciudadanas del club de Antón Martín al pueblo madrileño (1869)

El espacio de la mujer en los orígenes del movimiento republicano no ha pasado desapercibido para investigadores, como María Dolores Ramos, Gloria Espigado o Sergio Sánchez, entre otros, que han abierto un camino con amplias perspectivas de análisis. Queda mucho por hacer en este campo, y avanzar en ese sentido es imprescindible para comprender en profundidad la construcción de las culturas democráticas desde el siglo XIX. Las fuentes, desde luego, no abundan. Por eso puede resultar interesante reproducir, a modo de pista, este “Manifiesto de las ciudadanas del club de Antón Martín” que publicó el periódico federal La Igualdad el 2 de julio de 1869.

 

Ciudadanas 1869

Masonas y republicanas

Recientemente apareció el nuevo número de REHMLAC+, Revista de Estudios Históricos de la Masonería Latinoamericana y Caribeña, en su actual publicación Volumen 9, número. 2, diciembre 2017-abril 2018 recogen estudios sobre la efeméride de los 300 años de la organización de la masonería especulativa en 1717. En su sección de “Reseñas de publicaciones” destacamos:cover_article_30451_es_ES

Masonas y republicanas. La historia de 5 mujeres comprometidas con los valores republicanos y la masonería de Natividad Ortiz Albear” por Sylvia Hottinger Craig (Universidad Carlos III de Madrid). DOI: https://doi.org/10.15517/rehmlac.v9i2.30451.

Comienza:  “Con un suspiro de alivio nos adentramos en un libro que nos presenta mujeres liberadas del corseé/andamiaje del parafraseo constante de documentos, testimonios y demás pruebas que requiere un escrito de visibilización histórica…”. Acceso a ficha, resumen y texto completo pinchando aquí.
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Aprovechamos para informar que la Asociación Española de Investigación de Historia de las Mujeres (AEIHM) abrió la convocatoria del IX Premio de AEIHM a Tesis Doctorales. Bases del IX Premio AEIHM a Tesis Doctorales.