SOBRE VIOLENCIA Y ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA EN LA ESPAÑA REPUBLICANA (I)

El estudio de las retaguardias republicana y sublevada durante la Guerra Civil española se ha mostrado como uno de los campos de mayor interés entre los historiadores, especialmente desde la década de los 90 del siglo pasado. Esta atención ha obedecido a una sencilla razón: más allá de los frentes, la guerra también se ganó en estos espacios. En ambos casos, mantener su “buena salud” se postuló como una de las prioridades entre las autoridades, a pesar de la desigual importancia que unos y otros otorgaron a la acción en la retaguardia del enemigo a lo largo del conflicto. Una violencia y un desorden sin precedentes se adueñaron de las dos retaguardias como consecuencia inmediata del golpe militar de julio de 1936 y la pérdida del control del poder por parte del Estado. Aunque como es bien conocido, el origen de esa espiral se remontaba a los meses precedentes, sobre todo a febrero de aquel año. En los primeros meses de guerra tuvieron lugar todo tipo de prácticas violentas de marcado carácter político si bien, en el fondo de las mismas, latían deseos de venganza, viejas rencillas y odios individuales y de clase. Violencias que, en perspectiva comparada, no obedecían a las mismas lógicas y fines.

Centrándonos exclusivamente en la retaguardia republicana, la desarticulación e inoperatividad casi absoluta del Estado derivada del fracasado golpe fue aprovechada por las organizaciones revolucionarias. Estas, que habían frenado la sublevación en las calles, se adueñaron del vacío de poder existente e, inmersas en la nueva realidad revolucionaria, generaron un enorme clima de violencia. Paseos, registros, incautaciones y otras prácticas represivas fueron tónicas generales de distintos grupos de acción (que la historiografía ha denominado incontrolados, si bien este estereotipo no hace sino simplificar la compleja realidad existente en este sentido). En términos generales, conspiradores, colaboradores clandestinos, derechistas, religiosos y antirrepublicanos fueron los perfiles de los perseguidos y quienes conocieron la particular justicia que estos grupos emprendieron, mayormente en sus checas. Aquellas organizaciones y grupos administradores de los espacios de poder entendieron que la nueva justicia pasaba por la gestión particular de aquella violencia, marginal a todo ordenamiento jurídico. Una justicia por consenso, en palabras del profesor Alba, que prescindía de todo procedimiento judicial legalizado y de posible defensa; una justicia popular, pues la justicia institucional era vista con recelo, al considerarla “burguesa”.

La respuesta a aquella violencia de las primeras semanas, arbitraria e irregular, antes ideológica o de clase, se hizo patente ya en agosto de 1936. El receló por los excesos y desmanes cometidos comenzó a calar fuertemente no solo entre buena parte de los ciudadanos, sino también entre los propios componentes de aquel desmoronado Estado republicano. Con el propósito de acabar con ella y canalizar los ánimos y el clamor de aquellos grupos y masas populares, las autoridades republicanas reunieron esfuerzos y emprendieron una serie de medidas legales que, a su vez, se enmarcaban en la labor de reconstrucción del Estado y la recuperación del monopolio del poder. Así, trató de regular, atendiendo a las circunstancias del momento, el Orden Público, la Administración de Justicia y los organismos e instituciones que velaban por el cumplimiento de las condenas, entre otros asuntos. El objetivo al respecto estaba claro: afrontar la represión contra los enemigos de la República desde la normalización y legalización.

Con todo, en la parcela de los tribunales, la reforma más importante fue la creación de los llamados Tribunales Populares para juzgar los delitos de rebelión y sedición y los cometidos contra la seguridad del Estado. La creación de un Tribunal Especial en Madrid por decreto de 23 de agosto de 1936, poco después de producirse el asalto de la cárcel Modelo, y su extensión en los días siguientes por el resto de las provincias leales a la República, significó el inicio activo de la represión legalizada y el control político y judicial en la retaguardia republicana.

SERGIO NIEVES CHAVES

Septiembre del 36: Frente Popular. Diario de la República

El 25 de julio de 1936 salió el primer número del periódico Frente Popular. Diario de la República. Detrás del diario se encontraba la Junta de Defensa de la provincia de Gipuzkoa, organizada con ciertas dificultades algunos días después de la sublevación. La primera plana del primer número del diario dejaba claro cuáles iban a ser sus intenciones: “El pueblo guipuzcoano se alza virilmente contra la sublevación fascista y pretoriana”. Tras el título, venían las primeras arengas dirigidas a los lectores haciendo referencia al “instinto defensivo del pueblo”, “escenas de heroísmo” y “el ardor combativo de las milicias”. Durante toda su existencia, corta pero intensa, el diario se dedicó a mantener encendida la llama republicana, aun sabiendo que era cuestión de tiempo que la capital guipuzcoana también cayera en manos de los golpistas.

En la portada de aquel primer número, haciendo honor a su nombre, el diario publicaba una especie de editorial que reflexionaba sobre la relación entre la República y la democracia. Bajo el titular de “Sin sombrero y con alpargatas”, se criticaba a aquellos que habían luchado contra el Gobierno del pueblo, hasta (casi) llegar a destruirlo: “Así las cabezas y los pies nos confunden a todos al menos exteriormente. Por fuera todos parecemos pueblo, pero dentro de algunas cabezas sigue anidando el culto al pueblo y a la República creado por él. Y en algunos pies siguen, a pesar de las alpargatas, las mismas ansias de huir de esta España a la que tanto dicen amar y a la que estaban dispuestos a hundir en la vileza del imperialismo”.

Foto Frente Popular

Fuente: Donostiako Hemeroteka Digitala-Hemeroteca Digital de San Sebastián.

Navarra bajo el mando del general Mola y Araba en manos de los sublevados desde el primer día, desde Donostia vaticinaban que el próximo objetivo de los militares sería la costa del cantábrico y las comunicaciones con Francia. El diario donostiarra, dejando atrás los pretéritos años de la democracia, se concentró casi en exclusiva a llenar las cuatro páginas de tamaño cada vez más reducido, mediante informaciones sesgadas sobre el desarrollo de la Guerra.

Al día siguiente, el 26 de julio, Frente Popular se hacía eco de los combates que se sucedieron en las calles donostiarras después de que un grupo de militares se levantara en el cuartel de Loyola. Por supuesto, los sublevados terminaron rindiéndose.

Aunque en un primer momento, las noticias que llegaban parecían ser esperanzadoras, como las de Loyola, pronto se convirtieron en meros mensajes de ánimo para aquellos que luchaban en el frente.

Para primeros de agosto, la capital donostiarra se preparaba para recibir los ataques directos en forma de bombas y un mes después, a comienzos de septiembre, la localidad fronteriza de Irun, caía en manos de los golpistas. Una vez cortada la línea terrestre con Francia, las dos provincias vascas fieles a la república, Bizkaia y Gipuzkoa, se preparaban para resistir ante el embiste del tradicionalismo, esperando una ayuda que jamás llegaría. La ciudad, y con ella la provincia, quedaba en manos de unos pocos milicianos.

Al día siguiente de la caída de Irun, el 6 de septiembre, Frente Popular abría la primera página con una foto del incendio de la calle Pi y Margall de la localidad, escoltado por dos titulares que no pretendían más que mantener encendida la llama de la resistencia: “En la zona de Andatza los requetés sufrieron un duro castigo de las fuerzas leales” y “Doscientos mil hombres piden desde la plaza de la República de Paris, armas y aviones para los republicanos de España”.

Seis días después, el número del 12 de septiembre cerraba su última página con el recordatorio de cómo se podía ayudar al legítimo Gobierno: “Por la República. Los tres grados ciudadanos. No hay más que tres maneras de servir a la República: Desde el frente de batalla. Desde el lugar asignado por el Comité de Milicias responsables. Desde la fábrica, el taller o la oficina, es decir, desde los lugares de trabajo. Estos son hoy para la República los únicos tres grados posibles del combatiente y del ciudadano”.

El 13 de septiembre salía a las calles el último número del diario republicano. Para entonces, el gobierno provincial ya había abandonado la capital y evacuado gran parte de la población. El camino hacia Donostia quedaba prácticamente libre para los militares deseosos de conquistar el preciado botín. Aquel mismo día, los golpistas entraron en el establecimiento del rotativo y después de requisar oficialmente el periódico, comenzaron a preparar lo que sería su nueva gaceta: La Voz de España. Diario Tradicionalista. Pocos días después, el 17 de septiembre de 1936, las rotativas que habían servido a la defensa de la República, se calentaban para imprimir una primera página compuesta por la foto de Mola y un titular que decía: “Avance arrollador en todos los frentes”.

Guerra civil española: perspectiva biográfica

GCperspectivabiograficaEl reciente número especial .. de la Revista Universitaria de Historia Militar se centró en la guerra civil española y la biografía, reconectando individuo y escenario más amplio. Así poder profuncizar en las dimensiones y repercusiones sociales y culturales así entender las cuestiones entre lo bélico y lo político. Entre los artículos algunos dedicados a republicanos y republicanas:

En tierra de ¿nadie? Manuel Portela Valladares y el republicanismo liberal en la Guerra Civil española” pg. 36-60  Pilar Mera-Costas

Castelao: República, Guerra Civil y exilio” pg. 179-195 Justo Beramendi

Tambores de guerra: Victoria Kent y el feminismo republicano en los años treinta” pg. 297-317 Dolores Ramos Palomo

Un embajador en Guerra: Gordón Ordás en México“, pg. 336-356 , José De Hoyos Puente

El Consejo de guerra sumarísimo contra el coronel de Artillería José Franco Mussió y los oficiales de la Fábrica de cañones de Trubia“, pg. 466-481 , Carmen García

En la sección de reseñas “José MEJUTO BERNÁRDEZ: Cartas de un condenado a muerte. Los últimos días en prisión en 1936 y 1937 del republicano gallego José Mejuto Bernárdez, Santiago de Compostela, Alvarellos, 2015, 217 pp., ISBN 978-84-89323-91-9“, pg. 561-563 , Concepción López Sánchez