“Amor por la libertad, fraternidad e igualdad”. El 1 de Mayo en los EEUU

En los Estados Unidos de América, la primera república mundial en todos los rankings económicos, no se celebra el Día Internacional de los Trabajadores. No es un día festivo. Ese día, todas las trabajadoras y todos los trabajadores, acuden puntualmente a sus puestos de trabajo. En su lugar, y gracias a la decisión tomada por el presidente liberal Grover Cleveland, Labour Day lo celebran en septiembre. La elección de esta fecha no fue casual: coincidía con el aniversario de la Orden de los Caballeros del Trabajo, pero, sobre todo, se pretendía que durante el primero de mayo no se recordara a los Mártires de Chicago.

El uno de mayo 1886, dieron comienzo una seria de huelgas que dejaron huella en la historia contemporánea. Los Estados Unidos de América estaba inmersa en el proceso de industrialización y modernización económica que, pocos años después, le llevaría a proclamarse como la república más exitosa alrededor del globo.

Para finales de la década de 1880, había casi 7 millones de trabajadores industriales y en el preludio de la Primera Guerra Mundial, la cifra no andaba lejos de los 15 millones. Muchos de ellos estaban organizados en diferentes fraternidades, sindicatos, federaciones, órdenes y union. Una de la más importantes fue la citada Orden de los Caballeros del Trabajo, creada en 1869, que defendía el siguiente discurso: “La única fuerza para detener el avance del monopolio es la sólida organización de los trabajadores”.

Y lo cierto es que la Orden tenía parte de razón al realizar dicha afirmación, porque si la segunda mitad del siglo XIX fue una época de modernización económica (el primer pozo de petróleo escavado en 1859, el teléfono de 1867 o la bombilla de 1879), también fue la época donde surgieron las grandes compañías y los grandes Trust. Standard Oil Monopoly

En consecuencia, por mucho que se recordaban las raíces de la fundación los Estados Unidos de América, el poder de las compañías hizo que los diferentes gobiernos no se esforzarán demasiado para mantenerlas vivas. Ni los sucesivos presidentes de la república ni el congreso estuvieron por la labor de encontrar soluciones a la precariedad en la que estaba inmersa parte de la sociedad. Sirva como ejemplo la Ley sobre los Contratos de 1864, que fue derogada sólo cinco años después, mediante la cual “las empresas podían retener el salario del trabajador durante un año para el cumplimiento de parte del contrato”.

Y por mucho que, en su día, los republicanos estadounidenses proclamaron la independencia de la vieja y decadente corona británica, la élite estadounidense copiaba las viejas y grotescas costumbres de aquellos aristócratas a los que tanto criticaba.

Algo de esto había visto Mark Twain cuando satirizó sobre el baño de oro con el que se pretendían cubrir las penurias sociales. Su famoso libro fue el que después dio nombre a esta época dorada, Gilged Age (1873): “En un país en donde no exista la fiebre de la especulación; ni el deseo apasionado de la riqueza repentina, en donde los pobres son sencillos y contenidos y los ricos son todos honestos y generosos, donde la sociedad se encuentra en un estado de pureza primitiva y la política es sólo la ocupación de loa capaces y patriotas, no habría motivo para elaborar una historia como esta”.

Según Twain, el Sueño Americano, solo funcionaba para unos pocos, y los demás, tenían que conformarse con soñar. Poco a poco, cada vez más trabajadores, inmigrantes muchos de ellos, no pudieron quedarse soñando y gracias a las diferentes organizaciones que habían creado, la movilización no se hizo esperar.

A comienzos de 1886, el presidente A. Johnson validó la Ley Ingersoll, que quiso responder a las proclamas que desde una década antes hacían los trabajadores sobre la jornada laboral de ocho horas. “Ocho horas para descansar, ocho horas para trabajar y ocho horas para el ocio”. Pero las muchas cláusulas que habían insertado en la ley, permitieron que la situación de la mayoría de los trabajadores industriales no cambiara en absoluto. Las protestas acabaron con la convocatoria de las huelgas a partir del primero de mayo.

Uno de los principales focos de las movilizaciones fue la ciudad de Chicago, referente industrial de la época. Entre el 1 y 4 de mayo, miles de trabajadores salieron a las calles. El 4 de mayo, se volvieron a reunir en Haymarket Saquare. The Haymarkat RiotComo se sabe, la manifestación convocada para aquel día, acabó en una batalla campal entre trabajadores y policías.

Durante la trifulca, estalló una bomba que mató, entre otros, a varios policías. En consecuencia, fueron detenidos más de 200 trabajadores bajo cargos de pertenencia a organizaciones anarquistas y revolucionarios. Aunque todos los acusados negaron su implicación en la explosión y jamás se encontró al culpable, siete de los detenidos (la mayoría de origen alemán), fueron condenados a muerte. A dos de los acusados se les conmutó la pena de muerte por cadena perpetua, y uno, Louis Lingg, decidió quitarse la vida en su celda.

Resulta paradójico leer la declaración de uno de los condenados a muerte, el periodista Adolph Fischer. Fischer, defendió sus ideales políticos de una manera que, desde nuestro punto de vista, resulta muy republicana:

I protest against being sentenced to death, because I have not been found guilty of murder. But however, if I am to die on account of being an Anarchist, on account of my love for liberty, fraternity and equality, then I will nor remonstrate. If death is the penalty for our love of the freedom of the human race, then I say openly I have forfeited my life, but a murderer I am not”.

Tres años después, en 1889, La Segunda Internacional declaró el Primero de Mayo como Día Internacional del Trabajador. Este día se celebra en muchos países del mundo, menos en los Estados Unidos de América.

A vueltas con el presidente (de los EEUU)

Panda de extremistas

“El presidente de los Estados Unidos envió este lunes al Congreso una propuesta de presupuesto para el ejercicio fiscal de 2020” que propone “una dotación de otros 8.600 millones de dólares para la construcción del polémico muro en la frontera con México” (El País, 12.03.2019).

La construcción del muro fue uno de los pilares de la campaña de Donald Trump y ahora, parece que le está trayendo grandes quebraderos de cabeza. No solo porque los demócratas con mayoría en el congreso estén en contra de levantar dicho muro, si también porque parece que la forma de gobernar del nuevo presidente, está dinamitando los cimientos del sistema político estadounidense. Cierto es también que, no parece afectarle demasiado. Bajo un discurso del “cueste lo que cueste”, ha amenazado con declarar la “emergencia nacional”. De esa manera, podrá seguir concentrando mayor poder ejecutivo y podrá levantar su muro por encima de las decisiones del Congreso y del Senado.

La viñeta que aparece al comienzo de esta entrada, la encontré mientras estaba preparando una clase sobre la revolución norteamericana. Como se puede apreciar en la imagen, el expresidente Barack Obama critica la limitación del poder ejecutivo. La crítica va dirigida a los padres fundadores de los Estados Unidos, que no parecen demasiado contentos con la dirección que estaba tomando su mandato.

Los padres fundadores, fue aquel grupo de hombres que firmaron la declaración de independencia (1776) y si se quiere, también aquellos que aprobaron la Constitución de Estados Unidos de América (1787). Entre los fundadores a los que se dirige Obama, he identificado al menos dos federalistas y autores de los The Federalist Papers o Los documentos federalistas: James Madison (4º presidente de los EEUU) y Alexander Hamilton.

The Federalist papers es una colección de artículos de prensa escritos a partir del año 1787, justo al final de uno de los períodos más complicados que vivieron los EEUU durante el proceso de independencia (“período crítico”). El objetivo de los firmantes de los artículos, que buscaron cobijo bajo el pseudónimo Publius, era la de crear una opinión pública favorable a la ratificación de la Constitución de los Estado Unidos (1789).

La redacción de la constitución y su posterior ratificación no fueron fáciles. El miedo generalizado a la amenaza de las antiguas monarquías europeas en decadencia y de una aristocracia anclada en los privilegios del pasado, hicieron que la república fuera el reflejo del “buen gobierno”, aunque tampoco estaba del todo claro cómo iba a ser esa república.

La mayoría de aquellos fundadores percibían el peligro de que una persona que aglutinara el poder, pudiera caer de nuevo en los vicios del viejo mundo. Esto hizo que la separación de poderes propuesto por Montesquieu unos poco años antes tomara cuerpo: el ideal democrático estaría a salvo mediante la república, y con ello, también se aseguraban de que la concentración del poder no degenerara en una tiranía.

Pero no todos estuvieron de acuerdo con ello. El debate tuvo su reflejo en el enfrentamiento entre los mencionados federalistas y los antifederalistas. Los antifederalistas fueron los partidarios de una unión mucho más laxa entre las antiguas colonias, con un Gobierno central débil que cumpliera con las funciones básicas y que no obstaculizara el día a día de los estados. Mientras tanto, los otros, los federalistas, utilizando el término de una manera muy inteligente, se hicieron pasar por aquellos que defendían una unión más fuerte pero que garantizara cierta autonomía a los estados. Se decantaron por un equilibrio entre la autonomía estatal y un poder central fuerte (algo contradictorio desde la perspectiva republicana europea del XVIII). Su pesquisa era la de crear una federación más robusta entre los estados mediante un gobierno central lo suficientemente fuerte como para que la unión no peligrara (política tributaria, relaciones internacionales, comercio, ejercito…). La nueva unión pues, alcanzaría la forma de una república federal, bajo la dirección de una única autoridad. El presidente, tendría poderes considerables, como el derecho a veto (que quiere imponer Trump), la de liderar el ejército o elegir a los funcionarios. Pero si el sistema político era lo suficientemente fuerte, no habría problema.

Como se sabe, el primer presidente elegido fue un veterano de la guerra de la independencia, George Washington. El propio Washington, que nunca vio de buen grado la formación de partidos políticos, dejó la presidencia después de la segunda legislatura, para que el poder no corrompiera al hombre. Seguramente debido al empeoramiento de su salud, pero lo cierto es que, mediante aquel gesto, respondió de manera republicana a las críticas que le identificaban con un pseudo-rey y dio comienzo a una tradición que ha llegado hasta la actualidad.

Como se decía al comienzo, parece que últimamente, en la Casa Blanca andan cortos de historiadores y que, por consiguiente, en la república más poderosa del mundo, el presidente no repara demasiado en el pasado. Trump sigue empeñado en que el presidente, por algo es el presidente. Tanto es así que, en su afán de llevar a cabo sus promesas electorales, ha sido capaz de poner de acuerdo a los demócratas y los republicanos: “senadores republicanos y demócratas contra la emergencia de Trump”, rezaba otro titular (El País, 05.03.2019). Y es que, si el congreso de mayoría demócrata rechaza la propuesta del presidente, parece que tampoco le irá mejor en el Senado: una docena de republicanos han anunciado su veto a la propuesta presidencialista de Trump para el 15 de este mes.

Según recoge el artículo mencionado, los republicanos tienen miedo a que los próximos presidentes puedan seguir la senda de Trump de concentrar cada vez mayor poder ejecutivo. El argumento del senador por Kentucky Rand Paul que recogía la prensa, era claro en este sentido: “Creo que [el presidente] está equivocado, (…) sino en su búsqueda de expandir los poderes presidenciales por encima de sus límites constitucionales”.

Quizás, tal y como me soltó un alumno en clase, las palabras del senador de Kentucky carecen de “credibilidad, que seguro que tiene algún lobby por detrás”. O puede que, más allá de la intransigencia presidencial, en los Estados Unidos de hoy en día, todavía quede algún resquicio del ideal republicano inicial, aquel que defendían los fundadores de hacer una “política democrática”. Veremos cómo termina la batalla entre la tiranía y la separación de los poderes.

Rafael María de Labra en el centenario de su muerte

    Hace pocas semanas se cumplió un siglo del fallecimiento de Rafael María de Labra, que dejó de existir en Madrid el mes de abril de 1918. Nacido en La Habana allá por 1840, este brillante intelectual y político republicano vivió en Cuba durante su infancia y, tras pasar una temporada en Cádiz, terminó fijando su residencia en Madrid. Durante toda su vida mantuvo fuertes vínculos con Asturias, lo que explica por ejemplo que una calle lleve su nombre en la capital ovetense, homenaje también presente en localidades como Málaga o León pero no en Madrid, un detalle llamativo si se tiene en cuenta que fue el lugar donde desplegó el grueso de sus actividades públicas.

    Cada verano, Labra se desplazaba a Asturias y pasaba largas temporadas en su quinta de Abuli, en las proximidades de Oviedo. El mes de agosto solía vivir en Gijón, ciudad natal de su madre, Rafaela. Allí contaba con numerosas amistades, particularmente —aunque no sólo— entre los círculos republicanos de la localidad. El federal Apolinar Menéndez Acebal y el salmeroniano Vicente Innerárity fueron dos de los muchos gijoneses que mantuvieron estrechos lazos con él. El primero, en otro tiempo presidente de la Juventud Federal de la villa, le auxilió en la confección de su libro Gijón. Una villa del Cantábrico (1877), ya que le proporcionó cuantiosos datos, tal y como reconoció el propio Labra en el texto (habría sido la «otra mano» que Julio Somoza detectó y refirió en Cosiquines de la mio quintana pocos años después).

labra retrato motín nov 1891

Fuente: El Motín (Biblioteca Nacional de España)

    Al pensamiento reformista de Labra se han acercado especialistas como María Dolores Domingo Acebrón, Elena Hernández Sandoica o Francisco Erice. Si hay una idea que vertebre buena parte de la temática de los escritos de Labra, ésa es sin duda la de la preocupación por la llamada «cuestión social», que comprendía una serie de problemas a los que era preciso dar solución cuanto antes: para él, hablar de la cuestión social era hacerlo de las penosas condiciones de vida de los obreros, de la denigrante situación de las mujeres, de la importancia de la educación popular, de la ignominiosa esclavitud…

 

 

    Precisamente el último ejemplo citado constituyó uno de los frentes de lucha en los que más activamente se implicó Labra. Sus desvelos en ese terreno, con los que de hecho amenazaba poderosos intereses, terminaron colocándolo al frente de la Sociedad Abolicionista Española. Cuando en 1879 los demócratas gijoneses se convirtieron en los primeros de España en enviar firmas a las Cortes exigiendo la abolición de la esclavitud en Cuba, fue precisamente Labra el parlamentario encargado de leer la exposición remitida desde la villa al Congreso de los Diputados. Aunque inicialmente militó en el Partido Radical, la mayor parte de la vida política de Labra se desarrolló en el seno del republicanismo, como independiente o formando parte de la minoría republicana del Congreso; y casi siempre como representante de las Antillas, para las que defendió tenazmente un régimen autónomo.

    Es asimismo destacable lo avanzado de sus planteamientos respecto a los derechos de las mujeres. En una época en la que republicanos más “de izquierdas”, como Francisco Pi y Margall, sostenían que la mujer tenía su principal misión en el hogar, como transmisora del ideario democrático a los hijos, Labra ya defendía el sufragio femenino y la patria potestad compartida. En este y en otros terrenos, el mérito de sus propuestas y análisis queda reforzado tras ubicarlos en su contexto histórico. Naturalmente, no estaban exentos de limitaciones, que grosso modo eran las mismas que se detectan en la mayoría de aquellos reformistas antimonárquicos, que rechazaban la mera posibilidad de que las clases humildes dirigieran su propia emancipación y, paralelamente, creían en la necesidad de una paternal y profiláctica tutela “rectora” que las disuadiera de apostar por salidas revolucionarias (esto en una época muy cruda, en la que parece lógico que aquellos desahuciados del bienestar se vieran seducidos por otras expectativas de redención más ilusionantes).

    Abogado de prestigio y, como tal, defensor de numerosos periódicos republicanos denunciados por el asedio de la legislación canovista, Labra fue también profesor de la Institución Libre de Enseñanza, en cuya puesta en marcha participó activamente, hasta tal punto que llegó a ser su rector durante varios años. Asimismo, presidió la Sociedad Fomento de las Artes y el Ateneo de Madrid, y representó como senador a las Sociedades Económicas de Amigos del País. Reputado orador, conferenció en numerosas sociedades culturales de la Corte y de provincias, incluido el Ateneo Obrero gijonés, y pronunció discursos políticos en las más variadas tribunas a lo largo y ancho del país y en diversas poblaciones asturianas.

    El erudito Constantino Suárez recordaba cómo Rafael María de Labra, consecuente con sus ideas, nunca quiso aceptar destinos retribuidos ni honores del Estado monárquico. Fue uno de esos prohombres del republicanismo decimonónico español que, pese al reconocimiento y prestigio intelectual de los que disfrutaron en su época, hoy día sufren una inmerecida marginación, como si continuasen purgando sus heterodoxias, mientras se promociona a figuras de valía y talla muy inferiores.

Sergio Sánchez Collantes

[Adaptación del artículo publicado en el diario El Comercio de Gijón, el 30/5/2008]

Masonas y republicanas

Recientemente apareció el nuevo número de REHMLAC+, Revista de Estudios Históricos de la Masonería Latinoamericana y Caribeña, en su actual publicación Volumen 9, número. 2, diciembre 2017-abril 2018 recogen estudios sobre la efeméride de los 300 años de la organización de la masonería especulativa en 1717. En su sección de “Reseñas de publicaciones” destacamos:cover_article_30451_es_ES

Masonas y republicanas. La historia de 5 mujeres comprometidas con los valores republicanos y la masonería de Natividad Ortiz Albear” por Sylvia Hottinger Craig (Universidad Carlos III de Madrid). DOI: https://doi.org/10.15517/rehmlac.v9i2.30451.

Comienza:  “Con un suspiro de alivio nos adentramos en un libro que nos presenta mujeres liberadas del corseé/andamiaje del parafraseo constante de documentos, testimonios y demás pruebas que requiere un escrito de visibilización histórica…”. Acceso a ficha, resumen y texto completo pinchando aquí.
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Aprovechamos para informar que la Asociación Española de Investigación de Historia de las Mujeres (AEIHM) abrió la convocatoria del IX Premio de AEIHM a Tesis Doctorales. Bases del IX Premio AEIHM a Tesis Doctorales.