La República, el pueblo, sus cantares y algunos de sus cantores

“El pueblo, se ha dicho, es el mejor de los poetas, el más sublime de los cantores”. Así comenzaba Antonio García Vao uno de sus primeros artículos para Las Dominicales del Libre Pensamiento. Se titulaba “Los cantores del pueblo” y fue publicado en el número 25 del periódico que dirigían Fernando Lozano (“Demófilo”) y Ramón Chíes, correspondiente al 22 de julio de 1883. Era una de sus primeras colaboraciones en el semanario republicano, en el que ya habían aparecido algunas de las composiciones que dieron forma a su libro Ecos de un pensamiento libre (1885).

García Vao tenía poco más de veinte años cuando publicó este artículo. Sólo vivió tres más. A fines de 1886, como explicó Isidro Sánchez, “fue asesinado por un albañil a quien alguien había pagado, el mismo día en que publicaba un artículo contra las órdenes religiosas”. No fue, por cierto, el único periodista republicano asesinado en esos años. Así murió tres meses antes el progresista conquense Julián Albaráñez en las inmediaciones de su pueblo, Albaladejo del Cuende. También el ex diputado federal Emigdio Santamaría falleció en circunstancias similares en Vallecas, a mediados de 1882.

A pesar de su juventud, la firma de García Vao ya había adquirido una considerable reputación en la prensa madrileña como colaborador de El GloboLa Ilustración Española y Americana y otras cabeceras de relieve. Su labor intelectual era intensa y prometedora. Lo demuestra su actividad en 1885, cuando al margen de sus publicaciones periodísticas, dio a la imprenta un poemario, un tratado de filosofía grecorromana y otro de filosofía de la historia. Buena parte de su obra impresa (El monaguillo, La encubridora, Amor que mata la fe…) salió a la luz de manera póstuma.

García Vao era manchego, de Manzanares. También Demófilo, redactor de Las Dominicales —y, sin duda, una de las referencias fundamentales para comprender la cultura republicana y la movilización anticlerical en la Restauración—, procedía de la provincia de Ciudad Real. Es significativo que Lozano usara como seudónimo en los periódicos su nombre simbólico de la masonería: “amante del pueblo”. Como él, García Vao era masón y se reconocía librepensador y amante del pueblo. De ello trata su artículo “Los cantores del pueblo”. De hecho, toda su obra trata de ello.

Antonio Rodríguez García Vao

“Los pueblos artistas difícilmente serán esclavos”, era la conclusión del artículo. Es difícil no encontrar “el pueblo”, idealizado como una entidad por naturaleza libre y buena, en el centro de las reflexiones republicanas. Enfrentado a la oligarquía explotadora o al clero corruptor, se identificaba, conforme a este esquema, con la virtud, siempre amenazada por el influjo de la esclavitud y la superstición; tendente, siempre, a la libertad y al progreso. De ahí el interés que muchos intelectuales demócratas mostraron hacia las diferentes expresiones de la cultura popular, en las que buscaban un reflejo necesariamente sencillo de esa virtud natural y espontánea del buen pueblo.

La tradición popular no podía ser en su origen un registro de valores de sumisión, de fanatismo o superstición, ni un lastre reaccionario en la vocación popular hacia la libertad: “es muy de notar que lo que menos ha inspirado al pueblo español ha sido la religión, a pesar de habérsele tenido por católico ferviente. Es más; muchos de sus cantares lo que muestran e indican es poco respeto a la religión”. Por eso García Vao, al hablar de sus cantares, los caracterizaba, basándose en una coplilla sobre el Cid, como “la representación más genuina de nuestro carácter independiente y republicano”.

Más allá de las aristas interpretativas que conlleva este análisis republicano acerca de lo popular, lo verdaderamente relevante es comprobar cómo se extendió una sensibilidad preocupada por registrar las expresiones de lo que comenzaba a definirse como “folk-lore” desde una perspectiva progresista. Un propósito que, a la vez, implicaba reconocer la dignidad del género en sus diversas manifestaciones, y su reivindicación. A ello dedicó gran parte de su vida otro Demófilo, Antonio Machado Álvarez, uno de los principales impulsores de los estudios folcloristas en la España de fin de siglo.

A este “Amante del pueblo”, miembro de una saga de intelectuales vinculados con el liberalismo radical en el Sexenio y con el institucionismo en la Restauración, le dedicó algunas páginas Ian Gibson en su biografía sobre su hijo Antonio (Ligero de equipaje, 2007). Seguramente merece algunas más. Estirando del mismo hilo podría, por ejemplo, llegarse a otro interesante intelectual republicano, volcado en el estudio del folclore de su comarca y convencido de que en la esencia de lo popular podían también encontrarse claves para la convivencia democrática. Hablo de Luis Ríus Zunón.

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Luis Ríus Zunón (1901-1974)

No me voy a detener mucho en él. Nació en Tarancón (Cuenca) en 1901. Su carrera política le llevó, durante la Segunda República, al gobierno civil de diversas provincias. De la suya, entre otras. La guerra le obligó a exiliarse y murió en México en 1974. En la actualidad, su figura y su obra ha sido rescatada desde la perspectiva de los estudios literarios gracias a los esfuerzos de César Sánchez Ortiz, Pedro Cerrillo y María Olmedilla. De los barrios pobres de Tarancón, al exilio, Ríus se llevó la música. Allí la conservó. Y de allí, de vuelta, se la trajo Javi Collado, la voz de “Zas-Candil!“. A su manera, otro “Demófilo”. El documental, “Memorias transatlánticas“, incluido en su segundo disco (En el camino, 2018), explica con detalle esta peripecia.

La música y la poesía, en el caso de Ríus, fueron un remedio contra el desarraigo y sus heridas; un puente cultural entre su pueblo y el destierro. De paso, conservó y desarrolló una tradición que, al otro lado del Atlántico, seguía su propio camino. De ese buen pueblo de la tradición progresista, de la virtud que los republicanos identificaron en sus esencias, de su vocación independiente y libre, de su dignidad, habla el pasodoble “Al baile“: “Al de los ricos no voy / voy al baile de los pobres / que los ricos bailan sólo / lanceros y rigodones / Yo no se hacer reverencias / propias de la gente noble / porque me brinca la sangre / en cuanto oigo dos acordes”.

El republicanismo español durante la Transición. Otra mirada sobre el proceso de democratización en la España de los años setenta:

Antes de comenzar esta breve entrada, quiero agradecer a las y los miembros de Historia y Cultura Republicanas su invitación a participar en esta red de especialistas en el republicanismo español. En mi caso, espero aportar mi granito de arena desde el estudio de los republicanos durante un periodo poco estudiado por la historiografía sobre el republicanismo que podemos entender como “histórico”. Me refiero al periodo que comprende la crisis final del régimen franquista y el inicio de la transición hacia la democracia en España.

Más allá de 1939 y la derrota de la Segunda República en la Guerra Civil, los historiadores que han trabajado sobre el republicanismo español lo han hecho, sobre todo, desde los estudios sobre la clandestinidad y, muy particularmente por su relevancia sociocultural en los países de acogida, sobre el exilio llamado, en términos generales, “republicano”. En este sentido, no sólo se ha analizado la realidad de los herederos directos del republicanismo histórico sino la de todos aquellos partidos y fuerzas políticas y sindicales que defendieron la Segunda República y fueron derrotadas igualmente en la guerra y condenadas a lo que elocuentemente Fernando Valera designó como los tres “ierros”: destierro, encierro o entierro. Para la Transición, la tendencia general se basó en interpretar que del republicanismo ya no existía o, a lo sumo, había muerto casi al mismo tiempo que Franco.

Sin embargo, en mi tesis doctoral, Los Últimos de la Tricolor: republicanos y republicanismo durante la transición hacia la democracia en España (1969-1977) me propuse revisar esta interpretación y valorar hasta qué punto el republicanismo español sobrevivió o no a Franco y qué posibilidades tenía durante los primeros momentos de la Transición. En mi estudio me centré tanto en los últimos gobiernos de la República en el exilio como en el partido político ARDE (Acción Republicana Democrática Española) y comparé su proyecto y acción políticas con otros grupos de la oposición antifranquista, así como con el propio gobierno postfranquista liderado por Adolfo Suárez desde julio de 1976. Asimismo, todo ello me permitió constatar si del republicanismo histórico quedó algo más allá de este periodo o si, por el contrario, desapareció después de ser una de las principales propuestas alternativas, no solo como Estado sino como cosmovisión, desde al menos el primer tercio del siglo XIX español. Considero que este tipo de estudios permite revisitar un proceso histórico tan complejo como el de la transición y, del mismo modo, ponerlo en relación con otro de los grandes temas de la historiografía española como es el estudio del republicanismo a lo largo de nuestra Historia Contemporánea.

Jesús Movellán Haro

Ramón Elices: aproximación a un militar y publicista republicano

Hace unos años, buceando en un libro sobre la historia local de un pueblo lindero al de mi padre, el autor (un sacerdote que se dedicó en su vejez a la catalogación y transcripción de los documentos del archivo municipal) recordaba una máxima con la que cualquier historiador se sentirá plenamente identificado. Parafraseándole, venía a decir algo así como: “en la Historia, como en la pesca, para uno que sale, se escapan ochenta”. Se congratulaba del hallazgo de un expediente judicial, riquísimo en detalles y anécdotas, en el que se reflejaba el “divertido testimonio” (según el transcriptor) de una esposa casada con un marido adúltero, y la venganza que esta urdió contra el cónyuge infiel.

Sirva esta introducción para expresar una de estas cosas que, por el azar intrínseco a la labor investigadora, sacuden y animan el trabajo en los archivos y las bibliotecas. Interesado en el estudio de las culturas y tradiciones de pensamiento político, y su permeabilidad en el Ejército, apareció por sorpresa la figura de Ramón Elices Montes. Nacido en Baza en 1844 (dentro, por tanto, de la llamada “generación de la revolución”), este granadino no desarrolló únicamente la carrera militar, sino que se dedicó (en ocasiones, simultáneamente) a la literatura, la dramaturgia, el periodismo y, en sus últimos años, a la representación comercial y financiera de entidades hispanoamericanas en la España peninsular. Su prolífica producción en fuente impresa ha permitido una sugerencia de biobibliografía centrada en lo que F. Dosse, entre otros, denominó como “biografía intelectual”.

Dicha propuesta de reconstrucción biográfica, cuya publicación se encuentra pendiente, permitirá representar a un complejo soldado e intelectual que, por medio de la puesta en diálogo de su expediente militar, sus causas judiciales, su amplia producción de temática histórico-política (primándose su devenir ideológico) y los contextos en los que se desarrolló personal y profesionalmente, pretende ofrecer la imagen más completa posible. A nadie dejan indiferente sus zigzagueos ideológicos: su primera adscripción a la monarquía parlamentaria resultante de la Constitución de 1869, el viraje hacia la república federal, la vuelta al régimen de monarquía limitada, para retomar su filiación al federalismo pimargalliano y acabando en su última etapa mostrando sus simpatías hacia los gobiernos liberales de la Restauración.

Todo ello trufado de experiencias tales como un primer destino militar cubano (1870-1873), su participación en la III Guerra Carlista (1874-1876), sucesivos apresamientos y presidios (1877-1879), el secuestro y condena de su obra política (1878-1879), y su marcha hacia el exilio voluntario a destinos europeos e hispanoamericanos (1879-1887) marcaron indudablemente la maduración de sus postulados ideológicos e intelectuales. Unos postulados que, puede considerarse, orbitaron alrededor de varios ejes: su percepción del plano corporativo del Ejército, su persistente adecuación política (aunque siempre de tendencia progresista), y su interpretación individual de los códigos de honor, del americanismo, y del exilio.

JAIME TRIBALDOS MILLA

El regreso de los exiliados republicanos a fines del siglo XIX

En mayo de 2015, la Universidad de Pau et des Pays de l’Adour celebró un congreso multidisciplinar en torno al amplio concepto del retorno. Participé —después de equivocarme de fechas, de convencer a mi primo Eduardo para que me llevara en coche desde San Sebastián, de confundirme de mesa de inscripción (aún me pregunto en qué me apunté, pero puse diez pavos) y de ser rescatado por Roberto Ceamanos (le reconocí por la calle gracias a la foto de la solapa de un libro sobre la Comuna que estaba leyendo) y Óscar Álvarez Gila mientras buscaba mi hotel— con una comunicación sobre el regreso de los militares republicanos que se habían exiliado en Francia tras las rebeliones de 1883 (Badajoz y Seu d’Urgell) y 1886 (Madrid). Con Óscar he vuelto a coincidir. A Roberto aún le debo 20 euros (llegué solo con los 10 que me dejé en nosequé y no había cajero a mano para pagarme la cena). Lo que me queda de aquello es un gran recuerdo de ambos, y también de Laurent Dornell, organizador del congreso, de Hélène Finet, que coordinó mi mesa y de la pizzería portuguesa que había frente al hotel.

Los organizadores tuvieron la estupenda idea de grabar todas las intervenciones, compartirlas con los participantes y colgarlas en Médiakiosque. El propósito de esta entrada era, de un lado, rescatar esa intervención y, de otro, probar el formato video que, al parecer, requiere de un tipo de cuenta del que no disponemos en Historia y Culturas Republicanas. Pero nada puede detenernos, y resolver ese inconveniente es tan sencillo como pinchar aquí. No es mi mejor perfil y, probablemente, tampoco fue mi mejor día. Pero, quien esté interesado en el exilio republicano de fines del XIX —no somos muchos los que tenemos esa clase de desvelos, pero quién sabe—, encontrará algunas ideas sobre el problema del retorno. Además tardará menos en ver este video que en leer el capítulo de libro que salió de esta comunicación.

 

 

PRESENTACIÓN DE LA BIOGRAFÍA DE PABLO CORREA Y ZAFRILLA

El pasado lunes 24 de junio se presentó en el salón de actos de la Biblioteca Pública Fermín Caballero (Cuenca) un nuevo título con el que reconstruir la historia del republicanismo español. Se trata de Pablo Correa y Zafrilla: republicanismo y cuestión social en la España del ochocientos (1842-1888), de Eduardo Higueras Castañeda. Es una obra que biografía a Pablo Correa y Zafrilla, abogado, periodista y publicista conquense, que militó en el Partido Republicano Federal. Perteneció a los cuadros medios del partido, a veces relegados en favor de las principales personalidades del partido, pero, en todo caso, con un papel destacado dentro del activismo federal a través, sobre todo, de su labor como propagandista.

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De derecha a izquierda: Herminio Lebrero Izquierdo, Ángel Luis López Villaverde, Mª Ángeles Zurilla Cariñana y Eduardo Higueras Castañeda

En ese mismo acto se presentaron otras novedades relacionadas con la historia contemporánea. El pueblo, las subsistencias y el máuser. El motín de 1919 en Tarancón, de Herminio Lebrero Izquierdo, narra uno de los últimos motines de subsistencias que tuvieron lugar en la España contemporánea, en este caso en Tarancón (Cuenca). La presentación, organizada por el Seminario Permanente de Estudios Contemporáneos, estuvo protagonizada no solo por los autores de ambas obras, sino por el Decano de la Facultad de Comunicación, Ángel Luis López Villaverde, también miembro del SPEC. Presentando el acto, la vicerrectora de Culta, Deporte y Extensión Universitaria de la UCLM.

Tras la presentación como tal de ambas obras, el acto se transformó en un diálogo abierto entre los tres historiadores y, a su vez, con el público asistente en el que se debatieron cuestiones que afectan de cerca al estudio de las culturas republicanas, como el alcance y la necesidad de los estudios locales. No obstante, el ámbito local es uno de los escenarios principales de los estudios republicanos, al haber sido, del mismo modo, uno de los lugares predilectos para el desarrollo de las políticas republicanas, sobre todo en el caso del republicanismo federal. Con ambas obras y el debate que generan se profundiza tanto en los estudios republicanos como en los estudios locales, dos campos estrechamente relacionados y cuyos vacíos van rellenándose con obras como las que se presentaron.

Andrea Villegas Marchante

“Amor por la libertad, fraternidad e igualdad”. El 1 de Mayo en los EEUU

En los Estados Unidos de América, la primera república mundial en todos los rankings económicos, no se celebra el Día Internacional de los Trabajadores. No es un día festivo. Ese día, todas las trabajadoras y todos los trabajadores, acuden puntualmente a sus puestos de trabajo. En su lugar, y gracias a la decisión tomada por el presidente liberal Grover Cleveland, Labour Day lo celebran en septiembre. La elección de esta fecha no fue casual: coincidía con el aniversario de la Orden de los Caballeros del Trabajo, pero, sobre todo, se pretendía que durante el primero de mayo no se recordara a los Mártires de Chicago.

El uno de mayo 1886, dieron comienzo una seria de huelgas que dejaron huella en la historia contemporánea. Los Estados Unidos de América estaba inmersa en el proceso de industrialización y modernización económica que, pocos años después, le llevaría a proclamarse como la república más exitosa alrededor del globo.

Para finales de la década de 1880, había casi 7 millones de trabajadores industriales y en el preludio de la Primera Guerra Mundial, la cifra no andaba lejos de los 15 millones. Muchos de ellos estaban organizados en diferentes fraternidades, sindicatos, federaciones, órdenes y union. Una de la más importantes fue la citada Orden de los Caballeros del Trabajo, creada en 1869, que defendía el siguiente discurso: “La única fuerza para detener el avance del monopolio es la sólida organización de los trabajadores”.

Y lo cierto es que la Orden tenía parte de razón al realizar dicha afirmación, porque si la segunda mitad del siglo XIX fue una época de modernización económica (el primer pozo de petróleo escavado en 1859, el teléfono de 1867 o la bombilla de 1879), también fue la época donde surgieron las grandes compañías y los grandes Trust. Standard Oil Monopoly

En consecuencia, por mucho que se recordaban las raíces de la fundación los Estados Unidos de América, el poder de las compañías hizo que los diferentes gobiernos no se esforzarán demasiado para mantenerlas vivas. Ni los sucesivos presidentes de la república ni el congreso estuvieron por la labor de encontrar soluciones a la precariedad en la que estaba inmersa parte de la sociedad. Sirva como ejemplo la Ley sobre los Contratos de 1864, que fue derogada sólo cinco años después, mediante la cual “las empresas podían retener el salario del trabajador durante un año para el cumplimiento de parte del contrato”.

Y por mucho que, en su día, los republicanos estadounidenses proclamaron la independencia de la vieja y decadente corona británica, la élite estadounidense copiaba las viejas y grotescas costumbres de aquellos aristócratas a los que tanto criticaba.

Algo de esto había visto Mark Twain cuando satirizó sobre el baño de oro con el que se pretendían cubrir las penurias sociales. Su famoso libro fue el que después dio nombre a esta época dorada, Gilged Age (1873): “En un país en donde no exista la fiebre de la especulación; ni el deseo apasionado de la riqueza repentina, en donde los pobres son sencillos y contenidos y los ricos son todos honestos y generosos, donde la sociedad se encuentra en un estado de pureza primitiva y la política es sólo la ocupación de loa capaces y patriotas, no habría motivo para elaborar una historia como esta”.

Según Twain, el Sueño Americano, solo funcionaba para unos pocos, y los demás, tenían que conformarse con soñar. Poco a poco, cada vez más trabajadores, inmigrantes muchos de ellos, no pudieron quedarse soñando y gracias a las diferentes organizaciones que habían creado, la movilización no se hizo esperar.

A comienzos de 1886, el presidente A. Johnson validó la Ley Ingersoll, que quiso responder a las proclamas que desde una década antes hacían los trabajadores sobre la jornada laboral de ocho horas. “Ocho horas para descansar, ocho horas para trabajar y ocho horas para el ocio”. Pero las muchas cláusulas que habían insertado en la ley, permitieron que la situación de la mayoría de los trabajadores industriales no cambiara en absoluto. Las protestas acabaron con la convocatoria de las huelgas a partir del primero de mayo.

Uno de los principales focos de las movilizaciones fue la ciudad de Chicago, referente industrial de la época. Entre el 1 y 4 de mayo, miles de trabajadores salieron a las calles. El 4 de mayo, se volvieron a reunir en Haymarket Saquare. The Haymarkat RiotComo se sabe, la manifestación convocada para aquel día, acabó en una batalla campal entre trabajadores y policías.

Durante la trifulca, estalló una bomba que mató, entre otros, a varios policías. En consecuencia, fueron detenidos más de 200 trabajadores bajo cargos de pertenencia a organizaciones anarquistas y revolucionarios. Aunque todos los acusados negaron su implicación en la explosión y jamás se encontró al culpable, siete de los detenidos (la mayoría de origen alemán), fueron condenados a muerte. A dos de los acusados se les conmutó la pena de muerte por cadena perpetua, y uno, Louis Lingg, decidió quitarse la vida en su celda.

Resulta paradójico leer la declaración de uno de los condenados a muerte, el periodista Adolph Fischer. Fischer, defendió sus ideales políticos de una manera que, desde nuestro punto de vista, resulta muy republicana:

I protest against being sentenced to death, because I have not been found guilty of murder. But however, if I am to die on account of being an Anarchist, on account of my love for liberty, fraternity and equality, then I will nor remonstrate. If death is the penalty for our love of the freedom of the human race, then I say openly I have forfeited my life, but a murderer I am not”.

Tres años después, en 1889, La Segunda Internacional declaró el Primero de Mayo como Día Internacional del Trabajador. Este día se celebra en muchos países del mundo, menos en los Estados Unidos de América.

SOBRE VIOLENCIA Y ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA EN LA ESPAÑA REPUBLICANA (I)

El estudio de las retaguardias republicana y sublevada durante la Guerra Civil española se ha mostrado como uno de los campos de mayor interés entre los historiadores, especialmente desde la década de los 90 del siglo pasado. Esta atención ha obedecido a una sencilla razón: más allá de los frentes, la guerra también se ganó en estos espacios. En ambos casos, mantener su “buena salud” se postuló como una de las prioridades entre las autoridades, a pesar de la desigual importancia que unos y otros otorgaron a la acción en la retaguardia del enemigo a lo largo del conflicto. Una violencia y un desorden sin precedentes se adueñaron de las dos retaguardias como consecuencia inmediata del golpe militar de julio de 1936 y la pérdida del control del poder por parte del Estado. Aunque como es bien conocido, el origen de esa espiral se remontaba a los meses precedentes, sobre todo a febrero de aquel año. En los primeros meses de guerra tuvieron lugar todo tipo de prácticas violentas de marcado carácter político si bien, en el fondo de las mismas, latían deseos de venganza, viejas rencillas y odios individuales y de clase. Violencias que, en perspectiva comparada, no obedecían a las mismas lógicas y fines.

Centrándonos exclusivamente en la retaguardia republicana, la desarticulación e inoperatividad casi absoluta del Estado derivada del fracasado golpe fue aprovechada por las organizaciones revolucionarias. Estas, que habían frenado la sublevación en las calles, se adueñaron del vacío de poder existente e, inmersas en la nueva realidad revolucionaria, generaron un enorme clima de violencia. Paseos, registros, incautaciones y otras prácticas represivas fueron tónicas generales de distintos grupos de acción (que la historiografía ha denominado incontrolados, si bien este estereotipo no hace sino simplificar la compleja realidad existente en este sentido). En términos generales, conspiradores, colaboradores clandestinos, derechistas, religiosos y antirrepublicanos fueron los perfiles de los perseguidos y quienes conocieron la particular justicia que estos grupos emprendieron, mayormente en sus checas. Aquellas organizaciones y grupos administradores de los espacios de poder entendieron que la nueva justicia pasaba por la gestión particular de aquella violencia, marginal a todo ordenamiento jurídico. Una justicia por consenso, en palabras del profesor Alba, que prescindía de todo procedimiento judicial legalizado y de posible defensa; una justicia popular, pues la justicia institucional era vista con recelo, al considerarla “burguesa”.

La respuesta a aquella violencia de las primeras semanas, arbitraria e irregular, antes ideológica o de clase, se hizo patente ya en agosto de 1936. El receló por los excesos y desmanes cometidos comenzó a calar fuertemente no solo entre buena parte de los ciudadanos, sino también entre los propios componentes de aquel desmoronado Estado republicano. Con el propósito de acabar con ella y canalizar los ánimos y el clamor de aquellos grupos y masas populares, las autoridades republicanas reunieron esfuerzos y emprendieron una serie de medidas legales que, a su vez, se enmarcaban en la labor de reconstrucción del Estado y la recuperación del monopolio del poder. Así, trató de regular, atendiendo a las circunstancias del momento, el Orden Público, la Administración de Justicia y los organismos e instituciones que velaban por el cumplimiento de las condenas, entre otros asuntos. El objetivo al respecto estaba claro: afrontar la represión contra los enemigos de la República desde la normalización y legalización.

Con todo, en la parcela de los tribunales, la reforma más importante fue la creación de los llamados Tribunales Populares para juzgar los delitos de rebelión y sedición y los cometidos contra la seguridad del Estado. La creación de un Tribunal Especial en Madrid por decreto de 23 de agosto de 1936, poco después de producirse el asalto de la cárcel Modelo, y su extensión en los días siguientes por el resto de las provincias leales a la República, significó el inicio activo de la represión legalizada y el control político y judicial en la retaguardia republicana.

SERGIO NIEVES CHAVES

A vueltas con el presidente (de los EEUU)

Panda de extremistas

“El presidente de los Estados Unidos envió este lunes al Congreso una propuesta de presupuesto para el ejercicio fiscal de 2020” que propone “una dotación de otros 8.600 millones de dólares para la construcción del polémico muro en la frontera con México” (El País, 12.03.2019).

La construcción del muro fue uno de los pilares de la campaña de Donald Trump y ahora, parece que le está trayendo grandes quebraderos de cabeza. No solo porque los demócratas con mayoría en el congreso estén en contra de levantar dicho muro, si también porque parece que la forma de gobernar del nuevo presidente, está dinamitando los cimientos del sistema político estadounidense. Cierto es también que, no parece afectarle demasiado. Bajo un discurso del “cueste lo que cueste”, ha amenazado con declarar la “emergencia nacional”. De esa manera, podrá seguir concentrando mayor poder ejecutivo y podrá levantar su muro por encima de las decisiones del Congreso y del Senado.

La viñeta que aparece al comienzo de esta entrada, la encontré mientras estaba preparando una clase sobre la revolución norteamericana. Como se puede apreciar en la imagen, el expresidente Barack Obama critica la limitación del poder ejecutivo. La crítica va dirigida a los padres fundadores de los Estados Unidos, que no parecen demasiado contentos con la dirección que estaba tomando su mandato.

Los padres fundadores, fue aquel grupo de hombres que firmaron la declaración de independencia (1776) y si se quiere, también aquellos que aprobaron la Constitución de Estados Unidos de América (1787). Entre los fundadores a los que se dirige Obama, he identificado al menos dos federalistas y autores de los The Federalist Papers o Los documentos federalistas: James Madison (4º presidente de los EEUU) y Alexander Hamilton.

The Federalist papers es una colección de artículos de prensa escritos a partir del año 1787, justo al final de uno de los períodos más complicados que vivieron los EEUU durante el proceso de independencia (“período crítico”). El objetivo de los firmantes de los artículos, que buscaron cobijo bajo el pseudónimo Publius, era la de crear una opinión pública favorable a la ratificación de la Constitución de los Estado Unidos (1789).

La redacción de la constitución y su posterior ratificación no fueron fáciles. El miedo generalizado a la amenaza de las antiguas monarquías europeas en decadencia y de una aristocracia anclada en los privilegios del pasado, hicieron que la república fuera el reflejo del “buen gobierno”, aunque tampoco estaba del todo claro cómo iba a ser esa república.

La mayoría de aquellos fundadores percibían el peligro de que una persona que aglutinara el poder, pudiera caer de nuevo en los vicios del viejo mundo. Esto hizo que la separación de poderes propuesto por Montesquieu unos poco años antes tomara cuerpo: el ideal democrático estaría a salvo mediante la república, y con ello, también se aseguraban de que la concentración del poder no degenerara en una tiranía.

Pero no todos estuvieron de acuerdo con ello. El debate tuvo su reflejo en el enfrentamiento entre los mencionados federalistas y los antifederalistas. Los antifederalistas fueron los partidarios de una unión mucho más laxa entre las antiguas colonias, con un Gobierno central débil que cumpliera con las funciones básicas y que no obstaculizara el día a día de los estados. Mientras tanto, los otros, los federalistas, utilizando el término de una manera muy inteligente, se hicieron pasar por aquellos que defendían una unión más fuerte pero que garantizara cierta autonomía a los estados. Se decantaron por un equilibrio entre la autonomía estatal y un poder central fuerte (algo contradictorio desde la perspectiva republicana europea del XVIII). Su pesquisa era la de crear una federación más robusta entre los estados mediante un gobierno central lo suficientemente fuerte como para que la unión no peligrara (política tributaria, relaciones internacionales, comercio, ejercito…). La nueva unión pues, alcanzaría la forma de una república federal, bajo la dirección de una única autoridad. El presidente, tendría poderes considerables, como el derecho a veto (que quiere imponer Trump), la de liderar el ejército o elegir a los funcionarios. Pero si el sistema político era lo suficientemente fuerte, no habría problema.

Como se sabe, el primer presidente elegido fue un veterano de la guerra de la independencia, George Washington. El propio Washington, que nunca vio de buen grado la formación de partidos políticos, dejó la presidencia después de la segunda legislatura, para que el poder no corrompiera al hombre. Seguramente debido al empeoramiento de su salud, pero lo cierto es que, mediante aquel gesto, respondió de manera republicana a las críticas que le identificaban con un pseudo-rey y dio comienzo a una tradición que ha llegado hasta la actualidad.

Como se decía al comienzo, parece que últimamente, en la Casa Blanca andan cortos de historiadores y que, por consiguiente, en la república más poderosa del mundo, el presidente no repara demasiado en el pasado. Trump sigue empeñado en que el presidente, por algo es el presidente. Tanto es así que, en su afán de llevar a cabo sus promesas electorales, ha sido capaz de poner de acuerdo a los demócratas y los republicanos: “senadores republicanos y demócratas contra la emergencia de Trump”, rezaba otro titular (El País, 05.03.2019). Y es que, si el congreso de mayoría demócrata rechaza la propuesta del presidente, parece que tampoco le irá mejor en el Senado: una docena de republicanos han anunciado su veto a la propuesta presidencialista de Trump para el 15 de este mes.

Según recoge el artículo mencionado, los republicanos tienen miedo a que los próximos presidentes puedan seguir la senda de Trump de concentrar cada vez mayor poder ejecutivo. El argumento del senador por Kentucky Rand Paul que recogía la prensa, era claro en este sentido: “Creo que [el presidente] está equivocado, (…) sino en su búsqueda de expandir los poderes presidenciales por encima de sus límites constitucionales”.

Quizás, tal y como me soltó un alumno en clase, las palabras del senador de Kentucky carecen de “credibilidad, que seguro que tiene algún lobby por detrás”. O puede que, más allá de la intransigencia presidencial, en los Estados Unidos de hoy en día, todavía quede algún resquicio del ideal republicano inicial, aquel que defendían los fundadores de hacer una “política democrática”. Veremos cómo termina la batalla entre la tiranía y la separación de los poderes.

Dos nuevas tesis doctorales sobre la historia de la democracia republicana

Existen muchas formas de calibrar la salud de un campo de investigación. El de los orígenes de la democracia y la movilización republicana en España, se ha mostrado como un ámbito considerablemente fértil desde hace algunas décadas. Sobre todo si se tiene en cuenta que otros temas de estudio con un impacto mucho más inmediato sobre el público han absorbido ―sin duda con justicia, y por eso seguirán haciéndolo― gran parte de la atención de los historiadores. En este sentido, que en los primeros meses de 2019 se hayan presentado dos nuevas tesis doctorales directamente relacionadas con las culturas del republicanismo español es una noticia muy positiva para quienes nos dedicamos al asunto. No solo porque con ellas se profundice en aspectos desconocidos sobre un tema que presenta todavía importantes lagunas e interrogantes, sino porque el debate, con ellas, se renueva y, por supuesto, también se enriquece. A ello contribuyen de manera brillante las tesis doctorales de Ester García-Moscardó y Óscar Anchorena Morales. Brillo que, de hecho, llamaba ya la atención en la trayectoria predoctoral de dos autores de gran solvencia investigadora.

La figura del publicista federal Roque Barcia Martí (1821-1885) protagoniza la tesis, dirigida por Jesús Millán y María Cruz Romeo, que Ester García-Moscardó presentó en la Universidad de Valencia el 28 de enero. Isabel Burdiel, Adrian Shubert y Florencia Peyrou componían un Tribunal de altura para una investigación que da en una tecla especialmente importante sobre la formación y la divulgación de las primeras formulaciones del republicanismo histórico en España. La aportación de Roque Barcia, en este sentido, fue crucial. Sus devaneos en la última fase de su vida pública ―por su papel instigador en la rebelión cantonal de 1873 y, sobre todo, por renegar públicamente de ella― lastraron el reconocimiento del publicista sevillano entre sus correligionarios. Su legado, en este sentido, no conservó el vigor de otros dirigentes como Pi y Margall, Salmerón o Ruiz Zorrilla. Sin embargo, es sumamente difícil comprender el desarrollo de la democracia republicana en el tercio central del siglo XIX sin tener en cuenta su ingente labor intelectual y propagandista. En ella se formaron gran parte de los republicanos de su tiempo, desde el primer Castelar hasta el último lector de La Democracia, El Círculo Científico o El Demócrata Andaluz.

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Entre las carencias de la historiografía sobre la historia de la democracia llamaba también la atención la inexistencia de investigaciones de verdadero calado sobre los republicanos de Madrid. Probablemente, la capital y la corte han oscurecido a una ciudad con dinámicas sociales y políticas propias. A resolver esta carencia contribuye Óscar Anchorena con su tesis sobre “El republicanismo en Madrid. Movilización política y formas de sociabilidad, 1874-1923”. Un trabajo largamente madurado en el que el fenómeno republicano se concibe como un movimiento social de base del que arrancan prácticas políticas, formas de protesta, de encuadramiento y de organización (casinos, círculos, tertulias, clubes…) en las que no importa tanto las divisiones de los partidos, como los espacios compartidos para construir una ciudadanía democrática. Algo que, en sí mismo, ya suponía un desafío ante un régimen, el de la Restauración, que constituía un dique frente al desarrollo de la democracia. Àngel Duarte, Rosana Gutiérrez Lloret, Luis P. Martin, Florencia Peyrou y Rubén Pallol componían otro Tribunal de altura para esta tesis doctoral, dirigida por Juan Pro Ruiz, que se leyó el pasado viernes 22 de febrero en la Universidad Autónoma de Madrid.

Es justo que en Historia y Culturas Republicanas nos hagamos eco de dos novedades tan significativas y prometedoras. También lo es dar la más sincera y sentida enhorabuena a Ester García Moscardó y a Óscar Anchorena Morales, compañeros en muchos foros. Es de esperar que también lo sean de este proyecto.