La República, el pueblo, sus cantares y algunos de sus cantores

“El pueblo, se ha dicho, es el mejor de los poetas, el más sublime de los cantores”. Así comenzaba Antonio García Vao uno de sus primeros artículos para Las Dominicales del Libre Pensamiento. Se titulaba “Los cantores del pueblo” y fue publicado en el número 25 del periódico que dirigían Fernando Lozano (“Demófilo”) y Ramón Chíes, correspondiente al 22 de julio de 1883. Era una de sus primeras colaboraciones en el semanario republicano, en el que ya habían aparecido algunas de las composiciones que dieron forma a su libro Ecos de un pensamiento libre (1885).

García Vao tenía poco más de veinte años cuando publicó este artículo. Sólo vivió tres más. A fines de 1886, como explicó Isidro Sánchez, “fue asesinado por un albañil a quien alguien había pagado, el mismo día en que publicaba un artículo contra las órdenes religiosas”. No fue, por cierto, el único periodista republicano asesinado en esos años. Así murió tres meses antes el progresista conquense Julián Albaráñez en las inmediaciones de su pueblo, Albaladejo del Cuende. También el ex diputado federal Emigdio Santamaría falleció en circunstancias similares en Vallecas, a mediados de 1882.

A pesar de su juventud, la firma de García Vao ya había adquirido una considerable reputación en la prensa madrileña como colaborador de El GloboLa Ilustración Española y Americana y otras cabeceras de relieve. Su labor intelectual era intensa y prometedora. Lo demuestra su actividad en 1885, cuando al margen de sus publicaciones periodísticas, dio a la imprenta un poemario, un tratado de filosofía grecorromana y otro de filosofía de la historia. Buena parte de su obra impresa (El monaguillo, La encubridora, Amor que mata la fe…) salió a la luz de manera póstuma.

García Vao era manchego, de Manzanares. También Demófilo, redactor de Las Dominicales —y, sin duda, una de las referencias fundamentales para comprender la cultura republicana y la movilización anticlerical en la Restauración—, procedía de la provincia de Ciudad Real. Es significativo que Lozano usara como seudónimo en los periódicos su nombre simbólico de la masonería: “amante del pueblo”. Como él, García Vao era masón y se reconocía librepensador y amante del pueblo. De ello trata su artículo “Los cantores del pueblo”. De hecho, toda su obra trata de ello.

Antonio Rodríguez García Vao

“Los pueblos artistas difícilmente serán esclavos”, era la conclusión del artículo. Es difícil no encontrar “el pueblo”, idealizado como una entidad por naturaleza libre y buena, en el centro de las reflexiones republicanas. Enfrentado a la oligarquía explotadora o al clero corruptor, se identificaba, conforme a este esquema, con la virtud, siempre amenazada por el influjo de la esclavitud y la superstición; tendente, siempre, a la libertad y al progreso. De ahí el interés que muchos intelectuales demócratas mostraron hacia las diferentes expresiones de la cultura popular, en las que buscaban un reflejo necesariamente sencillo de esa virtud natural y espontánea del buen pueblo.

La tradición popular no podía ser en su origen un registro de valores de sumisión, de fanatismo o superstición, ni un lastre reaccionario en la vocación popular hacia la libertad: “es muy de notar que lo que menos ha inspirado al pueblo español ha sido la religión, a pesar de habérsele tenido por católico ferviente. Es más; muchos de sus cantares lo que muestran e indican es poco respeto a la religión”. Por eso García Vao, al hablar de sus cantares, los caracterizaba, basándose en una coplilla sobre el Cid, como “la representación más genuina de nuestro carácter independiente y republicano”.

Más allá de las aristas interpretativas que conlleva este análisis republicano acerca de lo popular, lo verdaderamente relevante es comprobar cómo se extendió una sensibilidad preocupada por registrar las expresiones de lo que comenzaba a definirse como “folk-lore” desde una perspectiva progresista. Un propósito que, a la vez, implicaba reconocer la dignidad del género en sus diversas manifestaciones, y su reivindicación. A ello dedicó gran parte de su vida otro Demófilo, Antonio Machado Álvarez, uno de los principales impulsores de los estudios folcloristas en la España de fin de siglo.

A este “Amante del pueblo”, miembro de una saga de intelectuales vinculados con el liberalismo radical en el Sexenio y con el institucionismo en la Restauración, le dedicó algunas páginas Ian Gibson en su biografía sobre su hijo Antonio (Ligero de equipaje, 2007). Seguramente merece algunas más. Estirando del mismo hilo podría, por ejemplo, llegarse a otro interesante intelectual republicano, volcado en el estudio del folclore de su comarca y convencido de que en la esencia de lo popular podían también encontrarse claves para la convivencia democrática. Hablo de Luis Ríus Zunón.

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Luis Ríus Zunón (1901-1974)

No me voy a detener mucho en él. Nació en Tarancón (Cuenca) en 1901. Su carrera política le llevó, durante la Segunda República, al gobierno civil de diversas provincias. De la suya, entre otras. La guerra le obligó a exiliarse y murió en México en 1974. En la actualidad, su figura y su obra ha sido rescatada desde la perspectiva de los estudios literarios gracias a los esfuerzos de César Sánchez Ortiz, Pedro Cerrillo y María Olmedilla. De los barrios pobres de Tarancón, al exilio, Ríus se llevó la música. Allí la conservó. Y de allí, de vuelta, se la trajo Javi Collado, la voz de “Zas-Candil!“. A su manera, otro “Demófilo”. El documental, “Memorias transatlánticas“, incluido en su segundo disco (En el camino, 2018), explica con detalle esta peripecia.

La música y la poesía, en el caso de Ríus, fueron un remedio contra el desarraigo y sus heridas; un puente cultural entre su pueblo y el destierro. De paso, conservó y desarrolló una tradición que, al otro lado del Atlántico, seguía su propio camino. De ese buen pueblo de la tradición progresista, de la virtud que los republicanos identificaron en sus esencias, de su vocación independiente y libre, de su dignidad, habla el pasodoble “Al baile“: “Al de los ricos no voy / voy al baile de los pobres / que los ricos bailan sólo / lanceros y rigodones / Yo no se hacer reverencias / propias de la gente noble / porque me brinca la sangre / en cuanto oigo dos acordes”.

El regreso de los exiliados republicanos a fines del siglo XIX

En mayo de 2015, la Universidad de Pau et des Pays de l’Adour celebró un congreso multidisciplinar en torno al amplio concepto del retorno. Participé —después de equivocarme de fechas, de convencer a mi primo Eduardo para que me llevara en coche desde San Sebastián, de confundirme de mesa de inscripción (aún me pregunto en qué me apunté, pero puse diez pavos) y de ser rescatado por Roberto Ceamanos (le reconocí por la calle gracias a la foto de la solapa de un libro sobre la Comuna que estaba leyendo) y Óscar Álvarez Gila mientras buscaba mi hotel— con una comunicación sobre el regreso de los militares republicanos que se habían exiliado en Francia tras las rebeliones de 1883 (Badajoz y Seu d’Urgell) y 1886 (Madrid). Con Óscar he vuelto a coincidir. A Roberto aún le debo 20 euros (llegué solo con los 10 que me dejé en nosequé y no había cajero a mano para pagarme la cena). Lo que me queda de aquello es un gran recuerdo de ambos, y también de Laurent Dornell, organizador del congreso, de Hélène Finet, que coordinó mi mesa y de la pizzería portuguesa que había frente al hotel.

Los organizadores tuvieron la estupenda idea de grabar todas las intervenciones, compartirlas con los participantes y colgarlas en Médiakiosque. El propósito de esta entrada era, de un lado, rescatar esa intervención y, de otro, probar el formato video que, al parecer, requiere de un tipo de cuenta del que no disponemos en Historia y Culturas Republicanas. Pero nada puede detenernos, y resolver ese inconveniente es tan sencillo como pinchar aquí. No es mi mejor perfil y, probablemente, tampoco fue mi mejor día. Pero, quien esté interesado en el exilio republicano de fines del XIX —no somos muchos los que tenemos esa clase de desvelos, pero quién sabe—, encontrará algunas ideas sobre el problema del retorno. Además tardará menos en ver este video que en leer el capítulo de libro que salió de esta comunicación.

 

 

Una equilibrada y necesaria aproximación a la figura de Gumersindo de Azcárate

Hace pocos meses vio la luz un nuevo conjunto de aproximaciones a la figura de Gumersindo de Azcárate, sin duda un intelectual clave en la configuración del movimiento republicano de fines del XIX y comienzos del XX, si bien su proyección va mucho más allá de la militancia política.

La obra, coordinada y editada por los profesores Francisco Carantoña Álvarez y Francisco M. Balado Insunza, prosigue el surco abierto por diversos autores desde mediados de los años 80 del pasado siglo entre los que, seguramente, debería destacarse el monográfico, fruto de su tesis doctoral, que le dedicó Gonzalo Capellán de Miguel desde el prisma de la biografía intelectual. El anterior es, precisamente, uno de los autores que contribuyen a esta equilibrada compilación de aproximaciones sobre un personaje que integra múltiples facetas, desde la labor docente a la militancia política, el activismo y el trabajo doctrinal, el pensamiento y la obra institucional.

Al anterior se suman los propios editores, buenos conocedores de la trayectoria de Azcárate y del contexto político y social de la España del XIX, así como de su León natal. Javier Moreno Luzón, Manuel Suárez Cortina, Francisco J. Laporta, Elena Aguado Cabezas, Ángeles Barrio Alonso, Juan Ignacio Palacio Morena y Jorge Hoyos Puente completan una nómina perfectamente meditada para abordar desde diferentes ángulos los principales significados del mejor representante del krausismo y el reformismo social en la España del cambio de siglo.

Merece la pena recoger, como balance y anticipo de esta obra colectiva, las palabras con las que el propio Francisco Carantoña, catedrático de historia contemporánea en la Universidad de León, cerró una entrevista sobre Azcárate realizada por Cristina Fanjul para el Diario de León el 28 de julio de 2019:

“Azcárate tenía auténtico sentido de Estado, por encima de partidismos. Era un verdadero liberal, que defendía el derecho de todos los partidos a ser legales y a exponer sus ideas, por muy distante que estuviese de ellas. Lógicamente, era también un defensor de la libertad de conciencia, del derecho a practicar cualquier fe religiosa y de la laicidad y neutralidad del Estado en este terreno. Era profesor, pedagogo, y confiaba en la educación como instrumento de progreso. Era progresista en el mejor sentido del término, confiaba en la ciencia y en la capacidad del ser humano para crear e innovar. Tenía un profundo sentido ético, que le llevaba a condenar cualquier tipo de corrupción, creía que no se podía separar la moral privada de la pública. Todo ello sigue siendo plenamente actual, es intemporal. Por eso sus escritos, independientemente del interés académico, se reeditan y pueden ser leídos con gusto un siglo después de su muerte”.

El índice completo de la obra puede consultarse aquí. Y aquí, las cubiertas, prólogo e índice. El libro, de 414 páginas, fue publicado en 2019 por el Instituto Leonés de Cultura.

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Gumersindo de Azcárate por Joaquín Sorolla

Dos nuevas tesis doctorales sobre la historia de la democracia republicana

Existen muchas formas de calibrar la salud de un campo de investigación. El de los orígenes de la democracia y la movilización republicana en España, se ha mostrado como un ámbito considerablemente fértil desde hace algunas décadas. Sobre todo si se tiene en cuenta que otros temas de estudio con un impacto mucho más inmediato sobre el público han absorbido ―sin duda con justicia, y por eso seguirán haciéndolo― gran parte de la atención de los historiadores. En este sentido, que en los primeros meses de 2019 se hayan presentado dos nuevas tesis doctorales directamente relacionadas con las culturas del republicanismo español es una noticia muy positiva para quienes nos dedicamos al asunto. No solo porque con ellas se profundice en aspectos desconocidos sobre un tema que presenta todavía importantes lagunas e interrogantes, sino porque el debate, con ellas, se renueva y, por supuesto, también se enriquece. A ello contribuyen de manera brillante las tesis doctorales de Ester García-Moscardó y Óscar Anchorena Morales. Brillo que, de hecho, llamaba ya la atención en la trayectoria predoctoral de dos autores de gran solvencia investigadora.

La figura del publicista federal Roque Barcia Martí (1821-1885) protagoniza la tesis, dirigida por Jesús Millán y María Cruz Romeo, que Ester García-Moscardó presentó en la Universidad de Valencia el 28 de enero. Isabel Burdiel, Adrian Shubert y Florencia Peyrou componían un Tribunal de altura para una investigación que da en una tecla especialmente importante sobre la formación y la divulgación de las primeras formulaciones del republicanismo histórico en España. La aportación de Roque Barcia, en este sentido, fue crucial. Sus devaneos en la última fase de su vida pública ―por su papel instigador en la rebelión cantonal de 1873 y, sobre todo, por renegar públicamente de ella― lastraron el reconocimiento del publicista sevillano entre sus correligionarios. Su legado, en este sentido, no conservó el vigor de otros dirigentes como Pi y Margall, Salmerón o Ruiz Zorrilla. Sin embargo, es sumamente difícil comprender el desarrollo de la democracia republicana en el tercio central del siglo XIX sin tener en cuenta su ingente labor intelectual y propagandista. En ella se formaron gran parte de los republicanos de su tiempo, desde el primer Castelar hasta el último lector de La Democracia, El Círculo Científico o El Demócrata Andaluz.

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Entre las carencias de la historiografía sobre la historia de la democracia llamaba también la atención la inexistencia de investigaciones de verdadero calado sobre los republicanos de Madrid. Probablemente, la capital y la corte han oscurecido a una ciudad con dinámicas sociales y políticas propias. A resolver esta carencia contribuye Óscar Anchorena con su tesis sobre “El republicanismo en Madrid. Movilización política y formas de sociabilidad, 1874-1923”. Un trabajo largamente madurado en el que el fenómeno republicano se concibe como un movimiento social de base del que arrancan prácticas políticas, formas de protesta, de encuadramiento y de organización (casinos, círculos, tertulias, clubes…) en las que no importa tanto las divisiones de los partidos, como los espacios compartidos para construir una ciudadanía democrática. Algo que, en sí mismo, ya suponía un desafío ante un régimen, el de la Restauración, que constituía un dique frente al desarrollo de la democracia. Àngel Duarte, Rosana Gutiérrez Lloret, Luis P. Martin, Florencia Peyrou y Rubén Pallol componían otro Tribunal de altura para esta tesis doctoral, dirigida por Juan Pro Ruiz, que se leyó el pasado viernes 22 de febrero en la Universidad Autónoma de Madrid.

Es justo que en Historia y Culturas Republicanas nos hagamos eco de dos novedades tan significativas y prometedoras. También lo es dar la más sincera y sentida enhorabuena a Ester García Moscardó y a Óscar Anchorena Morales, compañeros en muchos foros. Es de esperar que también lo sean de este proyecto.

La mujer en la obra de Pablo Correa y Zafrilla: adelanto de un libro

Portada Correa y Zafrilla

En pocas semanas la editorial Almud sacará a la luz una biografía del publicista federal Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888), un nombre prácticamente desconocido fuera del estrecho ámbito de los historiadores del movimiento republicano, aunque su aportación al desarrollo de la cultura democrática en la España contemporánea fue, en algunos aspectos, crucial. Correa fue el primer traductor al castellano de El Capital y autor de una ingente masa de artículos repartidos en las columnas de todos los periódicos del Partido Republicano Federal en el último cuarto del siglo XIX. Solo un libro, inacabado y publicado tras su muerte, condensó su pensamiento, deudor en gran medida del de su mentor, Francisco Pi y Margall, aunque sus conclusiones eran considerablemente más avanzadas en determinadas materias. Era el caso de su respuesta frente a la cuestión social o al papel social y político de la mujer. Precisamente sobre esta temática tratan las líneas que siguen, tomadas de uno de los últimos capítulos del libro. Sirven, por ello, de adelanto de esta inminente publicación.

La mujer en la obra de Pablo Correa y Zafrilla:

En las culturas republicanas de fin de siglo, el papel reservado a la mujer tuvo una articulación considerablemente paradójica. De un lado, las agrupaciones democráticas dieron cobijo a las primeras feministas laicas, procurándoles, como señala María Pilar Salomón, “la oportunidad de que sus presupuestos sobre la importancia de la educación para la emancipación femenina llegaran a un público más amplio” (2005: 111). De otro, las imágenes más generalizadas sobre el papel social y político de la mujer en los discursos republicanos distaron de representar un verdadero ideal emancipador. Por el contrario, tendieron a construir un estereotipo sobre la feminidad que, en esencia, se apartaba poco del modelo hegemónico de subordinación de la mujer al hombre y de reclusión de su función social al espacio doméstico.

Más allá de esta coincidencia en el “canon de la domesticidad”, sí pueden encontrarse variantes reseñables entre el discurso sobre la mujer elaborado por las diferentes sensibilidades republicanas y el que desde los sectores más conservadores se defendía. De hecho, es también posible hallar voces, dentro del movimiento democrático, que rompían con los esquemas hegemónicos de sus propios correligionarios para avanzar hacia un horizonte de liberación política y social más ambicioso. Por supuesto, era el caso de las mujeres que, ya desde las décadas centrales del siglo, se adscribieron a las posiciones republicanas (Espigado Tocino: 2005; Penche: 2009-2010). Desde ese espacio contribuyeron a abrir camino hacia la igualdad en la esfera pública y, también, en el la privada. A ello ayudaron también los militantes que asumieron el reto de la emancipación de la mujer como un objetivo central del republicanismo.

Uno de ellos fue Pablo Correa. En un momento en el que el feminismo pre-sufragista se desarrollaba en torno al eje del librepensamiento, Correa ya defendía abiertamente la emancipación de la mujer en la familia así como el sufragio femenino. La suya no era una voz aislada, pero tampoco representaba el sentir mayoritario de su partido. Esto no significa que su pensamiento estuviera totalmente libre de estereotipos de género, como los que identificaban al hombre con capacidades como la fuerza y la inteligencia, y a la mujer con la intuición y el sentimiento. Esta retórica del “sexo fuerte” y el “bello sexo”, extendida a todas las culturas políticas del momento, incluidas las de signo progresista (Mira Abad, 2005: 86-87 y 91) aparecía en diferentes pasajes de Democracia, federación y socialismo. Con ellas, Pablo Correa y Zafrilla defendía una idea de complementariedad entre sexos, más que de verdadera igualdad:

“El varón es robusto y fuerte; la mujer, delicada y bella; el primero es, ante todo, pensador, activo y reflexivo […]; mientras que la segunda siente principalmente y sus ideas llevan indeleble el sello de la espontaneidad y del sentimiento; el uno tiende con preferencia a lo general, libre, expansivo; la otra busca sus goces y hace brillar su genio en la intimidad del alma y del corazón; aquel raciocina, discurre; ésta ve y adivina. El varón tiene corazón, pero su gran facultad es, sin duda alguna, la inteligencia; la mujer no carece de inteligencia, pero su órgano especial es el corazón […] ¿Es inferior la mujer? Tanto valdría preguntar, si de los colores de la luz son los unos inferiores a los otros. Son iguales el varón y la mujer, y sus propiedades se ajustan y convienen entre sí con admirable exactitud, tanto que, suprimido el uno, aparece menoscabado el hombre, que no es ni pudo ser jamás, sino la unidad, el conjunto, la síntesis de los dos” (1886: 22).

En este punto concreto, Correa retomaba los argumentos que Pi y Margall había expuesto a fines de 1868 en su conferencia sobre la misión de la mujer en la sociedad. “En el hombre ―afirmaba― hay tres grupos de facultades, o por mejor decir, tres fuerzas: la inteligencia, la actividad y el sentimiento” (1868: 6). Dichas fuerzas estaban presentes en todos los individuos, aunque se manifestaban en distinto grado conforme a las configuraciones naturales peculiares a cada sexo: “la principal misión de la mujer está en fortalecer el sentimiento, en alimentarle, en darle fuerza, en hacerle la base de la actividad y de la inteligencia” (1868: 8). Pi y Margall se refería, concretamente, a la actividad y la inteligencia del hombre, a quien la mujer, “todo amor, todo sentimiento”, debía consolar en sus esfuerzos, contrariedades y desengaños cotidianos.

No debe extrañar, por tanto, que el dirigente federal no reconociera para la mujer un papel político activo:

“¿Se quiere entonces, se me dirá, que la mujer sea también política? ¿Se quiere que la mujer tercie también en las ardientes luchas de los partidos? No, a buen seguro; no creo que la mujer deba nunca mezclarse en nuestras sangrientas luchas civiles; no creo ni aún que deba tomar parte en esas manifestaciones ruidosas que de algún tiempo acá vemos entre nosotros; no creo ni que deba hacer exposiciones en pro ni en contra de tales o cuales principios que se estén agitando; pero creo, sí, que puede y debe influir en la política, sin separarse del hogar doméstico” (1868: 9).

Precisamente en esos momentos, cuando la Septembrina había abierto las compuertas de la participación democrática y había llenado de promesas de reforma radical las expectativas de la ciudadanía, las mujeres salieron a la calle para exigir el fin de los impuestos indirectos y de las quintas. Entre ellas, también fueron muchas las que se aproximaron a la órbita del federalismo para defender la libertad religiosa y la República (Espigado Tocino, 2005: 34). De ahí el surgimiento de la Asociación Republicana de Mujeres de Madrid, del club republicano femenino de Alicante (Gutiérrez Lloret, 1985: 101) o el Club Mariana Pineda de Cádiz. Las trabajadoras del textil en Valencia, de la seda en Sevilla, las sombrereras de Valladolid, las lavanderas de Cádiz y las cigarreras de la fábrica de los Larios no dudaron en acudir a la huelga para luchar por la mejora en sus condiciones de trabajo. Más adelante, la presencia femenina sería también tangible en las rebeliones cantonales.

No parece que Pi y Margall se sintiera completamente conforme con ese activismo femenino, por más que reforzara la propia causa federal. Su tesis era clara: el espacio público no era el de la mujer que, eso sí, podía influir en la política desde su esfera natural: el hogar. Era en su papel de madre donde Pi, como muchos de sus contemporáneos, comprendía que la mujer debía servir a la causa de la república, mediante la educación de los hijos en principios racionalistas. En la reproducción, también de los valores éticos y políticos, radicaba la misión de la mujer: “cuando brilla más especialmente la mujer es cuando se dedica a formar la conciencia de ese niño para hacer de él un ciudadano bueno y un hombre probo” (12). De ahí la necesidad de universalizar la educación en materias como las ciencias naturales, la higiene o la moral.

Estas ideas seguían plenamente vigentes en el movimiento republicano de la década de 1880. “En ese mismo tiempo ―escribe Luz Sanfeliu, en referencia al momento posterior a la reorganización federal de 1882―, en los círculos republicanos, los hombres difundían mayoritariamente modelos de feminidad que abundaban en el valor de las mujeres en el ámbito familiar”. Pero, a la vez, en esos momentos se hizo cada vez más patente el discurso masculino que, de manera exagerada, enfatizaba “las dependencias femeninas de la religión católica” (2008: 66-67). La supuesta subordinación de la mujer al clero se convirtió en un tópico desmesuradamente recurrente en la prensa republicana a la hora de abordar la “cuestión femenina”.

Así lo refleja la serie de artículos anónimos que publicó La Vanguardia, el periódico federal en el que Correa y Zafrilla escribía, a mediados de 1883. La necesidad de recabar el apoyo de la mujer para la causa democrática, en competencia directa con el movimiento católico, estaba presente en uno de ellos, titulado “Las mujeres en la Revolución”. Sus argumentos partían de la convicción de que “la imperiosa necesidad” de ganar “auxiliares para la difusión y el triunfo” de la república federal, “la mujer, convenientemente instruida, sería un poderoso elemento de propaganda, conforme lo es hoy, supeditada a la perniciosa influencia del confesionario, de poderoso auxilio para el fanatismo y para el error” (8-4-1883). El mismo artículo reafirmaba la idea de domesticidad y de subordinación a la misión política del hombre en una disertación plagada de pinceladas misóginas:

“Hay que prescindir por completo de la mujer, hay que relegarla a la condición de un mueble de uso indispensable; negarla todo derecho y toda participación en la vida pública y cerrar los ojos y los oídos a sus gracias y a sus sugestiones, o hay que educarla convenientemente y al nivel del hombre, para que le sirva de útil y de poderosa ayuda. La empresa no es difícil. Las felices disposiciones que la mujer presenta para instruirse, pueden estimularse halagando su amor propio, que tan fácil es de despertar en los caracteres impresionables. La mujer es muy sensible a la gloria y al aplauso. La que a las gracias del cuerpo reúna las dotes del espíritu; la que a un hermoso semblante junte la magia del divino don de la palabra, puede aspirar al triunfo y a la gloria que sólo hoy obtienen algunos seres privilegiados sobre las tablas de un teatro” (La Vanguardia, 8-4-1883).

La lógica universalista de la democracia federal chocaba, de este modo, con la convicción de que la mujer se encontraba en un estado de dependencia respecto a quienes se identificaba como los enemigos del progreso. Más de una vez, los artículos de La Vanguardia esgrimieron que las sugestiones de la mujer, por medio de la seducción, habían trastocado importantes decisiones políticas de los gobernantes en sentido, por supuesto, reaccionario. Un argumento peregrino, pero que gozó de considerable predicamento y sirvió para enriquecer el arsenal de pretextos con los que dilatar el acceso de la mujer a la arena pública. De ello daba cuenta otro artículo de La Vanguardia, titulado “La educación de la mujer”:

“No es por medio de los derechos políticos, ni por la igualdad de los sexos como se conseguirá levantar a la mujer de su ignorancia y postración. Los derechos políticos serían hasta un peligro en manos de las mujeres. Hablamos para lo presente, no para lo futuro, cuando la inteligencia femenina se halle completamente cultivada y en perfecto desarrollo.

¿A qué influencias obedece hoy todavía la mujer? A las influencias clericales. Por esto en la actualidad el arma de los derechos políticos en manos de la mujer sería un elemento peligroso, un elemento de retrogradación, tanto más expuesto cuanto que la seducción contra el bello sexo sería un auxiliar poderoso de los enemigos de la luz […].

Para el partido republicano, la cuestión de educar a la mujer es una cuestión capital. Educando a la mujer, se educa al hombre” (20-5-1883).

Educación y laicismo se convirtieron en dos principios fundamentales, desde el prisma republicano, para la liberación de la mujer. Pero no se trataba de alcanzar su emancipación en todos los órdenes de la vida, sino en el de la conciencia, que los republicanos creían sujeta al confesionario (Sánchez Collantes, 2014a: 69). Se establecía, de este modo, un término dilatorio para el reconocimiento de sus derechos políticos. Este tipo de argumentos, como recuerda María Pilar Salomón, “sirvieron de mecanismos de control social utilizados para reforzar los modelos de género existentes”. Pero, al mismo tiempo, “espolearon a una minoría, fundamentalmente femenina, a luchar por la emancipación de las mujeres” (2005: 104). Ese movimiento laicista de las mujeres librepensadoras y republicanas ―con frecuencia masonas, en ocasiones, también, espiritistas―, sería la antesala del feminismo sufragista (Ramos, 2005).

Correa y Zafrilla, en algunos aspectos, se apartó de los anteriores esquemas ideológicos. No entendía que las mujeres estuvieran más sometidas a la ignorancia y a la influencia clerical que los hombres. Para él, esa era más bien una situación generalizada que impedía el desarrollo de una conciencia cívica democrática. Correa concebía la libertad como un derecho inherente a la personalidad humana, pero también como una capacidad reservada a quienes podían obrar conforme a su voluntad y, a la vez, someter la voluntad al dictado de la razón, de la conciencia emancipada del dogma: “la libertad consiste en la conformidad de la voluntad con la razón, unión que constituye la virtud” (1886: 41). Por ello, la generalización de la educación cívica se concebía como una precondición de la verdadera libertad para hombres y mujeres.

Podría, de acuerdo a la anterior reflexión, concluirse que el reconocimiento de los derechos políticos tanto para los hombres como para las mujeres debía aplazarse hasta que se lograra la universalización de la instrucción. Pero Pablo Correa, por el contrario, entendía que “el procedimiento para hacer pueblos libres es el de la libertad y nada más” (1886: 147). En coherencia con dicho aserto, las oportunidades políticas que ofrecía el establecimiento de la República Federal no podían reservarse a la mitad masculina de la comunidad. Por eso atribuía al Estado la obligación de universalizar la educación y de cambiar “el derecho de matrimonio y de familia, reformando esta institución hasta emancipar a la mujer” (1886: 210). A la vez, defendía el sufragio como un “derecho de mandato” del que no podían ser excluidas las mujeres:

“Respecto de la mujer, no hay razón fundamental, como ya sostienen muchos y eminentes escritores de Europa y América, para excluirla del goce de éste y de los demás derechos políticos; sobre todo, nadie podrá explicar, por qué no gozan derecho de sufragio las que son cabezas de familia, dirigen una numerosa familia, una casa de labranza, un comercio, una industria cualquiera, todo lo cual supone más capacidad de la que se le atribuye. La emancipación de la mujer es una necesidad política y moral de los tiempos modernos. En América, en algunos Estados de la Unión, gozan del derecho electoral activo y pasivo las mujeres sin ningún tipo de inconveniente. No lo ejercen todas, sino las que se sienten con aptitud y condiciones, como sucede con el sexo fuerte. Es una contradicción que se niegue a la mujer todo derecho político donde puede ser jefa del Estado, sin que tal privilegio pueda explicarse mejor que otras tantas odiosas o ridículas injusticias” (1886: 175).

Dos años más tarde de que Correa escribiera estas líneas, Pi y Margall usó argumentos similares para referirse al voto femenino, marcando de este modo una importante distancia respecto a su disertación sobre la mujer de 1868. Esa oscilación es una muestra de la manera en que “el republicanismo se mostró como un crisol de contradicciones” sobre el encaje social y político que la mujer debía ocupar en su discurso (Sánchez Collantes, 2014a: 75). Contradicciones presentes también en los debates que llevaron a la aprobación de los proyectos constitucionales debatidos en las asambleas regionales y nacionales del partido en la década de 1880. Cuatro de estos proyectos llegaron a recoger el sufragio femenino, aunque con significativas restricciones: el catalán, el gallego, el andaluz y el extremeño.

En el caso andaluz, las mujeres debían tener estudios medios para votar. El proyecto de Cataluña, por su parte, elevaba ese requisito censitario a la posesión “de un título académico o profesional”, condición con la que discreparon algunos de los delegados del partido presentes en el Congreso Regional catalán de 1883. Uno de ellos aseguraba que la capacitación profesional de la mujer no constituía una “garantía de professió d’ideyas lliberals y despreocupació de confessionari”. El de Galicia pedía únicamente que “la mujer mayor de 20 años” demostrara estar “instruida en las materias que abraza la segunda enseñanza, o la técnica, o, cuando menos, presente certificado de haber cursado y probado un grupo de asignaturas comprendido en la sección de ciencias naturales, físico-matemáticas” (Sánchez Collantes, 2014b: 449-459).

Eran, por supuesto, extremadamente pocas las mujeres que cumplían estas condiciones en el conjunto de España. En este sentido, hubo representantes del federalismo gallego que defendieron el sufragio femenino sin ningún tipo de restricción. Así, José Porto García aseguró “no comprender cómo la Comisión pudo restringir el derecho electoral al exiguo número de mujeres adornadas con un título académico o punto menos”, si no podía dudarse de que la mujer se hallaba “constituida física y moralmente como el hombre”. Pedía, por ello, que la asamblea gallega reconociera “a todas las mujeres el derecho electoral sin limitación alguna”. Su enmienda fue rechazada por los federales gallegos. Algo más avanzada, aunque dentro de idénticos criterios censitarios, fue la postura de sus correligionarios extremeños, que extendieron el derecho al voto “a todas las cabezas de familia mayores de veinticinco años”.

Voces como las Correa y Zafrilla, en definitiva, fueron minoritarias, pero se hicieron oír en el largo debate sobre la emancipación de la mujer y su acceso a la arena de la ciudadanía en igualdad plena con los varones. Fue, en este sentido, representante de un temprano “feminismo de hombres” que, junto al esfuerzo de un importante número de librepensadoras y republicanas, contribuyeron a situar la liberación de la mujer en el debate público. Se adelantaron, en este sentido, a otras voces más conocidas, como las de Adolfo Posada, que en 1899 publicó su libro, Feminismo; y Francos Rodríguez, autor de La Mujer y la política españolas (1920). El voto de la mujer, sin embargo, tardaría en convertirse en un objetivo para los partidos republicanos, que, pese a la importante presencia femenina en sus filas, nunca encontraron una posición unánime al respecto.

El exilio amarga: un líder republicano de cerca IV

“Aquello se va”, le dice Ruiz Zorrilla al doctor Betances. Hablan de Cuba: “hay mucha agitación”, le revela. La hay, se entiende, entre los gobernantes españoles. Es el 16 de marzo. Los apuntes no indican el año, pero podría haber sido cualquiera. Cuba gravitó constantemente sobre las preocupaciones de la monarquía. Ni siquiera el fin de la Guerra Larga las calmó. Podría decirse que Ruiz Zorrilla —así lo entendió, al menos, el historiador Julio Salom— y la conservación de las colonias, determinaron la estrategia de la Restauración en política exterior, lo que equivale a decir que la política interior condicionó la diplomacia española durante al menos cinco lustros.

“Aquello se va y me alegraría que se fuera mientras dura esta situación en España”, reconocía Ruiz Zorrilla a su médico. No deseaba, desde luego, que la futura República que aspiraba a dirigir se encontrara desde su nacimiento con un conflicto colonial de solución prácticamente imposible. Pero, a la vez, era consciente de que ese conflicto podía llevarse por delante la monarquía de los Borbones. Al fin y al cabo, la cuestión cubana determinó la caída del proyecto de monarquía democrática encarnada en Amadeo I y propició la llegada de la Primera República en febrero de 1873. Y “aquello”, el dominio español sobre las Antillas, se fue, en efecto, mientras “la situación” duraba. Pero ni Ruiz Zorrilla lo vio marchar, ni sus seguidores aprovecharon la coyuntura para acabar con “la situación”.

El exilio ofrece un amplio horizonte para ilusiones y esperanzas, pero da poco margen a las alegrías. Lo que recogió Ruiz Zorrilla, por el contrario, fueron desengaños, derrotas, desilusiones a manos llenas y una enorme frustración. Sobre todo porque en algunos momentos su triunfo no estuvo lejos. Lo rozó en agosto de 1883 y, quizá, a fines de 1884. Pero las oportunidades se sucedían y esfumaban una tras otra. La posibilidad de la revolución aparecía cada día más remota. Por eso resulta tan difícil de explicar que Ruiz Zorrilla no se dejara de una vez vencer por el desánimo. Él mismo era consciente del efecto destructivo que su interminable destierro acarreaba.

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El exilio amarga, envenena, corroe. El exilio, mientras dura, es derrota y, por eso, destruye. Pero incluso el rencor amasado en largos años de pelea contra el Estado monárquico puede convertirse en combustible para proseguir la lucha. Así lo reflejan sus palabras del 17 de septiembre de 1889.

El señor Ruiz Zorrilla me dijo hoy:

-Me han engañado de tal modo, que hoy deseo más hacer la revolución por vengarme de mis enemigos que por servir a mis amigos.

-Sí –le dije-; pero esa impresión la borrará el tiempo.

-No lo crea usted –me contestó-. Yo me conozco. Y luego eso sería un buen ejemplo para hacer respetar mi gobierno.

(Otras veces me ha confesado que si tuviera que volverá empezar se guardaría mucho de sacrificarse. La humanidad, ha añadido, no merece esos sacrificios).

Le dije que un periodiquito, la Gaceta española, anunciaba su entrada en Madrid.

Sí, me contestó; el otro día me dijo un conservador que viera lo que decía La Época, “que un gran patriota como yo sabría hacer ese sacrificio a sus convicciones”, y yo le contesté: “cuando uno quiere tirarse a una mujer, empieza por decirla que es bonita, y buena, y hermosa, etc.; y después que se la ha tirado, la echa de su lado”.

Era cierto que el trono y sus gobiernos, en repetidas ocasiones, trataron de seducir a Ruiz Zorrilla, de llevarle de vuelta a España, incluso ofrecerle la posibilidad, remota, de llegar a gobernar. También sabía perfectamente hasta qué punto el regreso en esas condiciones era un descrédito para el proyecto político que representaba. Y sabía, por último, que todo ello no era más que un engaño. A esas alturas ya no existía la posibilidad de un regreso honroso, ni siquiera para retirarse de la política. Lo que a Ruiz Zorrilla le quedaba por delante no era más que la ilusión, poco verosímil, del triunfo y la certeza de la derrota, a la que no terminaba de acostumbrarse.

Eduardo Higueras Castañeda

Un líder republicano de cerca (III): la Vívora de Asnières y el Ogro Revolucionario

Uno nunca debería fiarse al cien por cien de lo que se afirme en un libro firmado por la “Vívora de Asinières”. A caballo entre los siglos XIX y XX, Luis Bonafoux es un emblema de la bohemia y de la polémica periodística. Basta recordar la diatribas que dedicó a Leopoldo Alas en su ruidoso panfleto Yo y el plagiario Clarín. El ruido y algo de mala intención también le acompañaron en la política. Durante sus años parisinos, se le acusó de vender confidencias a la Embajada sobre los revolucionarios españoles, con quienes solía pasar el tiempo. Hay pocas dudas de que así era, y no era el único. En sus crónicas abundan las referencias a los emigrados, pero nunca estuvo en el entorno próximo de Ruiz Zorrilla, un nombre que halagaba y enfangaba por partes iguales. Así lo pintaba en un artículo que se publicó el 13 de marzo de 1895 en El Correo de Puerto Rico:

Desgraciadamente el señor Ruiz Zorrilla, a pesar de sus eximias condiciones, a pesar también de su gran corazón, no era generoso de dinero. Rico, con 27 casas en Madrid, y con muchos miles de duros en el Banco, don Manuel no pudo impedir en ningún tiempo que pasasen hambre el puñado de valientes que jugaron por él la fortuna, la carrera y la cabeza. España, que por otras condiciones merece aplausos, es el país más económico de Europa, y el señor Ruiz Zorrilla era muy español. Si había fondo del partido, los emigrados comían de vez en cuando, para no perder la costumbre, porque el jefe distribuía los fondos con la escrupulosidad con que un mayordomo distribuye los de una casa grande. Pero si no había fondos, los emigrados ayunaban diariamente.

Zorrilla, recién llegado a España después de veinte años de exilio, no tenía ni veintisiete casas en Madrid, ni tantos miles de duros en el banco. Había sido rico. Pero a esas alturas vivía del patrimonio de su mujer, un capital que nunca arriesgó en sus intentonas revolucionarias. Todo lo contrario pasó con la parte privativa de su patrimonio, invertida en el poco rentable pozo de las conspiraciones. Es probable que no concibiera una forma mejor de solucionar el hambre de los exiliados republicanos que el triunfo de su revolución. El testamento de Ruiz Zorrilla, publicado hace algunos años, no es precisamente el que habría dejado un potentado.

Muchos de los exiliados zorrillistas a los que aludía Bonafoux −Casero, Prieto, Muñoz, Ladevese, Lapuya…− se empeñaron en contradecirle. No porque el dirigente republicano fuera necesariamente un dechado de generosidad, sino porque tampoco escatimó esfuerzos en buscarles colocación, en emplearles él mismo, en abrirles de par en par las puertas de su casa (a veces de su cartera) o negociar, si era necesario, una amnistía con las mismas instituciones a las que combatía.

Pero si algo disfrutaba la Vívora de Asnières era demoler mitos, burlarse de los ídolos, humanizar todo aquello que otros veneraban, mostrar las debilidades de quienes eran tenidos por grandes hombres. Ese era el caso de Ruiz Zorrilla, a quien Bonafoux veía rodeado siempre de los emigrados, las “gentes candorosas” que “con el andar pausado de la raza árabe, y con displicente apostura… discurrían antaño por las calles de París” imaginándose ministros de una futura república. Era la “Corte de don Manuel”. Bajar del pedestal ese nombre que los exiliados pronunciaban con reverencia −hasta el punto de designarse a sí mismos con él− era tentador. Por eso lo describía en sus últimos momentos, viudo, enfermo, derrotado y despistado:

en el Grand Hotel, sentado en un sillón de los que están a la disposición de todo el mundo en aquel establecimiento; vestido desaliñadamente, con un levitón que antaño había sido pardo, embutida la testa en monumental chistera, muy distraído al parecer, como si le preocupase alguna idea, y con el índice de la diestra mano sepultado en la nariz. Ante aquella ruina dolorosa me descubrí como se descubre el viajero al encontrar una sepultura en el camino.

La burla, la malicia y el afán iconoclasta se entremezclan en la mordaz literatura de Bonafoux disfrazados, como en esta ocasión, de una compasión cruel y un respeto, sin duda, hipócrita. Se recreaba mostrando al héroe desnudo y vencido. Pero lo cierto es que ni los exiliados republicanos ni su jefe salieron tan mal parados como otros personajes públicos en sus crónicas. Así comenzaba este artículo:

Don Manuel Ruiz Zorrilla está herido en el órgano que ha ejercitado más; está herido en el corazón… Don Manuel Ruiz Zorrilla no informaba su vida física en el principio del cínico Cambaceres, quien decía, en días de hambre popular, que el revolucionario debe restaurarse comiendo bien y bebiendo mejor para no sucumbir al peso de su trabajo.

Por otra parte, el ogro revolucionario tiene corazón de niño, y ese corazón ha pasado terribles zozobras, congojas espantosas, y ha llorado mucho en silencio ante las sombras de Mangado, de Villacampa, de los revolucionarios que murieron en tierra extranjera…

De que Bonafoux y Ruiz Zorrilla se conocieron personalmente no hay duda. Raro fue el caso de un español en París que no comiera alguna vez en su mesa. Sobre todo en las principales festividades del año, cuando el comedor del jefe exiliado se llenaba de expatriados para cenar. Al menos en una de esas celebraciones estuvo presente Bonafoux con otros comensales, “mitad españoles y mitad americanos”. Se hablaba de España, de Francia y de la comida: “don Manuel que presidía democrática y patriarcalmente −es decir, en zapatillas− resumió el debate culinario con una frase que es un poema: ‘yo, si he de decir la verdad, prefiero a todos los platos franceses un chocolatito con migas'”. Un poema, quizá no tan cómico como Bonafoux apuntaba, y quizá no tan trágico. Con esas pocas palabras, en su habitual tono familiar y pedestre, el Ogro Revolucionario resumía veinte años de desarraigo.

EDUARDO HIGUERAS CASTAÑEDA

Las ciudadanas del club de Antón Martín al pueblo madrileño (1869)

El espacio de la mujer en los orígenes del movimiento republicano no ha pasado desapercibido para investigadores, como María Dolores Ramos, Gloria Espigado o Sergio Sánchez, entre otros, que han abierto un camino con amplias perspectivas de análisis. Queda mucho por hacer en este campo, y avanzar en ese sentido es imprescindible para comprender en profundidad la construcción de las culturas democráticas desde el siglo XIX. Las fuentes, desde luego, no abundan. Por eso puede resultar interesante reproducir, a modo de pista, este “Manifiesto de las ciudadanas del club de Antón Martín” que publicó el periódico federal La Igualdad el 2 de julio de 1869.

 

Ciudadanas 1869

Un líder republicano de cerca (II): medicina, exilio y diplomacia

La investigación biográfica suele causar distorsiones en la perspectiva del biógrafo. Una de ellas, quizá la más habitual, es la sensación de materialidad, de vida, que provoca la acumulación de fuentes documentales sobre el biografiado. Sin duda, la recuperación del rastro de un personaje facilita la reconstrucción de su trayectoria vital y puede aportar claves para la interpretación histórica. Pero acumular datos en una secuencia cronológica, evidentemente, no conlleva sin más una aproximación más completa a un relato que, sobre todo, debe priorizar la explicación sobre la erudición. Esa misma distorsión, sin embargo, es a la vez uno de los atractivos del relato biográfico y, también, un importante incentivo para la labor del historiador: la ilusión que genera devolver la vida a un personaje que, en el caso de Ruiz Zorrilla, desapareció hace más de un siglo, es un engaño que estimula la investigación.

Un engaño a medias o una verdad mediada: el líder republicano que late en los apuntes de Ramón Betances refleja la percepción del autor, sus expectativas y, también, la imagen que el propio Ruiz Zorrilla se esforzó en ofrecer ante él. Una imagen que responde a intereses concretos, como puede comprobarse entre las líneas del texto que reproduce esta nueva entrada. Se trata del segundo de los encuentros recogidos por el doctor puertorriqueño. El reconocimiento médico, de nuevo, se desliza hacia la charla política. Ruiz Zorrilla se siente optimista. Presume de relaciones entre los periodistas y políticos más destacados de la Tercera República francesa. Expone algunos proyectos en los que invierte el tiempo y opina sobre la actualidad política de España. Entre el médico y el paciente, parece, han existido previamente contactos, planes y compromisos. La cuestión colonial de Cuba vincula los intereses de ambos que, aunque dispares, tienen un adversario común en la Restauración.

Ramón Emeterio Betances

Ramón Emeterio Betances

Ruiz Zorrilla aprovecha cualquier ocasión para extender sus contactos entre la colonia de emigrados europeos y americanos. En él, muchos de ellos encuentran un canal hacia los periódicos republicanos franceses. Buscan ampliar las redes de apoyo, cada uno para su causa. Y esas causas pueden encontrarse en el camino. El de Ruiz Zorrilla consiste en derribar la monarquía de los Borbones para reimplantar la república. Desde febrero de 1875, cuando Cánovas decretó su expulsión de España, se esforzó en ganar la opinión pública internacional y granjearse el apoyo de los políticos oportunistas y radicales que, tres años más tarde, conseguirían tomar las riendas las Estado francés. Actuaba, en consecuencia, como un diplomático, como el máximo representante de la alternativa republicana española en el exilio:

“Vuelvo a ver al señor Zorrilla. Está muy contento. Va muy bien. Convencido de que toda su enfermedad son malas digestiones, «como las tienen todos los que trabajan en sus despachos», me dijo. Habla otra vez de la necesidad de ponerse bueno. Me cuenta que en La France el marqués de Molins [el embajador de España en París] ha detenido los artículos sobre Cuba por influencia de un señor Savary (?), amigo de Girardin y su socio en negocios. El partido liberal español, añade, se ha perdido por la desunión y el egoísmo. No ha sabido hacer lo que han hecho los conservadores.

Actualmente Zorrilla se ocupa de dos cosas: Primera, de establecer la unión entre Francia y España, y aprovecha la suscripción y las fiestas en favor de los inundados para hacer notar la diferencia entre Francia y Austria, país que, a pesar del matrimonio, nada ha hecho. Segunda, de establecer la unión entre España y América, para tener preparado el terreno cuando llegue él al poder.

Sobre Cuba: como revolucionario está satisfecho de la ley de la abolición, que mantiene la injusticia disminuyéndola, y acabará de hacer caer al actual gobierno. Como patriota está avergonzado de tal ley.

Le he hecho notar que la ley abole el látigo, pero establece la pena de muerte (consejos de guerra).

Me dice que ha escrito artículos sobre Cuba en el Voltaire, periódico de Gambetta, «periódico progresista, dice él, que es el complemento del periódico de guante blanco (sic), La Republique Française», y en el Telegraphe, periódico de Wahington.

Si vuelve al Poder se apresurará a enviar a Cuba hombres conocidos, [Rafael María de] Labra, [Gabriel] Rodríguez, con plenos poderes para hacer lo que quieran allá. Eso será, cree él, el sólo medio, si alguno hay, de conservar la colonia”.

El matrimonio, naturalmente, era el de Alfonso XII y María Cristina de Habsburgo. Tuvo lugar en noviembre de 1879, justo cuando, finalizada la guerra colonial en Cuba, se presentó a las Cortes el proyecto de abolición de la esclavitud que se publicó un año más tarde. Ruiz Zorrilla, como presidente del gobierno en los últimos coletazos de la monarquía de Amadeo de Saboya, había sido uno de los máximos impulsores del abolicionismo. Su caída, y la del propio monarca italiano, tuvieron mucho que ver con esos proyectos que poco tenían que ver con la Ley que impulsaron los políticos de la Restauración. En esta, la servidumbre se sustituía por un patronato de ocho años con el que, simplemente, se prorrogaban los intereses y prerrogativas de los negreros de una manera apenas disimulada. Era, en el fondo, un traspié desde el punto de vista de las presiones internacionales sobre España que a Ruiz Zorrilla, como abolicionista y “revolucionario”, no dejaba darle argumentos diplomáticos de peso.

EDUARDO HIGUERAS CASTAÑEDA

Un líder republicano de cerca (I): Manuel Ruiz Zorrilla a través del testimonio de Ramón Betances

Hace años, mientras trataba de decidirme por un tema de investigación para desarrollar mi tesis doctoral, sólo tenía claras algunas preferencias. Todos esos hilos temáticos —los procesos electorales del Sexenio Democrático, la abolición de la esclavitud, el republicanismo histórico…—, formaban una madeja en la que constantemente encontraba un nudo, un mismo personaje: más allá de algunos artículos y capítulos de libro (la mayoría muy recomendables), nadie había escrito en profundidad sobre Ruiz Zorrilla. Todo lo contrario ocurría con cada uno de esos campos de interés, que eran los que realmente me llamaban la atención. El enfoque político, por ello, siempre estuvo por encima de lo puramente biográfico. De hecho, la perspectiva biográfica sólo fue abriéndose camino conforme avanzaba mi estudio sobre el progresismo democrático.

            La dimensión privada del personaje quedó aplastada por el análisis político, aunque todo ello se anudara a la trayectoria de quien, al fin y al cabo, fue un líder situado en la primera fila de la política española en el último tercio del siglo XIX. Fue una decisión consciente, motivada en parte por mi indecisión a la hora de redefinir completamente el enfoque del libro (Con los borbones, jamás. Biografía de Manuel Ruiz Zorrilla. 1833-1895, Marcial Pons, 2016). Desarrollar el lado más humano del personaje sin reducir o eliminar el análisis político habría exigido una extensión inviable. Consideré más coherente reforzar esa última línea y dejar entrever en determinados momentos la manera en la que lo privado y lo público se entrelazaban. Por ello, un buen número de fuentes en las que se presentaba al dirigente republicano de una manera cercana, casi tangible, quedaron descartadas.

Ruiz Zorrilla por Francisco Domingo Marqués

Reproducción del retrato de Manuel Ruiz Zorrilla por Francisco Domingo Marqués (1887)

           Una de las más interesantes se debe al testimonio de Ramón Emeterio Betances, uno de los personajes más ligados a Ruiz Zorrilla durante sus últimos años de vida. El médico puertorriqueño, militante abolicionista e independentista —fue uno de los protagonistas del “Grito de Lares” en 1868—, residía en París y visitaba a menudo al exiliado español. En sus encuentros se mezclaba la asistencia profesional, la política y una amistad que les permitía intercambiar con distendida franqueza sus proyectos y opiniones. A menudo, Betances realizó comisiones por cuenta del republicano español. Los dos formaron parte de asociaciones como L’Union Latine Franco Américaine y, a pesar de que el uno era un activo luchador por la independencia de Puerto Rico, y el otro, partiendo de sus convicciones unitaristas respecto a España, representaba una postura más bien autonomista, alcanzaron una completa comprensión mutua.

            Fue Luis Bonafoux, un periodista bordelés, de origen venezolano aunque formado en España, quien recopiló la correspondencia, los apuntes y diarios de Betances tras su muerte en 1898. En ellos Ruiz Zorrilla ocupa un importante espacio. Con absoluta inmediatez, sus escritos reproducen cada encuentro con el dirigente republicano como enfermo, como político, como amigo y como exiliado que tras veinte años de destierro, de lenta derrota, se amarga y consume. Esta serie de entradas persigue profundizar en aspectos en los que decidí no detenerme al escribir sobre el personaje. A pesar de que este es un espacio divulgativo sobre la historia de la democracia española, creo que merece la pena ofrecer una aproximación diferente sobre el liderazgo en política, que tenga en cuenta de manera directa el entrecruzamiento de las esferas pública y privada. Algo que, sin duda, está presente desde la primera de las visitas que Betances, como médico de Ruiz Zorrilla, recogió en sus diarios.

            “El señor Ruiz Zorrilla. Cuarenta y seis años. Envejecido. Gordo. Se queja de malestar en la región del corazón. No tiene otro síntoma de enfermedad. Ligera dispepsia. Lo ausculto. Al levantar la cabeza se pone muy pálido. Está de pie. Me habla de que necesita estar bien de salud. «Mi estado es tal, me dice, que si el cambiar el estado de las cosas de España no hubiera dependido más que de hacerme escribir ayer tres o cuatro cartas, yo no habría podido escribirlas». Se da por hombre apasionado, sujeto a fuertes impresiones cuando se trata de los afectos de sus parientes y amigos. Por lo demás, no tiene nada en el corazón. Le he ordenado píldoras de quinina y agua de Vichy”.

            Son apuntes que carecen de fecha, aunque podrían datarse en torno a 1880 (Ruiz Zorrilla nació en marzo de 1833). Las siguientes saltan algunos años. En ellas se percibe cómo la confianza entre ambos comenzaba a estrecharse. También que ese primer diagnóstico de Betances era completamente equivocado. No así la descripción del paciente: prematuramente aviejado, grueso, Zorrilla estaba convencido de que de él y de su salud dependía que en España se restaurara, mediante una revolución, la República. Mientras escribía su biografía, me preguntaba hasta qué punto eran superfluos algunos datos con los que me iba encontrando. Ruiz Zorrilla era un hombre corpulento (algo más de 1’70 metros era una altura considerable en esa época), desgarbado, con ojos grises y pelo oscuro. Era ambidextro y estaba sordo del oído izquierdo, impedimento que al parecer compensaba con creces el derecho. Llegué a la conclusión de que, efectivamente, todo ello era irrelevante.

EDUARDO HIGUERAS CASTAÑEDA