Reedición del libro Cartas de Conspiradores, de Rodolfo Llopis y Vicente Álvarez Villamil

El doctor Esquerdo y Ruiz Zorrilla en torno a 1890

Hace pocas semanas se presentó en la sede de la Universidad de Alicante en Villajoyosa la reedición del libro de Rodolfo Llopis y Vicente Álvarez Villamil, Cartas de conspiradores. La Revolución de Septiembre: de la emigración al poder, publicado por primera vez en Espasa-Calpe en 1929. La obra recopila una parte de la correspondencia conservada en el archivo privado de Manuel Ruiz Zorrilla, centrada en la época de la oposición progresista y republicana al reinado de Isabel II y los primeros pasos de “la Gloriosa”. La iniciativa de recuperar este libro, fundamental para profundizar en un periodo especialmente complejo de la historia de España, partió de Agustí Galiana, presidente de la Associació d’Estudis de la Marina Baixa. Es de agradecer su esfuerzo para difundir una obra tan necesaria para los investigadores del siglo XIX como recomendable para los aficionados a la historia, puesto que no sólo aporta un arsenal de documentación personal sino que ofrece, además, el atractivo de palpar las inquietudes, las frustraciones y las esperanzas de los protagonistas de una historia apasionante. Nosotros sabemos el desenlace de sus conspiraciones. Ellos, en el momento de redactar sus cartas, no. De ahí lo vibrante del relato que componen estos documentos.

La nueva edición, que reproduce la de 1929, cuenta con un prólogo de Eduardo Higueras Castañeda, que en los últimos años ha podido trabajar con el archivo de Ruiz Zorrilla. Merece la pena reproducir sus primeras páginas en Historia y Culturas Republicanas. El prólogo completo, puede consultarse en este enlace.

CONSPIRACIONES DE PAPEL: HISTORIAS DETRÁS DE UN LIBRO

En España, por desgracia, los archivos privados no abundan. Esta escasez, que todos los historiadores lamentamos, es especialmente sensible respecto a los principales dirigentes políticos del siglo XIX. No es que los investigadores deban ocuparse única o, ni siquiera, preferentemente de esos “hombres ilustres” que, conforme a una visión ya muy anticuada de la disciplina, protagonizaron o encarnaron un determinado momento histórico. Todos los hombres y todas las mujeres son protagonistas del cambio social. Pero es innegable que ciertas personas acumularon en sus manos una capacidad de decisión, de agencia, determinante para explicar los procesos históricos en los que participaron. También lo es que algunos personajes ofrecen mayores posibilidades explicativas que otros para profundizar y comprender los cambios sociales sedimentados en nuestro presente o, al menos, para conocer mejor algún aspecto clarificador del pasado.

            Cualquier historiador que opte por usar la biografía como herramienta de análisis comprenderá hasta qué punto la documentación privada puede ayudar a iluminar su objeto de estudio. Por supuesto, el biógrafo puede trabajar sin papeles personales. Pero en ese caso le resultará mucho más complicado entender las motivaciones personales que guiaron al protagonista de su historia, y le será prácticamente imposible penetrar en la dimensión privada de su vida. Hace ahora diez años que lo comprobé de primera mano. En 2010 comencé mi tesis doctoral sobre Manuel Ruiz Zorrilla y, durante algún tiempo, el primer volumen (el único que llegó a publicarse) de las Cartas de Conspiradores, compiladas y anotadas por Rodolfo Llopis y Álvarez Villamil, me proporcionó el único material personal con el que contaba para aproximarme al personaje. Esa correspondencia, publicada en parte en las columnas de El Sol desde 1928[1], y recopilada en la editorial Espasa en 1929, fue clave para completar mi doctorado. Y, puesto que entonces vivía de la investigación, también resultó crucial para ganarme la vida.

            Entre las páginas 14 y 15 de este libro aparece una fotografía. Llopis y Álvarez Villamil posan, de perfil, en un salón de La Pileta, la finca que perteneció al doctor Esquerdo en Villajoyosa. Allí pasó algunos de los últimos meses de su vida Ruiz Zorrilla, tras su regreso a España en 1895. Les separa una montaña de legajos y observan algunos papeles que, atentos, examinan. Trabajan en su obra y, claramente, la tarea es ardua. Durante meses, con esa imagen a la vista, me pregunté dónde estarían esas pilas de documentos, si es que se conservaban. Imaginé que seguían allí, en La Pileta, y me imaginé a mí en el papel de los autores. También me pregunté si llegaron a avanzar en el borrador de los dos volúmenes inéditos. En ese caso, podría haber quedado alguna copia de la correspondencia de Ruiz Zorrilla entre los papeles de los autores.

Tenía, por lo tanto, varios hilos de los que estirar. Por suerte, resultó que tenían cierto recorrido. Pero por desgracia, recorrerlo no era fácil. El profesor José Antonio Piqueras Arenas me dio el primer soplo: el archivo de Ruiz Zorrilla estaba, desde hacía algunos años, depositado en la Residencia de Estudiantes de Madrid, aunque no parecía fácil obtener permiso para acceder a él. De hecho, era casi imposible conseguirlo. Mi director de tesis, Juan Sisinio Pérez Garzón, me ayudó todo lo posible para contactar con los responsables de la Residencia, del CSIC e incluso del Ministerio de Cultura. No obtuve ninguna respuesta. Pasaron algunas semanas frustrantes. Las montañas de papeles que rodeaban a Rodolfo Llopis y a Vicente Álvarez Villamil en la fotografía, las “cartas de conspiradores” que eran la clave de mi tesis, ya no estaban en La Pileta. Se encontraban en una institución pública, pero parecían inaccesibles.

Un día, tecleando a la desesperada “archivo Ruiz Zorrilla” en Google, como había hecho en miles de ocasiones, apareció una web que hasta entonces no conocía, probablemente porque aún no existía: la de la Fundación Esquerdo, vinculada al hospital psiquiátrico de Carabanchel. En la sección relativa al archivo, se indicaba que custodiaban un fondo de Ruiz Zorrilla y otro con documentación de su amigo y albacea, el doctor José María Esquerdo. Marta Soto, archivera de la Fundación, habló conmigo por teléfono. Me indicó que efectivamente, ellos eran los encargados de la gestión del fondo de Ruiz Zorrilla, depositado en la Residencia de Estudiantes, pero cerrado indefinidamente a los investigadores. Era necesario mucho tiempo, un gran esfuerzo y medios, tanto económicos como técnicos y humanos, para clasificar, describir y poner a punto la enorme cantidad de documentación que allí se conservaba. No descartó, eso sí, que pudiera obtener una autorización excepcional para realizar alguna pesquisa.

Redacté un proyecto justificando mi interés por Ruiz Zorrilla. Lo envié y, durante bastante tiempo, no recibí ninguna respuesta. Desanimado, pensé en buscar un nuevo tema de tesis. Pero me quedaba un tercer hilo del que tirar: el de Rodolfo Llopis. El político alicantino, durante la década de 1920, vivió en Cuenca. Era el director de la Escuela Normal de Magisterio —con él estudió mi abuelo, Marcelino que, como la mayoría de sus compañeros, lo admiraba— y, además, fundó la primera agrupación local del Partido Socialista de la ciudad. Sobre estas cuestiones había trabajado mi profesor de la Facultad de Humanidades, Ángel Luis López Villaverde. Conocía al hijo de Rodolfo Llopis, que compartía nombre con su padre y había visitado Cuenca con motivo de una conmemoración poco tiempo antes. Me facilitó su contacto. No tardó en responderme: existía un archivo. Estaba en Alicante. Quien mejor lo conocía era Bruno Vargas, profesor de la Universidad de Toulouse y biógrafo de Llopis.

La casualidad quiso que, pocas semanas más tarde, el profesor Vargas viniera a dar una conferencia a Cuenca en un curso sobre historia de la pedagogía. Al terminar, le pregunté por los papeles de Ruiz Zorrilla. Me explicó que, efectivamente, el político alicantino había seguido trabajando en los restantes volúmenes de las Cartas de Conspiradores, interrumpidas durante Segunda República por las obligaciones oficiales de sus dos autores, y todavía más por la Guerra Civil. Inmediatamente, consulté con la Biblioteca Gabriel Miró, donde se encuentra el legado de Rodolfo Llopis. Me confirmaron que así era: lo que habría sido el segundo volumen de las Cartas de conspiradores se encontraba allí, en bruto. Mi primera reacción fue volver a llamar a Marta Soto, de la Fundación Esquerdo. Se sorprendió. Creo que no esperaba que el archivo de Ruiz Zorrilla se encontrara incompleto. Tampoco que un investigador compartiera sin más una información que, por lo general, suele guardarse de manera discreta, supongo que para sacar mayor provecho. Yo, simplemente, consideré que les gustaría saberlo. Y lo agradecieron. Creo que, por eso, Luisa Bulnes, una de las biznietas del doctor Esquerdo y presidenta de la Fundación, quiso conocerme.

Esta historia la conocen algunos compañeros de profesión y varias personas cercanas. A veces la cuento como anécdota, para explicar el trabajo casi detectivesco que, en ocasiones, nos toca seguir a los historiadores hasta dar con la documentación que necesitamos. Es la historia tras la elaboración de mi tesis o, más bien, la historia de la elaboración de mi tesis. Quizá no parezca la más adecuada para el prólogo de otro libro. Pero quería contarla. Sobre todo, porque al recibir la invitación de Agustí Galiana para redactar este texto, pensé inmediatamente en Luisa. También en Rodolfo Llopis hijo, que falleció hace pocos días en Toulouse, cerca de Albi, la ciudad donde su padre vivió en el exilio y durante la Transición, hasta su muerte en 1983. Hace pocos años pude saludarle en Cuenca, donde volvió para participar en una nueva conmemoración. Le dije quién era. Imagino que no recordaba cómo me había ayudado a seguir la pista de Ruiz Zorrilla en los papeles de su padre y a terminar mi tesis. Se lo expliqué.

Luisa no vio terminada mi biografía. Dedicársela fue triste, porque sé cuánta ilusión le habría hecho leerla. La conocí en “Malvinas”, el edificio anejo al hospital Esquerdo, donde también me presentaron a Juan, su sobrino. También estaba allí Rafael García de Dueñas, que en esas fechas pasó a encargarse del archivo. Hablamos, por supuesto, de Ruiz Zorrilla. Pero lo hicimos con familiaridad, como si se tratara de alguien cercano, de una persona de nuestra confianza. Ella no sabía que su mujer se llamaba María Paz Barbadillo Pueyo: siempre había oído hablar de doña Mariquita. Yo desconocía que, en confianza, la llamaran así. Comentamos la resistencia de su familia a aceptar el matrimonio con “don Manuel”. Creo que también me explicó detalles sobre sus costumbres en la mesa y de cómo su abuela, Luisa, le recordaba, cuando, siendo niña, estuvo en La Pileta. Hablar así de un personaje histórico, para el biógrafo que sufre el secuestro por su biografiado, es normal. Para Luisa también lo era.

Intuí que, de alguna manera, para ella, Esquerdo, Ruiz Zorrilla, el general Prim y doña Mariquita, el capitán Carlos Casero y Ladevese, Mangado, Artola y Narciso Ullana, formaban parte de un presente. Su familia había guardado su memoria, un legado con el que había crecido y con el que había interactuado de manera cotidiana. Las Cartas de conspiradores, que su abuelo, Vicente Álvarez Villamil, había compilado y comentado junto a Rodolfo Llopis era una pieza fundamental en ese legado. De hecho, estaba convencida de que se llegaron a imprimir las galeradas del segundo volumen, que por poco no había llegado a ver la luz. Pese a que se realizaron pesquisas con la editorial Espasa y en el propio archivo de Ruiz Zorrilla, en el que se conserva el material preparatorio del primer tomo, ese documento inédito no apareció por ninguna parte. Por eso, al saber que en el legado de Rodolfo Llopis podían conservarse esas pruebas, recobró la esperanza de recuperar y completar el trabajo de su abuelo.

Por supuesto, el pasado es presente. Puede ser más o menos reconocible. A veces no es sencillo encontrar el hilo temporal que lleva de un punto a otro. Pero, cuando Luisa me invitó a visitar La Pileta, para poder trasladarnos desde allí a Alicante y ver la documentación guardada en el legado de Llopis, comprendí que hay veces en las que el pasado es mucho más que una huella. Dormí en la misma habitación que ocupó Ruiz Zorrilla en la primavera de 1895. Allí estaban algunos de sus muebles y algún retrato que no conocía. En otro cuarto, vi la fotografía de los diputados del partido progresista en 1861. También había otra de gran formato que se popularizó entre los seguidores de Zorrilla y Esquerdo tras la muerte del primero, en la que aparecían ambos. Reconocí una pintura del barco que llevó al político soriano a Italia, donde hace ahora ciento cincuenta años, le ofreció la corona de España a Amadeo de Saboya, y donde, justo antes de partir, pronunció su conocido discurso de “los puntos negros”.

No tuvimos la suerte de consultar el archivo de Llopis. Por el momento, no era posible comprobar si se encontraba allí lo que buscábamos. Necesitábamos un permiso que no teníamos y que me costó mucho tiempo conseguir. De hecho, pasaron un par de años. Entre medias, nos vimos algunas veces. Intercambiamos varios libros: Don Manuel o la agricultura, de Bernardo Víctor Carande; los Recuerdos de un Revolucionario, del capitán Carlos Casero; La bohemia española en París, de Isidoro López Lapuya, no recuerdo si alguno más. Nos llamamos a menudo, y conservo muchos correos suyos, en los que, en broma, firmaba como “Capitán Casero” —por Carlos Casero Ruiz, protagonista de la sublevación republicana de septiembre de 1886— y me llamaba “Manolito”, por Ruiz Zorrilla. Estos correos que cambiábamos para hablar de lo que íbamos descubriendo sobre el personaje y para combinar la manera de consultar la documentación de Alicante, eran otras cartas de conspiradores.

Un día me llamó, justo cuando volvía de un congreso en Módena, en el que había hablado de la Asociación Republicana Militar. Mi tesis estaba avanzada. Había trabajado, mano a mano con Rafael García de Dueñas en la Residencia de Estudiantes durante muchas mañanas con el archivo de Ruiz Zorrilla. Allí me había llamado la atención encontrar, ocasionalmente, las anotaciones con lápices de colores que Rodolfo Llopis y Álvarez Villamil hacían en muchas cartas para indicar si eran más o menos interesantes. A veces identificaban al remitente. Algunas estaban agrupadas dentro de carpetillas de papel dobladas, en las que aparecía el timbre de la Escuela Normal de Magisterio de Cuenca. Me gustaba pensar que una parte de las Cartas de Conspiradores se había escrito, precisamente, en mi ciudad. A esas alturas, ya había publicado algunos resultados en artículos y capítulos, pero todavía me quedaba mucho por hacer.

Recuerdo que descolgué el teléfono con cierto agobio, cargado de equipaje, mientras esperaba un autobús. No sabía a cuál debía subirme. Casi siempre, las conversaciones con Luisa eran largas. Aquella no lo fue. Llevábamos bastante tiempo sin vernos y sin hablar. Sabía que había estado mal y esperaba que me dijera que ya se había recuperado. Me preguntó qué tal estaba, cómo llevaba el trabajo. Le dije, contento, que por fin me habían citado para ver el archivo de Rodolfo Llopis y Alicante. En unos días íbamos a salir de dudas. Me pareció que no le daba importancia. Me dio las gracias. Dijo que mi investigación sobre Ruiz Zorrilla le había ilusionado mucho. Eso lo sabía. Muchas veces me parecía que ella tenía más ganas de verla acabada que yo. No supe o no quise entender que se estaba despidiendo.

Algunos días después fui a Alicante. Durante algunas horas, pude ver las cartas, esta vez ya no de conspiradores, sino de los gobernantes del Sexenio Democrático: Espartero, Olózaga, Rivero, Martos… Al salir del archivo, llamé a Luisa para decirle que, en efecto, estaba todo allí. No las galeradas del libro que ella esperaba encontrar, pero sí los documentos anotados y ordenados por su abuelo y por Rodolfo Llopis. No me cogió el teléfono. Creo que era diciembre de 2012. Rafa García me dio la noticia de que había fallecido. Sentí mucho que no supiera el desenlace de nuestra “conspiración”, ni el de mi tesis, o el libro que escribí a partir de ella[2]. También siento que no haya visto esta reedición del primer volumen de las Cartas de Conspiradores. Estoy seguro de que habría agradecido y le habría ilusionado esta iniciativa. Yo también lo agradezco, y también me ilusiona. Porque es un libro que merece esta nueva vida.

Eduardo Higueras Castañeda

Universidad de Castilla-La Mancha / Seminario Permanente de Estudios Contemporáneos (SPEC)

Cuenca, 16 de octubre de 2020


[1] Bajo ese mismo título, buena parte de las cartas, junto a los comentarios de los autores y con un amplio apoyo de fotografías y grabados, comenzaron a publicarse en las páginas intermedias de El Sol en su número del 14 de octubre de 1928. La primera entrega venía firmada únicamente por Rodolfo Llopis. Más adelante, se añadió la firma de Vicente Álvarez Villamil. A lo largo de 1929 se siguieron publicando, con algunos intervalos, hasta la última entrega, a fines de septiembre. Se trataba, claramente, de coincidir con el aniversario de la Revolución “Gloriosa”. El 16 de octubre de 1929, una reseña de Luis de Zulueta anunció la publicación del libro en la primera plana de El Sol.

[2] Se publicó con el título Con los Borbones, jamás. Biografía de Manuel Ruiz Zorrilla (1833-1895), Madrid, Marcial Pons, 2016. Lo escribí a lo largo de 2015, a partir de mi tesis doctoral, mucho más amplia. Se titula Manuel Ruiz Zorrilla (1833-1895): liberalismo radical, democracia y cultura revolucionaria en la España del siglo XIX. Puede consultarse en versión digital en el repositorio Ruidera de la UCLM:  https://ruidera.uclm.es/xmlui/handle/10578/6533

[3] “El culto a la memoria de Ruiz Zorrilla, el amor a la Patria y al Ejército, el anhelo por la revolución y por la fraternidad republicana y el retraimiento electoral”, debían ser la guía de su política, de acuerdo a sus palabras, que recoge Eleizegui, José, D. José María Esquerdo, Madrid, Biblioteca de “España Médica”, 1914, p. 161.

[4] Gutiérrez Gamero, Emilio, Mis primeros ochenta años, Madrid, Atlántida, 1925; Gómez Chaix, Pedro, Ruiz Zorrilla: el ciudadano ejemplar, Madrid, Espasa-Calpe, 1934.

[5] En su reseña del libro, Luis de Zulueta concluía que Isabel II “no se quiso abrir a una España liberal, europea, el normal camino de una evolución democrática. Y lo que no pudieron proclamar las urnas lo proclamaron poco después las armas”, en “El archivo de Ruiz Zorrilla. La Revolución de Septiembre”, El Sol, 16 de octubre de 1929.

[6] López de Ochoa, Eduardo, De la dictadura a la República, Madrid, Zeus, 1930. No es necesario en un escrito de estas características llenar de referencias bibliográficas ni de notas a pie de página, pero merece la pena mencionar, entre otros trabajos relativos al insurreccionalismo democrático de los militares bajo la dictadura de Primo de Rivera, los que firma Alía Miranda, Francisco, “Conspiradores republicanos contra Alfonso XIII (1926-1930), en Pérez Garzón, Juan Sisinio (coord.), Experiencias republicanas en la historia de España, Madrid, La Catarata, 2015, pp. 149-288; y Duelo de sables: el general Aguilera, de ministro a conspirador contra Primo de Rivera (1917-1931), Madrid, Biblioteca Nueva, 2006.

[7] El Sol, 23 de marzo de 1933. En el mismo número se recoge la copia de una carta enviada por Ruiz Zorrilla al rey Víctor Manuel II de Italia, padre de Amadeo de Saboya, de fines de 1871, facilitada al periódico por Álvarez Villamil quien conservaba “con encendida devoción todos los papeles de aquel ilustre político”. La carta muestra la voluntad de continuar la reivindicación del personaje, en un contexto muy diferente, con la difusión de su archivo. También la de compensar la imagen del conspirador con la del gobernante. Ruiz Zorrilla falleció en Burgos antes de poder trasladarse, como esperaba, a su finca de Tablada y al Burgo de Osma, donde esperaba pasar sus últimos días.

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