Republicanos “benévolos” y participación obrera en 1872: un apunte

La comprensión de determinados motivos textuales, de ciertos elementos y características que se utilizaban y destacaban tanto en escritos de prensa como en obras historiográficas realizadas por los republicanos del XIX en España es cada vez más relevante. Las ideas que sustentaban los principios de la propiedad privada, las consecuencias de estas en la dicotomía trabajo-capital, las herramientas y recursos de los que creían que debía servirse el Estado, la participación política obrera y su orientación intencionada. Elementos de esta complejidad, y muchos otros, pueden ser rastreados en ciertas ocasiones tanto en lo que se dice como en lo que se omite en sus llamamientos a la ciudadanía española en el XIX.

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Un ejemplo puede discernirse a raíz de la lectura del periódico El Municipio, órgano de difusión doctrinal del Partido Republicano Democrático Federal en Alicante. Un periódico que, dirigido por los elementos conservadores del Partido Republicano en la ciudad, autodenominados “benévolos”, permite un acercamiento a la ideología demoliberal republicana sobre la que debiera profundizarse en futuros estudios. Concretamente, si se presta atención a un suelto del número 125 fechado el 27 de marzo de 1872, pueden deslizarse una serie de cuestiones sobre cómo entendían la participación obrera en política en tiempos del Sexenio Democrático. De forma sugerente, el suelto al que hacemos referencia se titula: “A la lucha”. Asimismo, concluye siendo firmado por “un obrero”.

Examinando este suelto, que se encuadra en el marco de las elecciones a las Cortes de abril, se observan ideas, cuando menos, reseñables. La lucha a la que llaman, por supuesto, no debía generar trastornos en el orden social existente. Evidentemente, se referían a la “próxima lucha electoral” en la que se pedía la unión “los buenos”, formando para ello “las falanges republicanas” una “sólida base” que permitiera la victoria. Hasta ahora nos encontramos con el lenguaje característico de los llamamientos a la acción política, pero precisamente por ello es tan importante. El funcionamiento del mecanismo argumentativo de ideologización de cara a la clase obrera es discernible en un periódico que, al menos, durante los números de 1872 parece olvidarse de la misma excepto en momentos de amenazas de trastorno social. Un mecanismo claramente sentimental y direccional —hacia los “benévolos”, por supuesto—.

Exhortaban a la clase obrera a posicionarse: “Obreros: seamos republicanos”. Para los demoliberales que defendían el modelo de republicano, esta forma de gobierno debía ser claramente interclasista. Las políticas por llevar a cabo, las reformas a ejecutar y los caminos a seguir debían respetar a las clases económicas dominantes, no generarles temor. Entendían que la ideología republicana “interesa a todas las clases, a todas menos a las aristócratas”. Se desprende de aquí esa denuncia —compartida por los demosocialistas— de que la monarquía y las aristocracias laicas y clericales eran el máximo obstáculo al progreso social, incluyendo en tal progreso el fin de la depauperación obrera —como se observa en las obras de Pi y Margall, Castelar, Garrido, y otros muchos—.

Ahora bien, la participación política para la consecución de la República era radicalmente diferente entre los demosocialistas y los demoliberales republicanos, como es bien conocido. Estos últimos defendían abiertamente que “por la libertad y la justicia que es la República, vendrá, sin guerras ni trastornos el tan anhelado día de la emancipación del proletariado”. La participación política quedaba sometida, pues, al progreso que vendría de esas luchas electorales que garantizarían —mediante reformas generalmente destinadas a la “libertad” en abstracto— la mejora de la sociedad española, en general, y de la clase obrera, en particular.

No debía darse ningún estadio de violencia ni de transgresión. “Para consolidar la tiranía conviene un motín cada día, tendiéndonos de esta suerte las redes para oprimirnos de nuevo”. Las reformas no vendrían de los motines, de las huelgas. El progreso se daría de la mano de la asociación, de la agrupación bajo “los delicados pliegues de la bandera federal, única y exclusiva forma de gobierno que puede garantizarnos las libertades” que permitiría hacer la “guerra a los usureros de la política” sin “cuartel, ni piedad”, de cara a la victoria.

Por supuesto, estas apreciaciones son apuntes a vuelapluma sobre un suelto determinado y quedaría mucho por seleccionar, analizar y criticar. Sin embargo, puede observarse como la ideología republicana —conservadora en este caso— es capaz de ayudar a discernir su composición como cultura política determinada en relación de unos intereses de clase concretos.

Este tipo de estudios podrían ayudar a futuros estudios a comprender cuestiones, procesos y contradicciones que permitieran analizar con mayor profundidad episodios tan relevantes para la cultura republicana del XIX como podría ser, evidentemente, un fenómeno como el de la Primera República. A veinte años del suelto aquí descrito, Blasco Ibáñez escribía sobre la República de 1873 que “aquella (…) nacía muerta”, y que esté carácter de defunción anunciada respondía precisamente a que no se debió en momento alguno a “la iniciativa popular” (1892: 633). Quizás la comprensión de las teorías económica y política de los republicanos decimonónicos permitan analizar, sin maniqueísmos, cuestiones de radical importancia para la comprensión de los desencuentros de los republicanos del último tercio del siglo XIX. Quizás las contradicciones sistémicas del Sexenio Democrático vayan más lejos que meras disensiones en el marco de un republicanismo que jamás fue homogéneo y que no tenía porqué serlo.

Adam Abbou

Bibliografía

Blasco Ibáñez, V. (1892): Historia de la revolución española: desde la Guerra de la independencia a la Restauración en Sagunto, 1808-1874, Volumen 3, Barcelona: La Enciclopedia Democrática

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