A vueltas con el presidente (de los EEUU)

Panda de extremistas

“El presidente de los Estados Unidos envió este lunes al Congreso una propuesta de presupuesto para el ejercicio fiscal de 2020” que propone “una dotación de otros 8.600 millones de dólares para la construcción del polémico muro en la frontera con México” (El País, 12.03.2019).

La construcción del muro fue uno de los pilares de la campaña de Donald Trump y ahora, parece que le está trayendo grandes quebraderos de cabeza. No solo porque los demócratas con mayoría en el congreso estén en contra de levantar dicho muro, si también porque parece que la forma de gobernar del nuevo presidente, está dinamitando los cimientos del sistema político estadounidense. Cierto es también que, no parece afectarle demasiado. Bajo un discurso del “cueste lo que cueste”, ha amenazado con declarar la “emergencia nacional”. De esa manera, podrá seguir concentrando mayor poder ejecutivo y podrá levantar su muro por encima de las decisiones del Congreso y del Senado.

La viñeta que aparece al comienzo de esta entrada, la encontré mientras estaba preparando una clase sobre la revolución norteamericana. Como se puede apreciar en la imagen, el expresidente Barack Obama critica la limitación del poder ejecutivo. La crítica va dirigida a los padres fundadores de los Estados Unidos, que no parecen demasiado contentos con la dirección que estaba tomando su mandato.

Los padres fundadores, fue aquel grupo de hombres que firmaron la declaración de independencia (1776) y si se quiere, también aquellos que aprobaron la Constitución de Estados Unidos de América (1787). Entre los fundadores a los que se dirige Obama, he identificado al menos dos federalistas y autores de los The Federalist Papers o Los documentos federalistas: James Madison (4º presidente de los EEUU) y Alexander Hamilton.

The Federalist papers es una colección de artículos de prensa escritos a partir del año 1787, justo al final de uno de los períodos más complicados que vivieron los EEUU durante el proceso de independencia (“período crítico”). El objetivo de los firmantes de los artículos, que buscaron cobijo bajo el pseudónimo Publius, era la de crear una opinión pública favorable a la ratificación de la Constitución de los Estado Unidos (1789).

La redacción de la constitución y su posterior ratificación no fueron fáciles. El miedo generalizado a la amenaza de las antiguas monarquías europeas en decadencia y de una aristocracia anclada en los privilegios del pasado, hicieron que la república fuera el reflejo del “buen gobierno”, aunque tampoco estaba del todo claro cómo iba a ser esa república.

La mayoría de aquellos fundadores percibían el peligro de que una persona que aglutinara el poder, pudiera caer de nuevo en los vicios del viejo mundo. Esto hizo que la separación de poderes propuesto por Montesquieu unos poco años antes tomara cuerpo: el ideal democrático estaría a salvo mediante la república, y con ello, también se aseguraban de que la concentración del poder no degenerara en una tiranía.

Pero no todos estuvieron de acuerdo con ello. El debate tuvo su reflejo en el enfrentamiento entre los mencionados federalistas y los antifederalistas. Los antifederalistas fueron los partidarios de una unión mucho más laxa entre las antiguas colonias, con un Gobierno central débil que cumpliera con las funciones básicas y que no obstaculizara el día a día de los estados. Mientras tanto, los otros, los federalistas, utilizando el término de una manera muy inteligente, se hicieron pasar por aquellos que defendían una unión más fuerte pero que garantizara cierta autonomía a los estados. Se decantaron por un equilibrio entre la autonomía estatal y un poder central fuerte (algo contradictorio desde la perspectiva republicana europea del XVIII). Su pesquisa era la de crear una federación más robusta entre los estados mediante un gobierno central lo suficientemente fuerte como para que la unión no peligrara (política tributaria, relaciones internacionales, comercio, ejercito…). La nueva unión pues, alcanzaría la forma de una república federal, bajo la dirección de una única autoridad. El presidente, tendría poderes considerables, como el derecho a veto (que quiere imponer Trump), la de liderar el ejército o elegir a los funcionarios. Pero si el sistema político era lo suficientemente fuerte, no habría problema.

Como se sabe, el primer presidente elegido fue un veterano de la guerra de la independencia, George Washington. El propio Washington, que nunca vio de buen grado la formación de partidos políticos, dejó la presidencia después de la segunda legislatura, para que el poder no corrompiera al hombre. Seguramente debido al empeoramiento de su salud, pero lo cierto es que, mediante aquel gesto, respondió de manera republicana a las críticas que le identificaban con un pseudo-rey y dio comienzo a una tradición que ha llegado hasta la actualidad.

Como se decía al comienzo, parece que últimamente, en la Casa Blanca andan cortos de historiadores y que, por consiguiente, en la república más poderosa del mundo, el presidente no repara demasiado en el pasado. Trump sigue empeñado en que el presidente, por algo es el presidente. Tanto es así que, en su afán de llevar a cabo sus promesas electorales, ha sido capaz de poner de acuerdo a los demócratas y los republicanos: “senadores republicanos y demócratas contra la emergencia de Trump”, rezaba otro titular (El País, 05.03.2019). Y es que, si el congreso de mayoría demócrata rechaza la propuesta del presidente, parece que tampoco le irá mejor en el Senado: una docena de republicanos han anunciado su veto a la propuesta presidencialista de Trump para el 15 de este mes.

Según recoge el artículo mencionado, los republicanos tienen miedo a que los próximos presidentes puedan seguir la senda de Trump de concentrar cada vez mayor poder ejecutivo. El argumento del senador por Kentucky Rand Paul que recogía la prensa, era claro en este sentido: “Creo que [el presidente] está equivocado, (…) sino en su búsqueda de expandir los poderes presidenciales por encima de sus límites constitucionales”.

Quizás, tal y como me soltó un alumno en clase, las palabras del senador de Kentucky carecen de “credibilidad, que seguro que tiene algún lobby por detrás”. O puede que, más allá de la intransigencia presidencial, en los Estados Unidos de hoy en día, todavía quede algún resquicio del ideal republicano inicial, aquel que defendían los fundadores de hacer una “política democrática”. Veremos cómo termina la batalla entre la tiranía y la separación de los poderes.

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