La eterna división republicana y las primeras estrategias para superarla

    A cualquiera que haya leído un poco sobre la Segunda República Española le sonará el nombre de la “coalición republicano-socialista”. La denominación, en realidad, se había usado mucho antes, en 1909, para referirse a lo que la historiografía suele llamar con más frecuencia la “Conjunción Republicano-Socialista”. Pero, más allá de las palabras, lo cierto es que eran muy antiguos los intentos de mancomunar las variadas “familias” en que se dividía el republicanismo histórico (a veces, como en este caso, asociándolas con fuerzas de otras culturas políticas, aunque este es otro tema).

    El origen de estas uniones hay que buscarlo, lógicamente, en el momento en que se hizo patente esa división. Pero la verdad es que el republicanismo español nació fraccionado, porque las controversias doctrinales siempre existieron. Hasta tal punto, que hace unos años los especialistas empezaron a cuestionarse la existencia de una sola cultura política republicana (Ángel Duarte, Pere Gabriel…). Y hay quienes llegaron a distinguir hasta tres culturas, como Román Miguel González. La cuestión ha suscitado vivos debates en el mundo académico, pero lo que está claro, lo que hoy nadie discute y lo que nos interesa subrayar aquí es que el republicanismo español presentó siempre tal diversidad interna que no puede ser concebido como un universo homogéneo.

    Ahora bien, hubo un tiempo en que esa heterogeneidad convivió políticamente en el seno de una misma agrupación: primero, en el Partido Demócrata, creado en 1849; y después, en el Partido Republicano Federal, fundado en 1868 por una parte sustancial de quienes habían dado vida al anterior. Está claro que en aquellos tiempos, a pesar de esas diferencias internas, no se pensaba en la necesidad de una unión republicana porque, sencillamente, no había partidos que unir (dejemos a un lado el Partido Republicano Unitario, de implantación marginal).

   Así que tenemos que irnos al momento inmediatamente posterior a la Primera República, cuando la división se hizo ya tan patente e insostenible que las diferentes facciones se lanzaron a organizar sus propias agrupaciones políticas, se afanaron en movilizar a sus bases y, cuando la ley lo autorizó, crearon periódicos en todos los sitios que pudieron para defender sus ideas de forma separada. Había llegado el momento, como se decía en la época, de “deslindar los campos”.

    Esto ocurrió muy singularmente entre 1875 y 1880, cuando se produjo la restauración de la monarquía en la persona de Alfonso XII. Al poco, se prohibieron las organizaciones, sociedades y periódicos expresamente republicanos. Y fueron aquellas circunstancias adversas las que propiciaron el surgimiento de una corriente de opinión a favor del entendimiento, de la inteligencia republicana, de mancomunar esfuerzos: es lo que se llamó la Unión Democrática.

    En un sector importante de quienes profesaban ideas republicanas, prendió la idea de que la división había resultado fatal en 1873. Otra cosa era el reparto de culpas, ya que cada uno daba su versión, pero muchos republicanos coincidían en que la discordia y los enfrentamientos habían pasado factura. Una elocuente caricatura publicada en El Motín pocos años después plasmó de manera soberbia esta convicción. El dibujo presenta a los tres principales dirigentes del 73 (de izquierda a derecha, Salmerón, Castelar, Pi y Margall) en plena trifulca, a palo limpio, mientras Pavía patea en el trasero a una alegoría de la República y la expulsa de la escena. La caricatura, además, se acompañó de un poema que contiene pasajes muy elocuentes sobre los males de las envidias y del “fulanismo”, o sea, de anteponer los nombres de los líderes a las ideas o los proyectos para justificar facciones o disidencias (“[…] a la greña andaban / por quitarse el puesto, / apelando a chismes, / ardides y enredos” […]).

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Fuente: El Motín, Madrid, 20 de abril de 1890 (Biblioteca Nacional de España)

    La Unión Democrática fue la primera Unión Republicana de la historia de España. No se podía llamar así porque la ley proscribió el término “República” y su familia léxica hasta que Sagasta llegó al poder en 1881. Se trataba, pues, de un eufemismo. Pero sirvió para estimular la reorganización de las filas republicanas y también sus periódicos, aunque muy condicionados por la legislación vigente. Algunos títulos, como el diario La Unión, dirigido por Antonio Sánchez Pérez, desempeñaron un papel central en aquellas campañas.

    Sin embargo, no tardaron en llegar las polémicas. Incluso entre quienes se mostraban a favor de la Unión Democrática, se produjo una división en torno a la fórmula que había que adoptar: ¿debía tratarse de una coalición de los diferentes partidos sobre un programa común o de una nueva agrupación en la que se refundieran (desapareciendo) las preexistentes? Huelga decir que constituía un debate muy repetido en la historia política de nuestro país en diferentes épocas, incluida la actual.

   ¿Qué balance puede hacerse de esa estrategia que se dio en llamar Unión Democrática? En realidad, nunca llegó a cuajar como proyecto de ámbito estatal, debido precisamente a ese choque de interpretaciones sobre lo que debía ser la “Unión”; pero sí se convirtió en una herramienta útil a escala municipal, donde cada núcleo republicano optó por una u otra fórmula según las preferencias y circunstancias locales. Basta con recordar el caso de Oviedo, donde no por casualidad parece haber surgido la idea de la Unión Democrática o, al menos, su aplicación exitosa más temprana. En el Ayuntamiento de la capital asturiana, la Vetusta de Clarín, hubo mayoría de concejales republicanos durante muchos años, a pesar de sus poderosos adversarios y del influjo del caciquismo. En las elecciones de 1879, por ejemplo, las candidaturas de la Unión Democrática arrasaron al lograr las 14 concejalías en juego.

    Sea como fuere, en la Unión Democrática hay que buscar el precedente de la coalición republicana de 1886, de la Unión Republicana de 1893, de la Fusión Republicana de 1897, de la Unión Republicana de 1903 y, en definitiva, de las sucesivas tentativas de alianza republicana que surgieron en adelante con diferentes nombres.

Sergio Sánchez Collantes

 

 

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Revista sobre Blasco Ibáñez y artículo de las Mujeres blasquistas

El pasado 21 enero fué la presentación de la reciente aparición del número 1 de “Prometeo. Revista de la Casa Museo Blasco Ibáñez”, de periodicidad anual, editada por el Ayuntamiento de Valencia y codirigida por Paco Fuster y Emilio Sales. Para más información: http://casamuseoblascoibanez.com

Felicitamos tal iniciativa que abre una nueva fuente y seguro buenas investigaciones entorno del republicanismo valenciano y la vida y obra literaria de Vicente Blasco Ibáñez. Nos hacemos eco de este inicio para compartir el índice del primer número de esta nueva publicación: https://dialnet.unirioja.es/ejemplar/507463

Destacamos en este primer número de la revista el artículo: BLANES ANDRÉS, Roberto; LÓPEZ, Amparo; LÓPEZ, Ángel; SANCHIS, Vicente (2018) <<“Mujeres blasquistas: “el grupo republicano María Blasco, de Burjassot”>>. En:  Prometeo: revista de la Casa-Museo Blasco Ibáñez, ISSN 2659-2851, Nº. 1, 2018, págs. 187-205

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Dicho artículo recoje la intervención de los cuatro autores dentro del “Cicle de Conferències a la Casa Museu Basco Ibáñez 2018” del pasado 14 de junio, en el que se hizo la intervención “Blasquismo y feminismo: El Grupo María Blasco de Burjassot”. En dicha conferencia versó sobre la agrupació femenina republicana como ejemplo de la importancia del blasquismo en las reivindicaciones femeninas.

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Secularización y Segunda República

Acaba de aparecer el articulo ‘The Bones of Contention: The Secularisation of Cemeteries and Death Practices in the Spanish Second Republica’ en la revista European History Quarterly,Vol 49, Issue 1, 2019https://doi.org/10.1177/0265691418817466

Los esfuerzos de secularización de la Segunda República española encontraron una feroz resistencia por parte de los católicos y la Iglesia. Las autoridades locales encabezaron la secularización en un contexto legal poco claro, pero también intentaron mediar entre las diferentes demandas, al mismo tiempo que protegían el sentimiento católico y respetaban los derechos de propiedad. Los cementerios y las procesiones funerarias fueron un campo de batalla clave en una “guerra cultural” que se extiende a lo largo de la preocupación del siglo XIX por el papel de la religión en la vida de los ciudadanos españoles y la intensidad del conflicto entre las guerras, las amargas luchas por ocupar el espacio público y la movilización De las conceptualizaciones antagónicas de las ‘personas’

Es el primer trabajo que analiza en profundidad la relación entre la legislación republicana y la política municipal, y se inserta dentro un debate mas amplio sobre la política republicana y lo que algunos llaman una ‘kulturkampf’ en la Europa de entreguerras.

Asimismo enlaza con otros dos artículos del autor, Matthew Kerry, ya publicados:

Escritos articulados a raíz de la tesis doctoral leída en la University of Sheffield sobre radicalización en los campos del norte de Asturias en la década de 1930 (2015).

Ficha del autorMatthew Kerry investigador visitante en la University of Leeds, historiador social y cultural con una investigación centrada en los campos de la izquierda política, la religión, la protesta y la violencia, con un interés particular en cómo se vive, se conceptualiza y se impugna la política en la vida cotidiana. Actualmente soy investigador visitante en la Universidad de Leeds.

Revisitando el pensamiento económico de Fernando Garrido

Cuando se reflexiona acerca de Fernando Garrido lo primero que se deja entrever es el papel fundamental que tuvo como teórico, en consonancia con su participación política real, del republicanismo federal en la España decimonónica. Sin embargo, cuando se habla de discursos nacionalizadores, de historiografía decimonónica, de construcción de identidades y de elementos que, en su generalidad, tienden a ser superestructurales, puede darse el caso de que olvidemos las bases que los asientan, el modelo legitimador que las sustentan.

Este demosocialista que participó en las insurrecciones populares (aunque no creyera en la revolución social), fue encarcelado y forzado al exilio en reiteradas ocasiones. Combatió en la teoría y en la práctica todas aquellas actitudes y prácticas que atentaban contra la democratización política de la sociedad española y que mantenían a la clase trabajadora en condiciones de depauperación alarmante. Garrido consolidó en su pensamiento unos posicionamientos teóricos económicos que, aunque en ocasiones contradictorios e idealistas, no por ello dejaban de ser un poso fundamental en toda su teoría política. Tanto es así, que sus obras de carácter histórico pertenecientes a la corriente historiográfica republicana contestataria, de la que sería partícipe activo a lo largo de su vida, no pueden comprenderse realmente si no se aborda su pensamiento económico.

Garrido se autocalificaba como socialista, y de hecho participó en los enconados debates que se produjeron a mediados de siglo con otros republicanos sobre el carácter que había de tener la democracia que se pretendía implantar en España. Tal fue el caso de la confrontación entre uno de los mayores representantes del republicanismo de carácter liberal, José María Orense, quien renunciaba a apostillar la “democracia” como “socialista”, al tiempo que Garrido defendía la idoneidad de tal unión.

“El carácter general, común a todas las doctrinas socialistas, es el de querer reformar y mejorar la sociedad, aplicando a todo el principio de asociación. Por esto fueron llamados socialistas o societarios, y no por querer aplicar sus sistemas reformistas a la sociedad, como muchas personas piensan, autoritariamente, los socialistas modernos” (Garrido, 1970c: 35).

Evidentemente, el problema no era formal sino claramente de fondo. El debate se tradujo en la confrontación entre la defensa a ultranza de la propiedad privada del sistema capitalista, primando el individuo a la sociedad, y la defensa de una propiedad privada cuya autonomía, aun dándose y defendiéndose, se ponía al servicio de las necesidades sociales.

Así, Garrido, como propagandista imbuido por la búsqueda de la cientificidad de su época, entendió la necesidad de escribir desde la Historia. Por tanto, escribiría Historia situándose como defensor de los trabajadores, y para ellos narraba su historia fundamental, su Historia de las clases trabajadoras, de 1870. Una obra fundamental puesto que permite acceder no solo a sus postulados políticos (que atraviesan la generalidad de su obra) sino, sobre todo, a su pensamiento económico. Así, cuando denunció las condiciones de vida de la clase trabajadora española, las pésimas jornadas laborales a las que se veían atados mujeres y niños, o cuando elevó críticas contra aquellos jornales irrisorios que percibían, no lo hizo como una forma de propaganda que adscribiera el movimiento obrero al republicano. Buscaba las raíces del problema económico en España, y percibía que, si la libertad se circunscribía únicamente al campo de la política, sería una libertad falaz al no quebrar las cadenas que ataban a la clase obrera a la miseria. Cadenas que debían comenzar a cuestionarse aplicando un principio básico y transversal (y teleológico) en la obra de Garrido: el principio de la asociación.

Por tanto, y en relación con la necesaria unión de libertad política y económica, Garrido afirmó que:

“La evolución económica que ha de emancipar a las clases trabajadoras del yugo del capital, coincidirá con la revolución política, por ser el únimo (sic) medio de que la democracia pueda consolidar sus principios de libertad y de igualdad, o impedir las reacciones, que devuelvan el poder a manos de las clases privilegiadas: porque nunca ha sido efectiva la emancipación política de una clase si no ha sido precedida, acompañada, o inmediatamente seguida de su emancipación económica” (1975: 132)

Aun así, defendía, por supuesto, el sistema económico liberal, capitalista, aunque pretendiera su radicalización democrática (en sentido político y económico). Esto le llevó a plantear asociaciones y luchas de carácter interclasista (lo cual estaba presente en la mayor parte del espectro republicano de su tiempo), por lo que pese a afirmar la existencia de clases diferentes, los propietarios y los trabajadores, no las situaba como antagónicas más que de forma coyuntural. La situación podría y habría de revertirse si las asociaciones renunciaban a sus intereses egoístas y se focalizaban en el bienestar de la sociedad española en su conjunto.

Si el problema principal no emanaba para Garrido de la contradicción capital-trabajo como argumentaría el marxismo, ni de la falta de distribución de la propiedad privada individualizada o la inexistencia de esta, como expondrían anarquistas y otros grupos “apolíticos”, ¿de dónde surgían las cadenas para las clases populares españolas? Garrido escribió:

“De aquí que el comercio fuera, y sea todavía para muchas naciones, un medio político de domino sobre otras, y que en todas lo sea del predominio del comerciante sobre el productor, del capitalista sobre el obrero. Acaso, y sin acaso, el secreto de la destrucción del pauperismo, de la emancipación de las clases trabajadoras, dependa, si no en exclusiva, fundamentalmente, de la subordinación de la función comercial a la productora, de la supresión, por el cambio directo de los frutos del trabajo entre los mismos productores, de las densas nubes de intermediarios, parásitos improductivos que, apoderándose momentáneamente de la riqueza producida imponen la ley al productor, interponiéndose entre él y los consumidores y no dejando a éstos otro arbitrio que comprarles los géneros que ellos no han creado, pero que compraron para revenderlos caros” (1970a: 130).

Por tanto, es posible aventurar que entre esos propietarios (una minoría) y la mayor parte de la sociedad, conformada por los trabajadores, para Garrido se encontraría el intermediario, el comerciante. Por tanto, Garrido entendía (al comparar la concepción de la producción con el de la distribución) que las problemáticas socioeconómicas esenciales provendrían de los intereses surgidos en el intercambio y no de la apropiación del trabajo social producida en la fase productiva. Por supuesto, esto no significa que negara que la burguesía industrial tenía un papel protagonista en el fomento de la desigualdad social. Garrido entendía que:

“Los explotadores, decimos, habian (sic) puesto en tales condiciones á los obreros que no podían moverse, que no tenían ni hogar, ni familia, ni libertad, solo tenían un derecho, el de trabajar, percibiendo por ello, primero el alimento, mas tarde un salario que no bastaba para comprar lo necesario á reparar las fuerzas” (1868: 953)

Por lo que terminaría por apuntar que:

“En una palabra, el empresario ha sustituido al señor feudal, y la existencia de este intermediario es el motivo de que las relaciones económicas sean antagonistas, la producción menguada y la miseria general” (Garrido, 1970b: 20)

Sin embargo, y pese a tal concepción de los propietarios industriales, y fruto de la interpretación que hacía del proceso distributivo, terminaba por caer en un discurso interclasista que terminaba por fundamentarlo en la necesidad de la asociación por clases y de clases para superar los escollos y problemas sociales mediante reformas políticas que combatieran la depauperación. Sin embargo, ¿de dónde vendría este análisis? De la causa primera. No se puede comprender tal posicionamiento respecto a la situación de fricción o alianza de clases sin comprender la concepción que tenía el propio Garrido de la propiedad privada. Concepción semejante a sus compañeros demosocialistas e, incluso, a los demoliberales. Así, para Garrido:

“La primera condición de la libertad es la propiedad. El hombre no es libre de hecho, sino proporcionalmente á los medios con que cuenta para satisfacer sus necesidades, y sabido es que la propiedad figura como el primero y mas eficaz de los medios que aseguran la independencia del hombre [sic]” (1868: 14).

Para concluir, es necesario terminar esta reflexión remarcando, pues, la necesidad de releer a autores republicanos como Fernando Garrido. Una relectura que aspire a comprobar si sus posicionamientos políticos y sociales, la instrumentalización nacionalizadora que se daba en su historiografía, entre otros elementos, obedecían a alguna dinámica concreta más allá de la meramente culturalista, superestructural. Puede afirmarse, visto lo visto, que quizás haya que retomar ciertos cabos que se han ido soltando (no siempre, por suerte) a la hora de establecer análisis lo más completos posibles. Cabos como el que se ha intentado amarrar aquí: el posicionamiento económico. Pues no ha de olvidarse que la economía define, a nuestro modo de ver, las actitudes y relaciones sociales más básicas, y, por tanto, han de tener repercusiones en todo el edificio social.

Adam Abbou

Bibliografía:

Garrido, F. (1868): Historia del reinado del último Borbón de España. Madrid: Salvador Manero.

Garrido, F. (1970a): Historia de las clases trabajadoras. 2. El siervo. Madrid: Zero, S.A.

Garrido, F. (1970b): Historia de las clases trabajadoras. 3. El proletario. Madrid: Zero, S.A.

Garrido, F. (1970c): Historia de las clases trabajadoras. 4. El trabajador asalariado. Madrid: Zero, S.A.

Garrido, F. (1975): La federación y el socialismo. Barcelona: Editorial Labor