La mujer en la obra de Pablo Correa y Zafrilla: adelanto de un libro

Portada Correa y Zafrilla

En pocas semanas la editorial Almud sacará a la luz una biografía del publicista federal Pablo Correa y Zafrilla (1842-1888), un nombre prácticamente desconocido fuera del estrecho ámbito de los historiadores del movimiento republicano, aunque su aportación al desarrollo de la cultura democrática en la España contemporánea fue, en algunos aspectos, crucial. Correa fue el primer traductor al castellano de El Capital y autor de una ingente masa de artículos repartidos en las columnas de todos los periódicos del Partido Republicano Federal en el último cuarto del siglo XIX. Solo un libro, inacabado y publicado tras su muerte, condensó su pensamiento, deudor en gran medida del de su mentor, Francisco Pi y Margall, aunque sus conclusiones eran considerablemente más avanzadas en determinadas materias. Era el caso de su respuesta frente a la cuestión social o al papel social y político de la mujer. Precisamente sobre esta temática tratan las líneas que siguen, tomadas de uno de los últimos capítulos del libro. Sirven, por ello, de adelanto de esta inminente publicación.

La mujer en la obra de Pablo Correa y Zafrilla:

En las culturas republicanas de fin de siglo, el papel reservado a la mujer tuvo una articulación considerablemente paradójica. De un lado, las agrupaciones democráticas dieron cobijo a las primeras feministas laicas, procurándoles, como señala María Pilar Salomón, “la oportunidad de que sus presupuestos sobre la importancia de la educación para la emancipación femenina llegaran a un público más amplio” (2005: 111). De otro, las imágenes más generalizadas sobre el papel social y político de la mujer en los discursos republicanos distaron de representar un verdadero ideal emancipador. Por el contrario, tendieron a construir un estereotipo sobre la feminidad que, en esencia, se apartaba poco del modelo hegemónico de subordinación de la mujer al hombre y de reclusión de su función social al espacio doméstico.

Más allá de esta coincidencia en el “canon de la domesticidad”, sí pueden encontrarse variantes reseñables entre el discurso sobre la mujer elaborado por las diferentes sensibilidades republicanas y el que desde los sectores más conservadores se defendía. De hecho, es también posible hallar voces, dentro del movimiento democrático, que rompían con los esquemas hegemónicos de sus propios correligionarios para avanzar hacia un horizonte de liberación política y social más ambicioso. Por supuesto, era el caso de las mujeres que, ya desde las décadas centrales del siglo, se adscribieron a las posiciones republicanas (Espigado Tocino: 2005; Penche: 2009-2010). Desde ese espacio contribuyeron a abrir camino hacia la igualdad en la esfera pública y, también, en el la privada. A ello ayudaron también los militantes que asumieron el reto de la emancipación de la mujer como un objetivo central del republicanismo.

Uno de ellos fue Pablo Correa. En un momento en el que el feminismo pre-sufragista se desarrollaba en torno al eje del librepensamiento, Correa ya defendía abiertamente la emancipación de la mujer en la familia así como el sufragio femenino. La suya no era una voz aislada, pero tampoco representaba el sentir mayoritario de su partido. Esto no significa que su pensamiento estuviera totalmente libre de estereotipos de género, como los que identificaban al hombre con capacidades como la fuerza y la inteligencia, y a la mujer con la intuición y el sentimiento. Esta retórica del “sexo fuerte” y el “bello sexo”, extendida a todas las culturas políticas del momento, incluidas las de signo progresista (Mira Abad, 2005: 86-87 y 91) aparecía en diferentes pasajes de Democracia, federación y socialismo. Con ellas, Pablo Correa y Zafrilla defendía una idea de complementariedad entre sexos, más que de verdadera igualdad:

“El varón es robusto y fuerte; la mujer, delicada y bella; el primero es, ante todo, pensador, activo y reflexivo […]; mientras que la segunda siente principalmente y sus ideas llevan indeleble el sello de la espontaneidad y del sentimiento; el uno tiende con preferencia a lo general, libre, expansivo; la otra busca sus goces y hace brillar su genio en la intimidad del alma y del corazón; aquel raciocina, discurre; ésta ve y adivina. El varón tiene corazón, pero su gran facultad es, sin duda alguna, la inteligencia; la mujer no carece de inteligencia, pero su órgano especial es el corazón […] ¿Es inferior la mujer? Tanto valdría preguntar, si de los colores de la luz son los unos inferiores a los otros. Son iguales el varón y la mujer, y sus propiedades se ajustan y convienen entre sí con admirable exactitud, tanto que, suprimido el uno, aparece menoscabado el hombre, que no es ni pudo ser jamás, sino la unidad, el conjunto, la síntesis de los dos” (1886: 22).

En este punto concreto, Correa retomaba los argumentos que Pi y Margall había expuesto a fines de 1868 en su conferencia sobre la misión de la mujer en la sociedad. “En el hombre ―afirmaba― hay tres grupos de facultades, o por mejor decir, tres fuerzas: la inteligencia, la actividad y el sentimiento” (1868: 6). Dichas fuerzas estaban presentes en todos los individuos, aunque se manifestaban en distinto grado conforme a las configuraciones naturales peculiares a cada sexo: “la principal misión de la mujer está en fortalecer el sentimiento, en alimentarle, en darle fuerza, en hacerle la base de la actividad y de la inteligencia” (1868: 8). Pi y Margall se refería, concretamente, a la actividad y la inteligencia del hombre, a quien la mujer, “todo amor, todo sentimiento”, debía consolar en sus esfuerzos, contrariedades y desengaños cotidianos.

No debe extrañar, por tanto, que el dirigente federal no reconociera para la mujer un papel político activo:

“¿Se quiere entonces, se me dirá, que la mujer sea también política? ¿Se quiere que la mujer tercie también en las ardientes luchas de los partidos? No, a buen seguro; no creo que la mujer deba nunca mezclarse en nuestras sangrientas luchas civiles; no creo ni aún que deba tomar parte en esas manifestaciones ruidosas que de algún tiempo acá vemos entre nosotros; no creo ni que deba hacer exposiciones en pro ni en contra de tales o cuales principios que se estén agitando; pero creo, sí, que puede y debe influir en la política, sin separarse del hogar doméstico” (1868: 9).

Precisamente en esos momentos, cuando la Septembrina había abierto las compuertas de la participación democrática y había llenado de promesas de reforma radical las expectativas de la ciudadanía, las mujeres salieron a la calle para exigir el fin de los impuestos indirectos y de las quintas. Entre ellas, también fueron muchas las que se aproximaron a la órbita del federalismo para defender la libertad religiosa y la República (Espigado Tocino, 2005: 34). De ahí el surgimiento de la Asociación Republicana de Mujeres de Madrid, del club republicano femenino de Alicante (Gutiérrez Lloret, 1985: 101) o el Club Mariana Pineda de Cádiz. Las trabajadoras del textil en Valencia, de la seda en Sevilla, las sombrereras de Valladolid, las lavanderas de Cádiz y las cigarreras de la fábrica de los Larios no dudaron en acudir a la huelga para luchar por la mejora en sus condiciones de trabajo. Más adelante, la presencia femenina sería también tangible en las rebeliones cantonales.

No parece que Pi y Margall se sintiera completamente conforme con ese activismo femenino, por más que reforzara la propia causa federal. Su tesis era clara: el espacio público no era el de la mujer que, eso sí, podía influir en la política desde su esfera natural: el hogar. Era en su papel de madre donde Pi, como muchos de sus contemporáneos, comprendía que la mujer debía servir a la causa de la república, mediante la educación de los hijos en principios racionalistas. En la reproducción, también de los valores éticos y políticos, radicaba la misión de la mujer: “cuando brilla más especialmente la mujer es cuando se dedica a formar la conciencia de ese niño para hacer de él un ciudadano bueno y un hombre probo” (12). De ahí la necesidad de universalizar la educación en materias como las ciencias naturales, la higiene o la moral.

Estas ideas seguían plenamente vigentes en el movimiento republicano de la década de 1880. “En ese mismo tiempo ―escribe Luz Sanfeliu, en referencia al momento posterior a la reorganización federal de 1882―, en los círculos republicanos, los hombres difundían mayoritariamente modelos de feminidad que abundaban en el valor de las mujeres en el ámbito familiar”. Pero, a la vez, en esos momentos se hizo cada vez más patente el discurso masculino que, de manera exagerada, enfatizaba “las dependencias femeninas de la religión católica” (2008: 66-67). La supuesta subordinación de la mujer al clero se convirtió en un tópico desmesuradamente recurrente en la prensa republicana a la hora de abordar la “cuestión femenina”.

Así lo refleja la serie de artículos anónimos que publicó La Vanguardia, el periódico federal en el que Correa y Zafrilla escribía, a mediados de 1883. La necesidad de recabar el apoyo de la mujer para la causa democrática, en competencia directa con el movimiento católico, estaba presente en uno de ellos, titulado “Las mujeres en la Revolución”. Sus argumentos partían de la convicción de que “la imperiosa necesidad” de ganar “auxiliares para la difusión y el triunfo” de la república federal, “la mujer, convenientemente instruida, sería un poderoso elemento de propaganda, conforme lo es hoy, supeditada a la perniciosa influencia del confesionario, de poderoso auxilio para el fanatismo y para el error” (8-4-1883). El mismo artículo reafirmaba la idea de domesticidad y de subordinación a la misión política del hombre en una disertación plagada de pinceladas misóginas:

“Hay que prescindir por completo de la mujer, hay que relegarla a la condición de un mueble de uso indispensable; negarla todo derecho y toda participación en la vida pública y cerrar los ojos y los oídos a sus gracias y a sus sugestiones, o hay que educarla convenientemente y al nivel del hombre, para que le sirva de útil y de poderosa ayuda. La empresa no es difícil. Las felices disposiciones que la mujer presenta para instruirse, pueden estimularse halagando su amor propio, que tan fácil es de despertar en los caracteres impresionables. La mujer es muy sensible a la gloria y al aplauso. La que a las gracias del cuerpo reúna las dotes del espíritu; la que a un hermoso semblante junte la magia del divino don de la palabra, puede aspirar al triunfo y a la gloria que sólo hoy obtienen algunos seres privilegiados sobre las tablas de un teatro” (La Vanguardia, 8-4-1883).

La lógica universalista de la democracia federal chocaba, de este modo, con la convicción de que la mujer se encontraba en un estado de dependencia respecto a quienes se identificaba como los enemigos del progreso. Más de una vez, los artículos de La Vanguardia esgrimieron que las sugestiones de la mujer, por medio de la seducción, habían trastocado importantes decisiones políticas de los gobernantes en sentido, por supuesto, reaccionario. Un argumento peregrino, pero que gozó de considerable predicamento y sirvió para enriquecer el arsenal de pretextos con los que dilatar el acceso de la mujer a la arena pública. De ello daba cuenta otro artículo de La Vanguardia, titulado “La educación de la mujer”:

“No es por medio de los derechos políticos, ni por la igualdad de los sexos como se conseguirá levantar a la mujer de su ignorancia y postración. Los derechos políticos serían hasta un peligro en manos de las mujeres. Hablamos para lo presente, no para lo futuro, cuando la inteligencia femenina se halle completamente cultivada y en perfecto desarrollo.

¿A qué influencias obedece hoy todavía la mujer? A las influencias clericales. Por esto en la actualidad el arma de los derechos políticos en manos de la mujer sería un elemento peligroso, un elemento de retrogradación, tanto más expuesto cuanto que la seducción contra el bello sexo sería un auxiliar poderoso de los enemigos de la luz […].

Para el partido republicano, la cuestión de educar a la mujer es una cuestión capital. Educando a la mujer, se educa al hombre” (20-5-1883).

Educación y laicismo se convirtieron en dos principios fundamentales, desde el prisma republicano, para la liberación de la mujer. Pero no se trataba de alcanzar su emancipación en todos los órdenes de la vida, sino en el de la conciencia, que los republicanos creían sujeta al confesionario (Sánchez Collantes, 2014a: 69). Se establecía, de este modo, un término dilatorio para el reconocimiento de sus derechos políticos. Este tipo de argumentos, como recuerda María Pilar Salomón, “sirvieron de mecanismos de control social utilizados para reforzar los modelos de género existentes”. Pero, al mismo tiempo, “espolearon a una minoría, fundamentalmente femenina, a luchar por la emancipación de las mujeres” (2005: 104). Ese movimiento laicista de las mujeres librepensadoras y republicanas ―con frecuencia masonas, en ocasiones, también, espiritistas―, sería la antesala del feminismo sufragista (Ramos, 2005).

Correa y Zafrilla, en algunos aspectos, se apartó de los anteriores esquemas ideológicos. No entendía que las mujeres estuvieran más sometidas a la ignorancia y a la influencia clerical que los hombres. Para él, esa era más bien una situación generalizada que impedía el desarrollo de una conciencia cívica democrática. Correa concebía la libertad como un derecho inherente a la personalidad humana, pero también como una capacidad reservada a quienes podían obrar conforme a su voluntad y, a la vez, someter la voluntad al dictado de la razón, de la conciencia emancipada del dogma: “la libertad consiste en la conformidad de la voluntad con la razón, unión que constituye la virtud” (1886: 41). Por ello, la generalización de la educación cívica se concebía como una precondición de la verdadera libertad para hombres y mujeres.

Podría, de acuerdo a la anterior reflexión, concluirse que el reconocimiento de los derechos políticos tanto para los hombres como para las mujeres debía aplazarse hasta que se lograra la universalización de la instrucción. Pero Pablo Correa, por el contrario, entendía que “el procedimiento para hacer pueblos libres es el de la libertad y nada más” (1886: 147). En coherencia con dicho aserto, las oportunidades políticas que ofrecía el establecimiento de la República Federal no podían reservarse a la mitad masculina de la comunidad. Por eso atribuía al Estado la obligación de universalizar la educación y de cambiar “el derecho de matrimonio y de familia, reformando esta institución hasta emancipar a la mujer” (1886: 210). A la vez, defendía el sufragio como un “derecho de mandato” del que no podían ser excluidas las mujeres:

“Respecto de la mujer, no hay razón fundamental, como ya sostienen muchos y eminentes escritores de Europa y América, para excluirla del goce de éste y de los demás derechos políticos; sobre todo, nadie podrá explicar, por qué no gozan derecho de sufragio las que son cabezas de familia, dirigen una numerosa familia, una casa de labranza, un comercio, una industria cualquiera, todo lo cual supone más capacidad de la que se le atribuye. La emancipación de la mujer es una necesidad política y moral de los tiempos modernos. En América, en algunos Estados de la Unión, gozan del derecho electoral activo y pasivo las mujeres sin ningún tipo de inconveniente. No lo ejercen todas, sino las que se sienten con aptitud y condiciones, como sucede con el sexo fuerte. Es una contradicción que se niegue a la mujer todo derecho político donde puede ser jefa del Estado, sin que tal privilegio pueda explicarse mejor que otras tantas odiosas o ridículas injusticias” (1886: 175).

Dos años más tarde de que Correa escribiera estas líneas, Pi y Margall usó argumentos similares para referirse al voto femenino, marcando de este modo una importante distancia respecto a su disertación sobre la mujer de 1868. Esa oscilación es una muestra de la manera en que “el republicanismo se mostró como un crisol de contradicciones” sobre el encaje social y político que la mujer debía ocupar en su discurso (Sánchez Collantes, 2014a: 75). Contradicciones presentes también en los debates que llevaron a la aprobación de los proyectos constitucionales debatidos en las asambleas regionales y nacionales del partido en la década de 1880. Cuatro de estos proyectos llegaron a recoger el sufragio femenino, aunque con significativas restricciones: el catalán, el gallego, el andaluz y el extremeño.

En el caso andaluz, las mujeres debían tener estudios medios para votar. El proyecto de Cataluña, por su parte, elevaba ese requisito censitario a la posesión “de un título académico o profesional”, condición con la que discreparon algunos de los delegados del partido presentes en el Congreso Regional catalán de 1883. Uno de ellos aseguraba que la capacitación profesional de la mujer no constituía una “garantía de professió d’ideyas lliberals y despreocupació de confessionari”. El de Galicia pedía únicamente que “la mujer mayor de 20 años” demostrara estar “instruida en las materias que abraza la segunda enseñanza, o la técnica, o, cuando menos, presente certificado de haber cursado y probado un grupo de asignaturas comprendido en la sección de ciencias naturales, físico-matemáticas” (Sánchez Collantes, 2014b: 449-459).

Eran, por supuesto, extremadamente pocas las mujeres que cumplían estas condiciones en el conjunto de España. En este sentido, hubo representantes del federalismo gallego que defendieron el sufragio femenino sin ningún tipo de restricción. Así, José Porto García aseguró “no comprender cómo la Comisión pudo restringir el derecho electoral al exiguo número de mujeres adornadas con un título académico o punto menos”, si no podía dudarse de que la mujer se hallaba “constituida física y moralmente como el hombre”. Pedía, por ello, que la asamblea gallega reconociera “a todas las mujeres el derecho electoral sin limitación alguna”. Su enmienda fue rechazada por los federales gallegos. Algo más avanzada, aunque dentro de idénticos criterios censitarios, fue la postura de sus correligionarios extremeños, que extendieron el derecho al voto “a todas las cabezas de familia mayores de veinticinco años”.

Voces como las Correa y Zafrilla, en definitiva, fueron minoritarias, pero se hicieron oír en el largo debate sobre la emancipación de la mujer y su acceso a la arena de la ciudadanía en igualdad plena con los varones. Fue, en este sentido, representante de un temprano “feminismo de hombres” que, junto al esfuerzo de un importante número de librepensadoras y republicanas, contribuyeron a situar la liberación de la mujer en el debate público. Se adelantaron, en este sentido, a otras voces más conocidas, como las de Adolfo Posada, que en 1899 publicó su libro, Feminismo; y Francos Rodríguez, autor de La Mujer y la política españolas (1920). El voto de la mujer, sin embargo, tardaría en convertirse en un objetivo para los partidos republicanos, que, pese a la importante presencia femenina en sus filas, nunca encontraron una posición unánime al respecto.

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