El exilio amarga: un líder republicano de cerca IV

“Aquello se va”, le dice Ruiz Zorrilla al doctor Betances. Hablan de Cuba: “hay mucha agitación”, le revela. La hay, se entiende, entre los gobernantes españoles. Es el 16 de marzo. Los apuntes no indican el año, pero podría haber sido cualquiera. Cuba gravitó constantemente sobre las preocupaciones de la monarquía. Ni siquiera el fin de la Guerra Larga las calmó. Podría decirse que Ruiz Zorrilla —así lo entendió, al menos, el historiador Julio Salom— y la conservación de las colonias, determinaron la estrategia de la Restauración en política exterior, lo que equivale a decir que la política interior condicionó la diplomacia española durante al menos cinco lustros.

“Aquello se va y me alegraría que se fuera mientras dura esta situación en España”, reconocía Ruiz Zorrilla a su médico. No deseaba, desde luego, que la futura República que aspiraba a dirigir se encontrara desde su nacimiento con un conflicto colonial de solución prácticamente imposible. Pero, a la vez, era consciente de que ese conflicto podía llevarse por delante la monarquía de los Borbones. Al fin y al cabo, la cuestión cubana determinó la caída del proyecto de monarquía democrática encarnada en Amadeo I y propició la llegada de la Primera República en febrero de 1873. Y “aquello”, el dominio español sobre las Antillas, se fue, en efecto, mientras “la situación” duraba. Pero ni Ruiz Zorrilla lo vio marchar, ni sus seguidores aprovecharon la coyuntura para acabar con “la situación”.

El exilio ofrece un amplio horizonte para ilusiones y esperanzas, pero da poco margen a las alegrías. Lo que recogió Ruiz Zorrilla, por el contrario, fueron desengaños, derrotas, desilusiones a manos llenas y una enorme frustración. Sobre todo porque en algunos momentos su triunfo no estuvo lejos. Lo rozó en agosto de 1883 y, quizá, a fines de 1884. Pero las oportunidades se sucedían y esfumaban una tras otra. La posibilidad de la revolución aparecía cada día más remota. Por eso resulta tan difícil de explicar que Ruiz Zorrilla no se dejara de una vez vencer por el desánimo. Él mismo era consciente del efecto destructivo que su interminable destierro acarreaba.

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El exilio amarga, envenena, corroe. El exilio, mientras dura, es derrota y, por eso, destruye. Pero incluso el rencor amasado en largos años de pelea contra el Estado monárquico puede convertirse en combustible para proseguir la lucha. Así lo reflejan sus palabras del 17 de septiembre de 1889.

El señor Ruiz Zorrilla me dijo hoy:

-Me han engañado de tal modo, que hoy deseo más hacer la revolución por vengarme de mis enemigos que por servir a mis amigos.

-Sí –le dije-; pero esa impresión la borrará el tiempo.

-No lo crea usted –me contestó-. Yo me conozco. Y luego eso sería un buen ejemplo para hacer respetar mi gobierno.

(Otras veces me ha confesado que si tuviera que volverá empezar se guardaría mucho de sacrificarse. La humanidad, ha añadido, no merece esos sacrificios).

Le dije que un periodiquito, la Gaceta española, anunciaba su entrada en Madrid.

Sí, me contestó; el otro día me dijo un conservador que viera lo que decía La Época, “que un gran patriota como yo sabría hacer ese sacrificio a sus convicciones”, y yo le contesté: “cuando uno quiere tirarse a una mujer, empieza por decirla que es bonita, y buena, y hermosa, etc.; y después que se la ha tirado, la echa de su lado”.

Era cierto que el trono y sus gobiernos, en repetidas ocasiones, trataron de seducir a Ruiz Zorrilla, de llevarle de vuelta a España, incluso ofrecerle la posibilidad, remota, de llegar a gobernar. También sabía perfectamente hasta qué punto el regreso en esas condiciones era un descrédito para el proyecto político que representaba. Y sabía, por último, que todo ello no era más que un engaño. A esas alturas ya no existía la posibilidad de un regreso honroso, ni siquiera para retirarse de la política. Lo que a Ruiz Zorrilla le quedaba por delante no era más que la ilusión, poco verosímil, del triunfo y la certeza de la derrota, a la que no terminaba de acostumbrarse.

Eduardo Higueras Castañeda

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