Un líder republicano de cerca (III): la Vívora de Asnières y el Ogro Revolucionario

Uno nunca debería fiarse al cien por cien de lo que se afirme en un libro firmado por la “Vívora de Asinières”. A caballo entre los siglos XIX y XX, Luis Bonafoux es un emblema de la bohemia y de la polémica periodística. Basta recordar la diatribas que dedicó a Leopoldo Alas en su ruidoso panfleto Yo y el plagiario Clarín. El ruido y algo de mala intención también le acompañaron en la política. Durante sus años parisinos, se le acusó de vender confidencias a la Embajada sobre los revolucionarios españoles, con quienes solía pasar el tiempo. Hay pocas dudas de que así era, y no era el único. En sus crónicas abundan las referencias a los emigrados, pero nunca estuvo en el entorno próximo de Ruiz Zorrilla, un nombre que halagaba y enfangaba por partes iguales. Así lo pintaba en un artículo que se publicó el 13 de marzo de 1895 en El Correo de Puerto Rico:

Desgraciadamente el señor Ruiz Zorrilla, a pesar de sus eximias condiciones, a pesar también de su gran corazón, no era generoso de dinero. Rico, con 27 casas en Madrid, y con muchos miles de duros en el Banco, don Manuel no pudo impedir en ningún tiempo que pasasen hambre el puñado de valientes que jugaron por él la fortuna, la carrera y la cabeza. España, que por otras condiciones merece aplausos, es el país más económico de Europa, y el señor Ruiz Zorrilla era muy español. Si había fondo del partido, los emigrados comían de vez en cuando, para no perder la costumbre, porque el jefe distribuía los fondos con la escrupulosidad con que un mayordomo distribuye los de una casa grande. Pero si no había fondos, los emigrados ayunaban diariamente.

Zorrilla, recién llegado a España después de veinte años de exilio, no tenía ni veintisiete casas en Madrid, ni tantos miles de duros en el banco. Había sido rico. Pero a esas alturas vivía del patrimonio de su mujer, un capital que nunca arriesgó en sus intentonas revolucionarias. Todo lo contrario pasó con la parte privativa de su patrimonio, invertida en el poco rentable pozo de las conspiraciones. Es probable que no concibiera una forma mejor de solucionar el hambre de los exiliados republicanos que el triunfo de su revolución. El testamento de Ruiz Zorrilla, publicado hace algunos años, no es precisamente el que habría dejado un potentado.

Muchos de los exiliados zorrillistas a los que aludía Bonafoux −Casero, Prieto, Muñoz, Ladevese, Lapuya…− se empeñaron en contradecirle. No porque el dirigente republicano fuera necesariamente un dechado de generosidad, sino porque tampoco escatimó esfuerzos en buscarles colocación, en emplearles él mismo, en abrirles de par en par las puertas de su casa (a veces de su cartera) o negociar, si era necesario, una amnistía con las mismas instituciones a las que combatía.

Pero si algo disfrutaba la Vívora de Asnières era demoler mitos, burlarse de los ídolos, humanizar todo aquello que otros veneraban, mostrar las debilidades de quienes eran tenidos por grandes hombres. Ese era el caso de Ruiz Zorrilla, a quien Bonafoux veía rodeado siempre de los emigrados, las “gentes candorosas” que “con el andar pausado de la raza árabe, y con displicente apostura… discurrían antaño por las calles de París” imaginándose ministros de una futura república. Era la “Corte de don Manuel”. Bajar del pedestal ese nombre que los exiliados pronunciaban con reverencia −hasta el punto de designarse a sí mismos con él− era tentador. Por eso lo describía en sus últimos momentos, viudo, enfermo, derrotado y despistado:

en el Grand Hotel, sentado en un sillón de los que están a la disposición de todo el mundo en aquel establecimiento; vestido desaliñadamente, con un levitón que antaño había sido pardo, embutida la testa en monumental chistera, muy distraído al parecer, como si le preocupase alguna idea, y con el índice de la diestra mano sepultado en la nariz. Ante aquella ruina dolorosa me descubrí como se descubre el viajero al encontrar una sepultura en el camino.

La burla, la malicia y el afán iconoclasta se entremezclan en la mordaz literatura de Bonafoux disfrazados, como en esta ocasión, de una compasión cruel y un respeto, sin duda, hipócrita. Se recreaba mostrando al héroe desnudo y vencido. Pero lo cierto es que ni los exiliados republicanos ni su jefe salieron tan mal parados como otros personajes públicos en sus crónicas. Así comenzaba este artículo:

Don Manuel Ruiz Zorrilla está herido en el órgano que ha ejercitado más; está herido en el corazón… Don Manuel Ruiz Zorrilla no informaba su vida física en el principio del cínico Cambaceres, quien decía, en días de hambre popular, que el revolucionario debe restaurarse comiendo bien y bebiendo mejor para no sucumbir al peso de su trabajo.

Por otra parte, el ogro revolucionario tiene corazón de niño, y ese corazón ha pasado terribles zozobras, congojas espantosas, y ha llorado mucho en silencio ante las sombras de Mangado, de Villacampa, de los revolucionarios que murieron en tierra extranjera…

De que Bonafoux y Ruiz Zorrilla se conocieron personalmente no hay duda. Raro fue el caso de un español en París que no comiera alguna vez en su mesa. Sobre todo en las principales festividades del año, cuando el comedor del jefe exiliado se llenaba de expatriados para cenar. Al menos en una de esas celebraciones estuvo presente Bonafoux con otros comensales, “mitad españoles y mitad americanos”. Se hablaba de España, de Francia y de la comida: “don Manuel que presidía democrática y patriarcalmente −es decir, en zapatillas− resumió el debate culinario con una frase que es un poema: ‘yo, si he de decir la verdad, prefiero a todos los platos franceses un chocolatito con migas'”. Un poema, quizá no tan cómico como Bonafoux apuntaba, y quizá no tan trágico. Con esas pocas palabras, en su habitual tono familiar y pedestre, el Ogro Revolucionario resumía veinte años de desarraigo.

EDUARDO HIGUERAS CASTAÑEDA

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