Las odiosas quintas y el republicanismo

     Una de las mayores preocupaciones que inquietaban a las clases populares en la España del siglo XIX fueron las quintas, el nombre con el que se conocía entonces el servicio militar. Al acercarse la edad, una congoja espantosa se apoderaba de los jóvenes varones que no deseaban ir a filas, pero también de sus familiares y allegados. Había, desde luego, quienes deseaban hacerlo por vocación o tradición familiar, pero lo injusto del sistema radicaba en ciertas fórmulas que preveía la ley para ser declarado exento. La más famosa era la llamada “redención a metálico”, que durante muchos años osciló entre las 1.500 y las 2.000 pesetas: quien pagase esa cantidad, quedaba libre del temido “deber patriótico”, que por eso mismo no era verdaderamente universal. Huelga decir que se trataba de una cifra prohibitiva en la época y que solamente un exiguo porcentaje se lo podía permitir. En definitiva, esto significa que los jóvenes de familias adineradas podían elegir entre hacer o no el servicio militar, mientras que los mozos de extracción humilde no tenían elección: para ellos, la única forma de librarse era incurrir en delitos como la deserción, la autolesión y otras vías de escape que, naturalmente, penaba la ley.

    ¿Y qué tienen que ver las quintas con el republicanismo? Pues que desde que los republicanos aparecen en la escena política, allá por la década de 1840, incluyeron en sus programas y reivindicaciones la abolición de las quintas. Al menos tal y como estaban planteadas: si había cargas militares, debían afectar a todos los ciudadanos y hacer de este modo efectiva la igualdad ante la ley. Esta reivindicación, como la de la supresión del odiado impuesto de consumos —que abordaremos en otra ocasión—, le granjeó al republicanismo un valioso apoyo en los sectores populares desde que empezó a dibujarse como alternativa política diferenciada. Buena parte de las manifestaciones contra las quintas que se documentan en los años que siguieron a la Revolución de 1868 las impulsaron los republicanos y en todas cobraron las mujeres un protagonismo  sustancial. «¡Abajo las quintas!», la consigna que lució tantas veces en los estandartes que portaron aquellas gentes, fue uno de los gritos más repetidos en la España del XIX.

     Descritas elocuentemente como una “contribución de sangre”, las quintas se percibían como algo extremadamente injusto y así lo denunciaron sus adversarios en la tribuna, en la prensa y en las instituciones. Sin embargo, cuando los republicanos llegaron al poder en 1873, se vieron en la imposibilidad de reducir los crecientes llamamientos a filas, ya que el país tenía abierto un triple frente bélico que era preciso atender (guerra en Cuba y en la Península, con el carlismo de un lado y las insurrecciones cantonales de otro). Pero, incluso en tales circunstancias, no era cosa menor el hecho de terminar con el privilegio de la redención o prever un ejército de voluntarios para cuando llegasen tiempos mejores.

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     Todavía en la Restauración, los distintos republicanismos mantuvieron un importante apoyo entre las clases populares por sus discursos en materia de quintas y consumos. El semanario El Motín, una revista anticlerical que no descuidó la crítica social y política, difundió en 1885 una caricatura que refleja gráficamente el drama del reclutamiento en el siglo XIX. Es el punto de vista republicano pero también el de mucha gente que padecía la injusticia del sistema. El texto al pie lo resume bien: a Cuba tenía que ir quien no lograba reunir 6.000 reales. La imagen plasma el momento de angustia en que unos militares vienen a buscar al mozo a su casa. Se trata de un hogar pobre, como se deduce de los escasos aperos a la vista y la humilde indumentaria que llevan sus moradores. En ese momento, la desolación se apodera de la familia, empezando por la mujer y los hijos, que no saben si volverán a ver a su padre (las estadísticas son aterradoras: buena parte de quienes iban a Cuba no regresaban, no tanto por la guerra como por las enfermedades, que hacían estragos). Uno de los guardias incluso tiene que cubrirse el rostro para no presenciar la dolorosa escena.

     La injusticia del sistema de las quintas se prolongó hasta 1912, cuando la reforma de Luque terminó con la posibilidad de evitar el servicio militar, pero todavía entonces se mantuvieron los privilegios, ya que se permitió abonar una cuota que reducía el  número de meses en el cuartel.

SERGIO SÁNCHEZ COLLANTES

Para saber más: sobre las quintas se han realizado bastantes estudios provinciales (sirvan de muestra los de Jiménez Guerrero, sobre Málaga; Castellano Gil, sobre La Laguna; o Frieyro de Lara, sobre Granada), y algunas investigaciones globales muy recomendables, como la de Albino Feijoo (Quintas y protesta social en el siglo XIX), la de Sales de Bohigas (Sobre esclavos reclutas y mercaderes de quintos) o la de Puell de la Villa (El soldado desconocido: de la leva a la “mili”,1700-1912), a las que vino a sumarse en los últimos años la de Molina Luque (Servicio militar y conflicto. Historia y sociología de las quintas en España, 1878-1960).

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