Un líder republicano de cerca (II): medicina, exilio y diplomacia

La investigación biográfica suele causar distorsiones en la perspectiva del biógrafo. Una de ellas, quizá la más habitual, es la sensación de materialidad, de vida, que provoca la acumulación de fuentes documentales sobre el biografiado. Sin duda, la recuperación del rastro de un personaje facilita la reconstrucción de su trayectoria vital y puede aportar claves para la interpretación histórica. Pero acumular datos en una secuencia cronológica, evidentemente, no conlleva sin más una aproximación más completa a un relato que, sobre todo, debe priorizar la explicación sobre la erudición. Esa misma distorsión, sin embargo, es a la vez uno de los atractivos del relato biográfico y, también, un importante incentivo para la labor del historiador: la ilusión que genera devolver la vida a un personaje que, en el caso de Ruiz Zorrilla, desapareció hace más de un siglo, es un engaño que estimula la investigación.

Un engaño a medias o una verdad mediada: el líder republicano que late en los apuntes de Ramón Betances refleja la percepción del autor, sus expectativas y, también, la imagen que el propio Ruiz Zorrilla se esforzó en ofrecer ante él. Una imagen que responde a intereses concretos, como puede comprobarse entre las líneas del texto que reproduce esta nueva entrada. Se trata del segundo de los encuentros recogidos por el doctor puertorriqueño. El reconocimiento médico, de nuevo, se desliza hacia la charla política. Ruiz Zorrilla se siente optimista. Presume de relaciones entre los periodistas y políticos más destacados de la Tercera República francesa. Expone algunos proyectos en los que invierte el tiempo y opina sobre la actualidad política de España. Entre el médico y el paciente, parece, han existido previamente contactos, planes y compromisos. La cuestión colonial de Cuba vincula los intereses de ambos que, aunque dispares, tienen un adversario común en la Restauración.

Ramón Emeterio Betances

Ramón Emeterio Betances

Ruiz Zorrilla aprovecha cualquier ocasión para extender sus contactos entre la colonia de emigrados europeos y americanos. En él, muchos de ellos encuentran un canal hacia los periódicos republicanos franceses. Buscan ampliar las redes de apoyo, cada uno para su causa. Y esas causas pueden encontrarse en el camino. El de Ruiz Zorrilla consiste en derribar la monarquía de los Borbones para reimplantar la república. Desde febrero de 1875, cuando Cánovas decretó su expulsión de España, se esforzó en ganar la opinión pública internacional y granjearse el apoyo de los políticos oportunistas y radicales que, tres años más tarde, conseguirían tomar las riendas las Estado francés. Actuaba, en consecuencia, como un diplomático, como el máximo representante de la alternativa republicana española en el exilio:

“Vuelvo a ver al señor Zorrilla. Está muy contento. Va muy bien. Convencido de que toda su enfermedad son malas digestiones, «como las tienen todos los que trabajan en sus despachos», me dijo. Habla otra vez de la necesidad de ponerse bueno. Me cuenta que en La France el marqués de Molins [el embajador de España en París] ha detenido los artículos sobre Cuba por influencia de un señor Savary (?), amigo de Girardin y su socio en negocios. El partido liberal español, añade, se ha perdido por la desunión y el egoísmo. No ha sabido hacer lo que han hecho los conservadores.

Actualmente Zorrilla se ocupa de dos cosas: Primera, de establecer la unión entre Francia y España, y aprovecha la suscripción y las fiestas en favor de los inundados para hacer notar la diferencia entre Francia y Austria, país que, a pesar del matrimonio, nada ha hecho. Segunda, de establecer la unión entre España y América, para tener preparado el terreno cuando llegue él al poder.

Sobre Cuba: como revolucionario está satisfecho de la ley de la abolición, que mantiene la injusticia disminuyéndola, y acabará de hacer caer al actual gobierno. Como patriota está avergonzado de tal ley.

Le he hecho notar que la ley abole el látigo, pero establece la pena de muerte (consejos de guerra).

Me dice que ha escrito artículos sobre Cuba en el Voltaire, periódico de Gambetta, «periódico progresista, dice él, que es el complemento del periódico de guante blanco (sic), La Republique Française», y en el Telegraphe, periódico de Wahington.

Si vuelve al Poder se apresurará a enviar a Cuba hombres conocidos, [Rafael María de] Labra, [Gabriel] Rodríguez, con plenos poderes para hacer lo que quieran allá. Eso será, cree él, el sólo medio, si alguno hay, de conservar la colonia”.

El matrimonio, naturalmente, era el de Alfonso XII y María Cristina de Habsburgo. Tuvo lugar en noviembre de 1879, justo cuando, finalizada la guerra colonial en Cuba, se presentó a las Cortes el proyecto de abolición de la esclavitud que se publicó un año más tarde. Ruiz Zorrilla, como presidente del gobierno en los últimos coletazos de la monarquía de Amadeo de Saboya, había sido uno de los máximos impulsores del abolicionismo. Su caída, y la del propio monarca italiano, tuvieron mucho que ver con esos proyectos que poco tenían que ver con la Ley que impulsaron los políticos de la Restauración. En esta, la servidumbre se sustituía por un patronato de ocho años con el que, simplemente, se prorrogaban los intereses y prerrogativas de los negreros de una manera apenas disimulada. Era, en el fondo, un traspié desde el punto de vista de las presiones internacionales sobre España que a Ruiz Zorrilla, como abolicionista y “revolucionario”, no dejaba darle argumentos diplomáticos de peso.

EDUARDO HIGUERAS CASTAÑEDA

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