Un líder republicano de cerca (I): Manuel Ruiz Zorrilla a través del testimonio de Ramón Betances

Hace años, mientras trataba de decidirme por un tema de investigación para desarrollar mi tesis doctoral, sólo tenía claras algunas preferencias. Todos esos hilos temáticos —los procesos electorales del Sexenio Democrático, la abolición de la esclavitud, el republicanismo histórico…—, formaban una madeja en la que constantemente encontraba un nudo, un mismo personaje: más allá de algunos artículos y capítulos de libro (la mayoría muy recomendables), nadie había escrito en profundidad sobre Ruiz Zorrilla. Todo lo contrario ocurría con cada uno de esos campos de interés, que eran los que realmente me llamaban la atención. El enfoque político, por ello, siempre estuvo por encima de lo puramente biográfico. De hecho, la perspectiva biográfica sólo fue abriéndose camino conforme avanzaba mi estudio sobre el progresismo democrático.

            La dimensión privada del personaje quedó aplastada por el análisis político, aunque todo ello se anudara a la trayectoria de quien, al fin y al cabo, fue un líder situado en la primera fila de la política española en el último tercio del siglo XIX. Fue una decisión consciente, motivada en parte por mi indecisión a la hora de redefinir completamente el enfoque del libro (Con los borbones, jamás. Biografía de Manuel Ruiz Zorrilla. 1833-1895, Marcial Pons, 2016). Desarrollar el lado más humano del personaje sin reducir o eliminar el análisis político habría exigido una extensión inviable. Consideré más coherente reforzar esa última línea y dejar entrever en determinados momentos la manera en la que lo privado y lo público se entrelazaban. Por ello, un buen número de fuentes en las que se presentaba al dirigente republicano de una manera cercana, casi tangible, quedaron descartadas.

Ruiz Zorrilla por Francisco Domingo Marqués

Reproducción del retrato de Manuel Ruiz Zorrilla por Francisco Domingo Marqués (1887)

           Una de las más interesantes se debe al testimonio de Ramón Emeterio Betances, uno de los personajes más ligados a Ruiz Zorrilla durante sus últimos años de vida. El médico puertorriqueño, militante abolicionista e independentista —fue uno de los protagonistas del “Grito de Lares” en 1868—, residía en París y visitaba a menudo al exiliado español. En sus encuentros se mezclaba la asistencia profesional, la política y una amistad que les permitía intercambiar con distendida franqueza sus proyectos y opiniones. A menudo, Betances realizó comisiones por cuenta del republicano español. Los dos formaron parte de asociaciones como L’Union Latine Franco Américaine y, a pesar de que el uno era un activo luchador por la independencia de Puerto Rico, y el otro, partiendo de sus convicciones unitaristas respecto a España, representaba una postura más bien autonomista, alcanzaron una completa comprensión mutua.

            Fue Luis Bonafoux, un periodista bordelés, de origen venezolano aunque formado en España, quien recopiló la correspondencia, los apuntes y diarios de Betances tras su muerte en 1898. En ellos Ruiz Zorrilla ocupa un importante espacio. Con absoluta inmediatez, sus escritos reproducen cada encuentro con el dirigente republicano como enfermo, como político, como amigo y como exiliado que tras veinte años de destierro, de lenta derrota, se amarga y consume. Esta serie de entradas persigue profundizar en aspectos en los que decidí no detenerme al escribir sobre el personaje. A pesar de que este es un espacio divulgativo sobre la historia de la democracia española, creo que merece la pena ofrecer una aproximación diferente sobre el liderazgo en política, que tenga en cuenta de manera directa el entrecruzamiento de las esferas pública y privada. Algo que, sin duda, está presente desde la primera de las visitas que Betances, como médico de Ruiz Zorrilla, recogió en sus diarios.

            “El señor Ruiz Zorrilla. Cuarenta y seis años. Envejecido. Gordo. Se queja de malestar en la región del corazón. No tiene otro síntoma de enfermedad. Ligera dispepsia. Lo ausculto. Al levantar la cabeza se pone muy pálido. Está de pie. Me habla de que necesita estar bien de salud. «Mi estado es tal, me dice, que si el cambiar el estado de las cosas de España no hubiera dependido más que de hacerme escribir ayer tres o cuatro cartas, yo no habría podido escribirlas». Se da por hombre apasionado, sujeto a fuertes impresiones cuando se trata de los afectos de sus parientes y amigos. Por lo demás, no tiene nada en el corazón. Le he ordenado píldoras de quinina y agua de Vichy”.

            Son apuntes que carecen de fecha, aunque podrían datarse en torno a 1880 (Ruiz Zorrilla nació en marzo de 1833). Las siguientes saltan algunos años. En ellas se percibe cómo la confianza entre ambos comenzaba a estrecharse. También que ese primer diagnóstico de Betances era completamente equivocado. No así la descripción del paciente: prematuramente aviejado, grueso, Zorrilla estaba convencido de que de él y de su salud dependía que en España se restaurara, mediante una revolución, la República. Mientras escribía su biografía, me preguntaba hasta qué punto eran superfluos algunos datos con los que me iba encontrando. Ruiz Zorrilla era un hombre corpulento (algo más de 1’70 metros era una altura considerable en esa época), desgarbado, con ojos grises y pelo oscuro. Era ambidextro y estaba sordo del oído izquierdo, impedimento que al parecer compensaba con creces el derecho. Llegué a la conclusión de que, efectivamente, todo ello era irrelevante.

EDUARDO HIGUERAS CASTAÑEDA

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