Republicanos “benévolos” y participación obrera en 1872: un apunte

La comprensión de determinados motivos textuales, de ciertos elementos y características que se utilizaban y destacaban tanto en escritos de prensa como en obras historiográficas realizadas por los republicanos del XIX en España es cada vez más relevante. Las ideas que sustentaban los principios de la propiedad privada, las consecuencias de estas en la dicotomía trabajo-capital, las herramientas y recursos de los que creían que debía servirse el Estado, la participación política obrera y su orientación intencionada. Elementos de esta complejidad, y muchos otros, pueden ser rastreados en ciertas ocasiones tanto en lo que se dice como en lo que se omite en sus llamamientos a la ciudadanía española en el XIX.

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Un ejemplo puede discernirse a raíz de la lectura del periódico El Municipio, órgano de difusión doctrinal del Partido Republicano Democrático Federal en Alicante. Un periódico que, dirigido por los elementos conservadores del Partido Republicano en la ciudad, autodenominados “benévolos”, permite un acercamiento a la ideología demoliberal republicana sobre la que debiera profundizarse en futuros estudios. Concretamente, si se presta atención a un suelto del número 125 fechado el 27 de marzo de 1872, pueden deslizarse una serie de cuestiones sobre cómo entendían la participación obrera en política en tiempos del Sexenio Democrático. De forma sugerente, el suelto al que hacemos referencia se titula: “A la lucha”. Asimismo, concluye siendo firmado por “un obrero”.

Examinando este suelto, que se encuadra en el marco de las elecciones a las Cortes de abril, se observan ideas, cuando menos, reseñables. La lucha a la que llaman, por supuesto, no debía generar trastornos en el orden social existente. Evidentemente, se referían a la “próxima lucha electoral” en la que se pedía la unión “los buenos”, formando para ello “las falanges republicanas” una “sólida base” que permitiera la victoria. Hasta ahora nos encontramos con el lenguaje característico de los llamamientos a la acción política, pero precisamente por ello es tan importante. El funcionamiento del mecanismo argumentativo de ideologización de cara a la clase obrera es discernible en un periódico que, al menos, durante los números de 1872 parece olvidarse de la misma excepto en momentos de amenazas de trastorno social. Un mecanismo claramente sentimental y direccional —hacia los “benévolos”, por supuesto—.

Exhortaban a la clase obrera a posicionarse: “Obreros: seamos republicanos”. Para los demoliberales que defendían el modelo de republicano, esta forma de gobierno debía ser claramente interclasista. Las políticas por llevar a cabo, las reformas a ejecutar y los caminos a seguir debían respetar a las clases económicas dominantes, no generarles temor. Entendían que la ideología republicana “interesa a todas las clases, a todas menos a las aristócratas”. Se desprende de aquí esa denuncia —compartida por los demosocialistas— de que la monarquía y las aristocracias laicas y clericales eran el máximo obstáculo al progreso social, incluyendo en tal progreso el fin de la depauperación obrera —como se observa en las obras de Pi y Margall, Castelar, Garrido, y otros muchos—.

Ahora bien, la participación política para la consecución de la República era radicalmente diferente entre los demosocialistas y los demoliberales republicanos, como es bien conocido. Estos últimos defendían abiertamente que “por la libertad y la justicia que es la República, vendrá, sin guerras ni trastornos el tan anhelado día de la emancipación del proletariado”. La participación política quedaba sometida, pues, al progreso que vendría de esas luchas electorales que garantizarían —mediante reformas generalmente destinadas a la “libertad” en abstracto— la mejora de la sociedad española, en general, y de la clase obrera, en particular.

No debía darse ningún estadio de violencia ni de transgresión. “Para consolidar la tiranía conviene un motín cada día, tendiéndonos de esta suerte las redes para oprimirnos de nuevo”. Las reformas no vendrían de los motines, de las huelgas. El progreso se daría de la mano de la asociación, de la agrupación bajo “los delicados pliegues de la bandera federal, única y exclusiva forma de gobierno que puede garantizarnos las libertades” que permitiría hacer la “guerra a los usureros de la política” sin “cuartel, ni piedad”, de cara a la victoria.

Por supuesto, estas apreciaciones son apuntes a vuelapluma sobre un suelto determinado y quedaría mucho por seleccionar, analizar y criticar. Sin embargo, puede observarse como la ideología republicana —conservadora en este caso— es capaz de ayudar a discernir su composición como cultura política determinada en relación de unos intereses de clase concretos.

Este tipo de estudios podrían ayudar a futuros estudios a comprender cuestiones, procesos y contradicciones que permitieran analizar con mayor profundidad episodios tan relevantes para la cultura republicana del XIX como podría ser, evidentemente, un fenómeno como el de la Primera República. A veinte años del suelto aquí descrito, Blasco Ibáñez escribía sobre la República de 1873 que “aquella (…) nacía muerta”, y que esté carácter de defunción anunciada respondía precisamente a que no se debió en momento alguno a “la iniciativa popular” (1892: 633). Quizás la comprensión de las teorías económica y política de los republicanos decimonónicos permitan analizar, sin maniqueísmos, cuestiones de radical importancia para la comprensión de los desencuentros de los republicanos del último tercio del siglo XIX. Quizás las contradicciones sistémicas del Sexenio Democrático vayan más lejos que meras disensiones en el marco de un republicanismo que jamás fue homogéneo y que no tenía porqué serlo.

Adam Abbou

Bibliografía

Blasco Ibáñez, V. (1892): Historia de la revolución española: desde la Guerra de la independencia a la Restauración en Sagunto, 1808-1874, Volumen 3, Barcelona: La Enciclopedia Democrática

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“Amor por la libertad, fraternidad e igualdad”. El 1 de Mayo en los EEUU

En los Estados Unidos de América, la primera república mundial en todos los rankings económicos, no se celebra el Día Internacional de los Trabajadores. No es un día festivo. Ese día, todas las trabajadoras y todos los trabajadores, acuden puntualmente a sus puestos de trabajo. En su lugar, y gracias a la decisión tomada por el presidente liberal Grover Cleveland, Labour Day lo celebran en septiembre. La elección de esta fecha no fue casual: coincidía con el aniversario de la Orden de los Caballeros del Trabajo, pero, sobre todo, se pretendía que durante el primero de mayo no se recordara a los Mártires de Chicago.

El uno de mayo 1886, dieron comienzo una seria de huelgas que dejaron huella en la historia contemporánea. Los Estados Unidos de América estaba inmersa en el proceso de industrialización y modernización económica que, pocos años después, le llevaría a proclamarse como la república más exitosa alrededor del globo.

Para finales de la década de 1880, había casi 7 millones de trabajadores industriales y en el preludio de la Primera Guerra Mundial, la cifra no andaba lejos de los 15 millones. Muchos de ellos estaban organizados en diferentes fraternidades, sindicatos, federaciones, órdenes y union. Una de la más importantes fue la citada Orden de los Caballeros del Trabajo, creada en 1869, que defendía el siguiente discurso: “La única fuerza para detener el avance del monopolio es la sólida organización de los trabajadores”.

Y lo cierto es que la Orden tenía parte de razón al realizar dicha afirmación, porque si la segunda mitad del siglo XIX fue una época de modernización económica (el primer pozo de petróleo escavado en 1859, el teléfono de 1867 o la bombilla de 1879), también fue la época donde surgieron las grandes compañías y los grandes Trust. Standard Oil Monopoly

En consecuencia, por mucho que se recordaban las raíces de la fundación los Estados Unidos de América, el poder de las compañías hizo que los diferentes gobiernos no se esforzarán demasiado para mantenerlas vivas. Ni los sucesivos presidentes de la república ni el congreso estuvieron por la labor de encontrar soluciones a la precariedad en la que estaba inmersa parte de la sociedad. Sirva como ejemplo la Ley sobre los Contratos de 1864, que fue derogada sólo cinco años después, mediante la cual “las empresas podían retener el salario del trabajador durante un año para el cumplimiento de parte del contrato”.

Y por mucho que, en su día, los republicanos estadounidenses proclamaron la independencia de la vieja y decadente corona británica, la élite estadounidense copiaba las viejas y grotescas costumbres de aquellos aristócratas a los que tanto criticaba.

Algo de esto había visto Mark Twain cuando satirizó sobre el baño de oro con el que se pretendían cubrir las penurias sociales. Su famoso libro fue el que después dio nombre a esta época dorada, Gilged Age (1873): “En un país en donde no exista la fiebre de la especulación; ni el deseo apasionado de la riqueza repentina, en donde los pobres son sencillos y contenidos y los ricos son todos honestos y generosos, donde la sociedad se encuentra en un estado de pureza primitiva y la política es sólo la ocupación de loa capaces y patriotas, no habría motivo para elaborar una historia como esta”.

Según Twain, el Sueño Americano, solo funcionaba para unos pocos, y los demás, tenían que conformarse con soñar. Poco a poco, cada vez más trabajadores, inmigrantes muchos de ellos, no pudieron quedarse soñando y gracias a las diferentes organizaciones que habían creado, la movilización no se hizo esperar.

A comienzos de 1886, el presidente A. Johnson validó la Ley Ingersoll, que quiso responder a las proclamas que desde una década antes hacían los trabajadores sobre la jornada laboral de ocho horas. “Ocho horas para descansar, ocho horas para trabajar y ocho horas para el ocio”. Pero las muchas cláusulas que habían insertado en la ley, permitieron que la situación de la mayoría de los trabajadores industriales no cambiara en absoluto. Las protestas acabaron con la convocatoria de las huelgas a partir del primero de mayo.

Uno de los principales focos de las movilizaciones fue la ciudad de Chicago, referente industrial de la época. Entre el 1 y 4 de mayo, miles de trabajadores salieron a las calles. El 4 de mayo, se volvieron a reunir en Haymarket Saquare. The Haymarkat RiotComo se sabe, la manifestación convocada para aquel día, acabó en una batalla campal entre trabajadores y policías.

Durante la trifulca, estalló una bomba que mató, entre otros, a varios policías. En consecuencia, fueron detenidos más de 200 trabajadores bajo cargos de pertenencia a organizaciones anarquistas y revolucionarios. Aunque todos los acusados negaron su implicación en la explosión y jamás se encontró al culpable, siete de los detenidos (la mayoría de origen alemán), fueron condenados a muerte. A dos de los acusados se les conmutó la pena de muerte por cadena perpetua, y uno, Louis Lingg, decidió quitarse la vida en su celda.

Resulta paradójico leer la declaración de uno de los condenados a muerte, el periodista Adolph Fischer. Fischer, defendió sus ideales políticos de una manera que, desde nuestro punto de vista, resulta muy republicana:

I protest against being sentenced to death, because I have not been found guilty of murder. But however, if I am to die on account of being an Anarchist, on account of my love for liberty, fraternity and equality, then I will nor remonstrate. If death is the penalty for our love of the freedom of the human race, then I say openly I have forfeited my life, but a murderer I am not”.

Tres años después, en 1889, La Segunda Internacional declaró el Primero de Mayo como Día Internacional del Trabajador. Este día se celebra en muchos países del mundo, menos en los Estados Unidos de América.

SOBRE VIOLENCIA Y ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA EN LA ESPAÑA REPUBLICANA (I)

El estudio de las retaguardias republicana y sublevada durante la Guerra Civil española se ha mostrado como uno de los campos de mayor interés entre los historiadores, especialmente desde la década de los 90 del siglo pasado. Esta atención ha obedecido a una sencilla razón: más allá de los frentes, la guerra también se ganó en estos espacios. En ambos casos, mantener su “buena salud” se postuló como una de las prioridades entre las autoridades, a pesar de la desigual importancia que unos y otros otorgaron a la acción en la retaguardia del enemigo a lo largo del conflicto. Una violencia y un desorden sin precedentes se adueñaron de las dos retaguardias como consecuencia inmediata del golpe militar de julio de 1936 y la pérdida del control del poder por parte del Estado. Aunque como es bien conocido, el origen de esa espiral se remontaba a los meses precedentes, sobre todo a febrero de aquel año. En los primeros meses de guerra tuvieron lugar todo tipo de prácticas violentas de marcado carácter político si bien, en el fondo de las mismas, latían deseos de venganza, viejas rencillas y odios individuales y de clase. Violencias que, en perspectiva comparada, no obedecían a las mismas lógicas y fines.

Centrándonos exclusivamente en la retaguardia republicana, la desarticulación e inoperatividad casi absoluta del Estado derivada del fracasado golpe fue aprovechada por las organizaciones revolucionarias. Estas, que habían frenado la sublevación en las calles, se adueñaron del vacío de poder existente e, inmersas en la nueva realidad revolucionaria, generaron un enorme clima de violencia. Paseos, registros, incautaciones y otras prácticas represivas fueron tónicas generales de distintos grupos de acción (que la historiografía ha denominado incontrolados, si bien este estereotipo no hace sino simplificar la compleja realidad existente en este sentido). En términos generales, conspiradores, colaboradores clandestinos, derechistas, religiosos y antirrepublicanos fueron los perfiles de los perseguidos y quienes conocieron la particular justicia que estos grupos emprendieron, mayormente en sus checas. Aquellas organizaciones y grupos administradores de los espacios de poder entendieron que la nueva justicia pasaba por la gestión particular de aquella violencia, marginal a todo ordenamiento jurídico. Una justicia por consenso, en palabras del profesor Alba, que prescindía de todo procedimiento judicial legalizado y de posible defensa; una justicia popular, pues la justicia institucional era vista con recelo, al considerarla “burguesa”.

La respuesta a aquella violencia de las primeras semanas, arbitraria e irregular, antes ideológica o de clase, se hizo patente ya en agosto de 1936. El receló por los excesos y desmanes cometidos comenzó a calar fuertemente no solo entre buena parte de los ciudadanos, sino también entre los propios componentes de aquel desmoronado Estado republicano. Con el propósito de acabar con ella y canalizar los ánimos y el clamor de aquellos grupos y masas populares, las autoridades republicanas reunieron esfuerzos y emprendieron una serie de medidas legales que, a su vez, se enmarcaban en la labor de reconstrucción del Estado y la recuperación del monopolio del poder. Así, trató de regular, atendiendo a las circunstancias del momento, el Orden Público, la Administración de Justicia y los organismos e instituciones que velaban por el cumplimiento de las condenas, entre otros asuntos. El objetivo al respecto estaba claro: afrontar la represión contra los enemigos de la República desde la normalización y legalización.

Con todo, en la parcela de los tribunales, la reforma más importante fue la creación de los llamados Tribunales Populares para juzgar los delitos de rebelión y sedición y los cometidos contra la seguridad del Estado. La creación de un Tribunal Especial en Madrid por decreto de 23 de agosto de 1936, poco después de producirse el asalto de la cárcel Modelo, y su extensión en los días siguientes por el resto de las provincias leales a la República, significó el inicio activo de la represión legalizada y el control político y judicial en la retaguardia republicana.

SERGIO NIEVES CHAVES

“Sueños de revolucionario” Vicente Blasco Ibáñez

Recientemente se publicó el libro “Sueños de revolucionario”, editado por el profesor Emilio Sales y Paco Fuster. Se trata de una antología que reúne las mejores veinticinco entrevistas que el político y escritor, Vicente Blasco Ibáñez, concedió a lo largo de su vida, para periódicos y revistas de países como España, Francia, Argentina, Estados Unidos o Cuba. Muchas de ellas permanecían inéditas en formato libro y otras han sido traducidas al castellano por primera vez.

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Recuperamos notas de la edición: Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) fue un hombre extraordinario cuya azarosa peripecia vital desbordó, con creces, el calificativo de «novelesca»; un personaje verdaderamente camaleónico, poliédrico y versátil, cuya naturaleza resulta imposible de encajar en cualquier molde o etiqueta. Político y escritor, facetas con las que habitualmente lo asociamos, Blasco Ibáñez fue también periodista, editor, colonizador y guionista. Valenciano universal, de carácter afable y espontáneo, en ocasiones rudo y fanfarrón, fue un visionario y un adelantado a su tiempo, con una fuerza de voluntad inmarcesible.

Aunque alguna vez insinuó la posibilidad de escribir unas memorias, su prematura muerte nos privó de un testimonio que, sin duda, hubiese sido de excepcional valor. Este vacío lo cubren con creces Emilio Sales y Francisco Fuster con la recopilación de las mejores entrevistas –la mayoría de ellas inéditas en forma de libro–, que el autor de Los cuatro jinetes del Apocalipsis concedió a lo largo de su vida.

Más información en: http://forcolaediciones.com/producto/suenos-de-revolucionario/

Exilio republicano extremeño

EL EXILIO REPUBLICANO DE 1939, OCHENTA AÑOS DESPUÉS. I CONGRESO INTERNACIONAL SOBRE EL EXILIO REPUBLICANO EXTREMEÑO. HOMENAJE A GREGORIO TORRES NEBRERA

El próximo año 2019 se conmemora el ochenta aniversario del inicio del exilio republicano español de 1939. Coordinados por el Grupo de Estudios del Exilio Literario (GEXEL), se tiene prevista la organización de una veintena de congresos en España y el extranjero.Exilioextremeno

Desde la Facultad de Formación del Profesorado de la Universidad de Extremadura se suman a esta iniciativa convocando el I Congreso Internacional sobre El exilio republicano extremeño. Este congreso, que tendrá lugar los días 13 y 14 de junio para compartir investigaciones entorno al exilio republicano, así como reivindicar la relevancia de la obra de los exiliados republicanos extremeños; prestando especial atención a la obra de autores como Arturo Barea, Enrique Díez- Canedo, Francisco Vera, Fernando Valera o Antonio Otero Seco.

El congreso, que contará con la presencia de destacados especialistas, está abierto a propuestas de comunicación sobre cualquier aspecto histórico, obra o autor del exilio republicano español, aunque se dará prioridad a aquellas que se ocupen del exilio extremeño. Los resúmenes, de un máximo de 150 palabras, pueden ser enviados hasta el 31 de marzo a los coordinadores del congreso, Chiara Pepe (chiara@unex.es) y Mario Martín Gijón (marting@unex.es)

Más información en: http://www.gexel.es/presentacion.html

A vueltas con el presidente (de los EEUU)

Panda de extremistas

“El presidente de los Estados Unidos envió este lunes al Congreso una propuesta de presupuesto para el ejercicio fiscal de 2020” que propone “una dotación de otros 8.600 millones de dólares para la construcción del polémico muro en la frontera con México” (El País, 12.03.2019).

La construcción del muro fue uno de los pilares de la campaña de Donald Trump y ahora, parece que le está trayendo grandes quebraderos de cabeza. No solo porque los demócratas con mayoría en el congreso estén en contra de levantar dicho muro, si también porque parece que la forma de gobernar del nuevo presidente, está dinamitando los cimientos del sistema político estadounidense. Cierto es también que, no parece afectarle demasiado. Bajo un discurso del “cueste lo que cueste”, ha amenazado con declarar la “emergencia nacional”. De esa manera, podrá seguir concentrando mayor poder ejecutivo y podrá levantar su muro por encima de las decisiones del Congreso y del Senado.

La viñeta que aparece al comienzo de esta entrada, la encontré mientras estaba preparando una clase sobre la revolución norteamericana. Como se puede apreciar en la imagen, el expresidente Barack Obama critica la limitación del poder ejecutivo. La crítica va dirigida a los padres fundadores de los Estados Unidos, que no parecen demasiado contentos con la dirección que estaba tomando su mandato.

Los padres fundadores, fue aquel grupo de hombres que firmaron la declaración de independencia (1776) y si se quiere, también aquellos que aprobaron la Constitución de Estados Unidos de América (1787). Entre los fundadores a los que se dirige Obama, he identificado al menos dos federalistas y autores de los The Federalist Papers o Los documentos federalistas: James Madison (4º presidente de los EEUU) y Alexander Hamilton.

The Federalist papers es una colección de artículos de prensa escritos a partir del año 1787, justo al final de uno de los períodos más complicados que vivieron los EEUU durante el proceso de independencia (“período crítico”). El objetivo de los firmantes de los artículos, que buscaron cobijo bajo el pseudónimo Publius, era la de crear una opinión pública favorable a la ratificación de la Constitución de los Estado Unidos (1789).

La redacción de la constitución y su posterior ratificación no fueron fáciles. El miedo generalizado a la amenaza de las antiguas monarquías europeas en decadencia y de una aristocracia anclada en los privilegios del pasado, hicieron que la república fuera el reflejo del “buen gobierno”, aunque tampoco estaba del todo claro cómo iba a ser esa república.

La mayoría de aquellos fundadores percibían el peligro de que una persona que aglutinara el poder, pudiera caer de nuevo en los vicios del viejo mundo. Esto hizo que la separación de poderes propuesto por Montesquieu unos poco años antes tomara cuerpo: el ideal democrático estaría a salvo mediante la república, y con ello, también se aseguraban de que la concentración del poder no degenerara en una tiranía.

Pero no todos estuvieron de acuerdo con ello. El debate tuvo su reflejo en el enfrentamiento entre los mencionados federalistas y los antifederalistas. Los antifederalistas fueron los partidarios de una unión mucho más laxa entre las antiguas colonias, con un Gobierno central débil que cumpliera con las funciones básicas y que no obstaculizara el día a día de los estados. Mientras tanto, los otros, los federalistas, utilizando el término de una manera muy inteligente, se hicieron pasar por aquellos que defendían una unión más fuerte pero que garantizara cierta autonomía a los estados. Se decantaron por un equilibrio entre la autonomía estatal y un poder central fuerte (algo contradictorio desde la perspectiva republicana europea del XVIII). Su pesquisa era la de crear una federación más robusta entre los estados mediante un gobierno central lo suficientemente fuerte como para que la unión no peligrara (política tributaria, relaciones internacionales, comercio, ejercito…). La nueva unión pues, alcanzaría la forma de una república federal, bajo la dirección de una única autoridad. El presidente, tendría poderes considerables, como el derecho a veto (que quiere imponer Trump), la de liderar el ejército o elegir a los funcionarios. Pero si el sistema político era lo suficientemente fuerte, no habría problema.

Como se sabe, el primer presidente elegido fue un veterano de la guerra de la independencia, George Washington. El propio Washington, que nunca vio de buen grado la formación de partidos políticos, dejó la presidencia después de la segunda legislatura, para que el poder no corrompiera al hombre. Seguramente debido al empeoramiento de su salud, pero lo cierto es que, mediante aquel gesto, respondió de manera republicana a las críticas que le identificaban con un pseudo-rey y dio comienzo a una tradición que ha llegado hasta la actualidad.

Como se decía al comienzo, parece que últimamente, en la Casa Blanca andan cortos de historiadores y que, por consiguiente, en la república más poderosa del mundo, el presidente no repara demasiado en el pasado. Trump sigue empeñado en que el presidente, por algo es el presidente. Tanto es así que, en su afán de llevar a cabo sus promesas electorales, ha sido capaz de poner de acuerdo a los demócratas y los republicanos: “senadores republicanos y demócratas contra la emergencia de Trump”, rezaba otro titular (El País, 05.03.2019). Y es que, si el congreso de mayoría demócrata rechaza la propuesta del presidente, parece que tampoco le irá mejor en el Senado: una docena de republicanos han anunciado su veto a la propuesta presidencialista de Trump para el 15 de este mes.

Según recoge el artículo mencionado, los republicanos tienen miedo a que los próximos presidentes puedan seguir la senda de Trump de concentrar cada vez mayor poder ejecutivo. El argumento del senador por Kentucky Rand Paul que recogía la prensa, era claro en este sentido: “Creo que [el presidente] está equivocado, (…) sino en su búsqueda de expandir los poderes presidenciales por encima de sus límites constitucionales”.

Quizás, tal y como me soltó un alumno en clase, las palabras del senador de Kentucky carecen de “credibilidad, que seguro que tiene algún lobby por detrás”. O puede que, más allá de la intransigencia presidencial, en los Estados Unidos de hoy en día, todavía quede algún resquicio del ideal republicano inicial, aquel que defendían los fundadores de hacer una “política democrática”. Veremos cómo termina la batalla entre la tiranía y la separación de los poderes.

Dos nuevas tesis doctorales sobre la historia de la democracia republicana

Existen muchas formas de calibrar la salud de un campo de investigación. El de los orígenes de la democracia y la movilización republicana en España, se ha mostrado como un ámbito considerablemente fértil desde hace algunas décadas. Sobre todo si se tiene en cuenta que otros temas de estudio con un impacto mucho más inmediato sobre el público han absorbido ―sin duda con justicia, y por eso seguirán haciéndolo― gran parte de la atención de los historiadores. En este sentido, que en los primeros meses de 2019 se hayan presentado dos nuevas tesis doctorales directamente relacionadas con las culturas del republicanismo español es una noticia muy positiva para quienes nos dedicamos al asunto. No solo porque con ellas se profundice en aspectos desconocidos sobre un tema que presenta todavía importantes lagunas e interrogantes, sino porque el debate, con ellas, se renueva y, por supuesto, también se enriquece. A ello contribuyen de manera brillante las tesis doctorales de Ester García-Moscardó y Óscar Anchorena Morales. Brillo que, de hecho, llamaba ya la atención en la trayectoria predoctoral de dos autores de gran solvencia investigadora.

La figura del publicista federal Roque Barcia Martí (1821-1885) protagoniza la tesis, dirigida por Jesús Millán y María Cruz Romeo, que Ester García-Moscardó presentó en la Universidad de Valencia el 28 de enero. Isabel Burdiel, Adrian Shubert y Florencia Peyrou componían un Tribunal de altura para una investigación que da en una tecla especialmente importante sobre la formación y la divulgación de las primeras formulaciones del republicanismo histórico en España. La aportación de Roque Barcia, en este sentido, fue crucial. Sus devaneos en la última fase de su vida pública ―por su papel instigador en la rebelión cantonal de 1873 y, sobre todo, por renegar públicamente de ella― lastraron el reconocimiento del publicista sevillano entre sus correligionarios. Su legado, en este sentido, no conservó el vigor de otros dirigentes como Pi y Margall, Salmerón o Ruiz Zorrilla. Sin embargo, es sumamente difícil comprender el desarrollo de la democracia republicana en el tercio central del siglo XIX sin tener en cuenta su ingente labor intelectual y propagandista. En ella se formaron gran parte de los republicanos de su tiempo, desde el primer Castelar hasta el último lector de La Democracia, El Círculo Científico o El Demócrata Andaluz.

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Entre las carencias de la historiografía sobre la historia de la democracia llamaba también la atención la inexistencia de investigaciones de verdadero calado sobre los republicanos de Madrid. Probablemente, la capital y la corte han oscurecido a una ciudad con dinámicas sociales y políticas propias. A resolver esta carencia contribuye Óscar Anchorena con su tesis sobre “El republicanismo en Madrid. Movilización política y formas de sociabilidad, 1874-1923”. Un trabajo largamente madurado en el que el fenómeno republicano se concibe como un movimiento social de base del que arrancan prácticas políticas, formas de protesta, de encuadramiento y de organización (casinos, círculos, tertulias, clubes…) en las que no importa tanto las divisiones de los partidos, como los espacios compartidos para construir una ciudadanía democrática. Algo que, en sí mismo, ya suponía un desafío ante un régimen, el de la Restauración, que constituía un dique frente al desarrollo de la democracia. Àngel Duarte, Rosana Gutiérrez Lloret, Luis P. Martin, Florencia Peyrou y Rubén Pallol componían otro Tribunal de altura para esta tesis doctoral, dirigida por Juan Pro Ruiz, que se leyó el pasado viernes 22 de febrero en la Universidad Autónoma de Madrid.

Es justo que en Historia y Culturas Republicanas nos hagamos eco de dos novedades tan significativas y prometedoras. También lo es dar la más sincera y sentida enhorabuena a Ester García Moscardó y a Óscar Anchorena Morales, compañeros en muchos foros. Es de esperar que también lo sean de este proyecto.